Francesena durante una competición de surf.

Francesena durante una competición de surf. @aitorfrancesena

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Aitor Francesena, el surfista que se quedó ciego a los 42 y fue seis veces campeón del mundo: "Se reían de mí cada dos por tres"

En 'Surfear la vida', el vasco traza una radiografía íntima sobre la superación, el miedo y la actitud ante la adversidad.

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"Soy Aitor Francesena (Guipúzcoa, 1970), 'Gallo' para los amigos, campeón del mundo de surf adaptado, entrenador de grandes surfistas, vasco, cabezón de nacimiento y ciego". Estas son las palabras con las que el autor de Surfear la vida. Superar tus miedos te hace más grande (Espasa, 2025) se describe a sí mismo a lo largo de las primeras líneas de su obra.

"A pesar de los golpes que me ha arreado la vida, puedo decir que soy un tío con suerte, con una vida llamativa que me ha ofrecido oportunidades fascinantes dentro y fuera del agua", escribe. Y vaya si ha sido así. Aunque, después de hablar con él, no sabemos si ha sido fruto de la suerte o, quizás, de su actitud ante la adversidad.

Lleva años dando conferencias por todo el país, aportando los conocimientos que le han brindado "las victorias y los tropiezos" a lo largo de los años, pero ahora ha decidido detenerse por unos instantes para "ahondar" en sí mismo y plasmarlo a través de las 197 páginas de su última publicación.

Y es que, pese a que dice no saber hasta dónde impactará su historia en cada lector, espera que, por lo menos, le haga sentir que "podemos ser felices con poco".

A Francesena le diagnosticaron un glaucoma congénito y a los 14 años perdió el ojo derecho. "Fue una época muy dura", asegura al otro lado del teléfono en una conversación con ENCLAVE ODS. "Cada dos por tres se reían de mí porque llevaba gafas, porque veía poco o porque era un cegato".

En esa misma época fue cuando se adentró en el surf, aunque en su casa lo tenían "prohibidísimo". Primero, porque estaba mal visto para sus padres, ya que, "lo practicaban solo hippies con pelos largos, que no trabajan, fuman porros y escuchan música satánica". Pero también porque, debido a su enfermedad, era "un deporte de riesgo", sobre todo teniendo en cuenta que no sabía nadar.

Aun con la negativa de su familia, lo que empezó como un simple hobby terminó por convertirse en su profesión. Junto a unos amigos, empezó a fabricar sus propias tablas y así, a base de "trabajo, trabajo, trabajo y esfuerzo", comenzó su carrera como surfista profesional.

Aitor Francesena ha sido seis veces campeón del mundo de surf adaptado.

Aitor Francesena ha sido seis veces campeón del mundo de surf adaptado. Cedida

En 1988, a los 18 años, abrió la primera escuela de surf de España, lo que le llevó más adelante a montar, de la mano de Patxi Larrañaga, un lugar donde enseñar el deporte y, además, ofrecer un servicio de campamento. Sin embargo, poco después de quedarse totalmente ciego, en 2013, tuvo que cerrar sus puertas porque se le hacía imposible la gestión.

La ceguera total se produjo en 2012, con 42 años, tras el golpe de una ola. Pasó tres meses en el hospital esperando una posible recuperación. Llegó a pensar que jamás volvería a surfear, y reconoce que "los primeros instantes fueron largos, duros y complicados". Pero, con el paso de los días, su vida fue tomando rumbo de nuevo.

Y es que, pese a que la pérdida de visión fue fruto de un accidente, Francesena ya sabía que, tarde o temprano, ese momento sería inevitable. Por eso, ha pasado su tiempo corriendo y viajando, para "disfrutar de lo que veía" y así, cuando llegase la hora, poder revivir una y otra vez aquellos recuerdos que tenía "grabados" en su memoria.

Volver a la mar

Al salir del hospital, volvió al lugar donde más feliz había sido: la playa, pero no entró al agua. Al principio se limitaba a pasear y escuchar, pero pronto descubrió que el mar también se podía interpretar sin visión. Tan solo bastaba con limitarse a analizar la información que proporciona el sonido y podría averiguar el tamaño o la fuerza de las olas.

Dos semanas después quiso probar sus habilidades. Todavía tenía puntos en el ojo y le recomendaron que no lo hiciera, pero insistió. Entró con una tabla grande de escuela. Primero solo flotó y se orientó. Observó que no se mareaba y que podía identificar la dirección de la corriente por cómo golpeaba en su cuerpo.

Aquel día no cogió ninguna ola. Pero al siguiente sí. "Empecé con el mar calmado, con tablas muy grandes de corcho, para que los golpes no me hicieran daño, y fui bajando a otras más estrechas. A los tres años me convertí en campeón del mundo", explica.

Su esfuerzo, su pasión y su dedicación fueron determinantes en este proceso, pero no por ello retomarlo —ahora sin visión— resultó más sencillo. "Es más difícil, mucho más", asegura, pero evitaba pensar en ello. "Cada día te limitas a interpretar el mar, intentas sacarle el máximo rendimiento a las condