Paula Ordovás sufrió abusos sexuales desde los cuatro años.

Paula Ordovás sufrió abusos sexuales desde los cuatro años. Laura Martínez Madrigal

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La 'influencer' Paula Ordovás, víctima de abusos sexuales en la infancia: "En casa se normalizó, ese fue mi verdadero trauma"

A través de la vivencia de la madrileña, y con motivo del 8M, nos adentramos en los efectos de estos hechos a lo largo de la vida de quienes los han sufrido.

Más información: Al 95,9% de las menores le preocupan los abusos sexuales en la infancia, según UNICEF

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"Cuando solo tenía cuatro años, mi vida cambió para siempre. Un adulto me cogió la mano para llevarme a una casa oscura donde, con la excusa de 'jugar', hizo añicos mi inocencia. Pasaron semanas, meses, años. Fui creciendo, mientras ese adulto malvado seguía arrastrándome una y otra vez a una pesadilla de la que no había manera de despertar".

La escena aparece en las primeras páginas de La chica de los ojos marrones (Espasa, 2025). Pero no es ficción. Es el recuerdo que durante tres décadas acompañó en silencio —ese silencio que pesa, que comprime el pecho y que apenas te permite respirar— a Paula Ordovás (Madrid, 1985), periodista y divulgadora de contenido, después de sufrir abusos sexuales en su infancia.

"Se baja el pantalón. Se toca con mis manos. Me obliga a besarle. [...] Desconecto, hago lo que me pide en piloto automático, para que nada de todo ese juego macabro se quede en mí. [...] Durante casi tres años, cada semana, se repetía aquella escena que me robó la niñez, me robó la inocencia, me arrebató mi verdadero yo y me hizo crear una nueva versión de Paula, un disfraz que me protegiera de la Paula que realmente era", escribe.

"De esto no fui consciente hasta los 34 años", afirma. Se lo confesó a su madre a los seis. Pero Ordovás tardó en procesar que aquello no fue solo un recuerdo doloroso, sino el origen de un trauma que marcaría su vida adulta. Porque los abusos sexuales infantiles rara vez terminan cuando acaba la agresión.

En su casa normalizaron lo ocurrido y ese, dice, fue el hecho que marcó su vida. "El abuso ha sido la herida, pero el trauma ha sido la falta de acompañamiento que hizo que el abuso sexual se colase con normalidad en mi etapa adulta", confiesa al otro lado de la pantalla en una conversación con ENCLAVE ODS.

Optó por ponerse "la capa de Superwoman como antídoto de superación constante, disciplina y constancia" en todos los aspectos vitales. Y así encontró su forma de "liberación y superación personal para no sufrir". "Cubría y tapaba todos mis miedos y mis emociones para dejar de sentir", relata.

A través de la autoexigencia, la independencia y la autosuficiencia, terminó por crear un personaje de sí misma donde la propia Ordovás se convirtió en una distorsión de su propia realidad. El objetivo, confiesa, era "generar una coraza" con la que se protegiese ante el mundo.

Paula Ordovás pone voz a la prevención del abuso sexual infantil.

Paula Ordovás pone voz a la prevención del abuso sexual infantil. Cedida

Aunque aparentemente dañino, se trata de un comportamiento común frente a este tipo de situaciones. Pues, como explica Claudia Blanca Martín, psicóloga sanitaria y experta en apego, disociación y trauma, "el cerebro prima la supervivencia". "Se desarrollan mecanismos de defensa para protegernos del impacto, como la disociación y sus distintas formas de manifestación", indica.

Ejemplos de esos métodos serían la desrealización —sentir que el entorno en el que estás es extraño o no lo reconoces—, la despersonalización —no identificarte como parte de tu propio cuerpo— o la amnesia traumática disociativa, que implica silenciar y encapsular recuerdos en la inconsciencia. Los tres son, insiste Blanca Martín, el resultado de "la propia intensidad de la vivencia".

A puerta cerrada

Las cifras muestran que no se trata de una historia excepcional. Según los datos de un estudio realizado por el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGP), siete de cada diez casos de violencia sexual revisados por el Tribunal Supremo en 2020 tenía como víctimas a menores de edad.

El 68,4% eran niñas y el 31,6% niños. En un tercio de esos casos (30,6%) la situación de violencia se prolongó durante varios meses; en el 14,3% durante un año y en el 12,2% dos años. Las agresiones se extendieron durante 5 y 6 años en un 10,2% de casos y hasta 7 o más años en otro 12,2%.

El delito predominante es el abuso sexual, cometido en la mitad de las situaciones (48,6%), de los cuales fueron continuados el 57,7%. El segundo delito fue la agresión sexual, con un 28,1%, siendo continuadas el 53,6% de ellas. Los delitos relacionados con la pornografía infantil representaron el 6,5%, mientras que los vinculados con la prostitución fueron el 4,7% de los analizados.

La agresión más frecuente fueron los tocamientos, seguidos por la penetración vaginal, la oral y la anal. Asimismo, el informe revela que en el 12,1% de los casos este tipo de agresiones aparecen como una conducta integrada las grabaciones de vídeo y la toma de fotografías, inexistentes en los casos de víctimas adultas.

Las consecuencias, muestra el estudio, se concentran en el plano psíquico, afectando al 84,1% de los niños y niñas. Entre ellas, el 59,1% fueron de carácter grave, como resultado de "la larga duración de las situaciones de violencia, la repetición de los hechos, las amenazas utilizadas para que no cuenten lo que les está sucediendo y el consiguiente aislamiento de la víctima".

Le siguen las lesiones psicológicas leves (25%), las lesiones físicas leves (6,8%) y las lesiones físicas graves (4,4%). Además, en uno de los casos analizados, la violencia sexual condujo al homicidio de una niña.

En 2023, se notificaron 27.015 sospechas de maltrato infantil, según el Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia y la adolescencia publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia en 2025. De todos ellos, el 10% se identificaron como abusos sexuales.

Por su parte, el informe Análisis: los abusos sexuales hacia la infancia en España realizado por Save the Children en 2021 señala que alrededor del 84% de los abusadores son conocidos, en mayor o menor grado por los menores. En el 34,5% de las situaciones, se trata de una persona del círculo cercano, aunque fuera del entorno familiar, tal y como le ocurrió a Ordovás.

Sin embargo, apuntan desde la oengé, esta cifra es solo de "la punta del iceberg", ya que se estima que únicamente el 15% de los abusos sexuales en la infancia llega a denunciarse.

Aprender a huir

"El señor que trabajaba en el mantenimiento del jardín y de la casa, el marido de Mari, me cogió de la mano y me llevó sigilosamente hasta su lugar privado, al que nosotros teníamos prohibido entrar", escribe Ordovás. "Fue pasando el tiempo y él venía a por mí cada vez con más frecuencia. Y luego a esos abusos se sumaron los de otro adulto más".

"Yo estaba rota, hundida. Yo no era yo. Es que ni siquiera sabía quién era. Pero sabía que tenía que gritar para deshacer el nudo que me ataba por dentro, que me retorcía y no me dejaba vivir", recuerda.

Logró confesarle lo ocurrido a su madre, pero, de alguna forma, esa se convirtió en su mayor condena. "Lo que más miedo me daba era mostrarme frágil. No podía soportar la idea de romperme", cuenta la madrileña en su obra. Y comenzó a mostrar una imagen de sí misma totalmente ajena a la realidad.

"No consentía estar mal nunca. Tenía que ser pluscuamperfecta y exitosa 24/7, los 365 días del año. Creía que solo siendo perfecta podría evitar que volvieran a mi vida los episodios que tanto daño me hicieron", narra.

Según pasaba el tiempo, los mecanismos de hiperexigencia o control iban a más. Lo que, indica Blanca Martín, se puede entender "como una defensa emocional que nos permite recuperar ese control que se perdió cuando se experimentó el abuso". Pues, la intención, indica la psicóloga, es precisamente esa, la protección.

Paula Ordovás ha publicado el libro 'La chica de los ojos marrones' (Espasa, 2025).

Paula Ordovás ha publicado el libro 'La chica de los ojos marrones' (Espasa, 2025). Cedida

Año tras año, Ordovás mantenía la misma actitud, la misma coraza, los mismos miedos. Sin apenas darse cuenta, se convirtió, expone en el libro, en "una persona impaciente, siempre insatisfecha, que buscaba éxitos y retos constantes, cada vez más difíciles de alcanzar, como la gasolina, para seguir en el día a día frenético".

El deporte, que siempre había sido su válvula de escape, se convirtió en "una pesadilla". Sufrió anemia ferropénica y, durante cinco años, padeció amenorrea hipotalámica (pérdida del ciclo menstrual), una afección causada por situaciones de gran estrés. Tuvo una pancreatitis. Pero no fue hasta que le diagnosticaron una depresión severa cuando se permitió darle una pausa a sí misma.

"Era un fantasma. Anímicamente, pero también en el plano físico. Se podía seguir el surco de las venas de mis brazos. Las ojeras eran infinitas; tenía las cuencas de los ojos superhundidas. En la cara solo se me veía el pómulo", escribe.

"Ese nivel de exigencia en todos los ámbitos, que todo tenía que ser de diez, hizo que de alguna forma mi cuerpo enfermase. [...] El diagnóstico de la depresión fue lo que me hizo abrir los ojos. [...] La mujer perfecta, la superheroína, tenía depresión. Eso me hizo querer entender el por qué de todo y, por supuesto, de mí misma", confiesa a ENCLAVE ODS.

Sobrevivir al trauma

A los 36 años empezó a trabajar sus vivencias a través de la terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR), con el objetivo de procesar recuerdos traumáticos y angustiosos mediante la estimulación bilateral, reduciendo su carga emocional y permitiendo integrarlos de forma saludable.

Su intención, dice, era "ser consciente de todo" lo que le había ocurrido, enfocándolo en esa seguridad que había echado en falta durante la infancia. Y así, poco a poco, se redescubrió: "Durante toda mi vida no me había conocido porque no me había dejado. Ahora estoy encontrándome con la verdadera Paula; y me encanta como es".

"Me encanta la Paula vulnerable que, a pesar de su fortaleza, también tiene imperfecciones. Ya no tengo la necesidad de ocultar las grietas que forman parte de mi historia", reconoce. Y es que, como ella misma explica, en su historia el abuso sexual "se fue colando" en su vida sin darse cuenta, hasta convertirse en un monstruo imparable.

"No podía soportar la idea de romperme. Y, sin embargo, deshacerme en pedazos, fue la clave para construir mi verdadero yo", confiesa. "Tenía un miedo de esos que ahogan. Miedo a parar, a sentir, a encontrarme con mi verdadero yo. [...] Tenía tanto miedo al abandono que terminé cayendo en lo que más me aterraba: me abandoné a mí misma".

De alguna forma, explica, esa huida de la realidad fue su manera de "sanar la herida", porque cuando era una niña vulnerable le hicieron daño. Y eso, precisamente, es lo que buscaba cuando se adentró en las redes sociales: ser aceptada, que alguien la quisiera, gustar... Jamás había tenido aquello.

Porque, como explica Blanca Martín, "cuando esa seguridad se ve vulnerada en la intimidad y en su cuerpo, y toda esa parte se ve violada, literalmente, se genera un diálogo interno y unas sensaciones que intentan recuperar el control". Y, quizás, por eso ahora Ordovás hace eco de su historia, para que otras víctimas no tengan que vivir en ese silencio que grita auxilio.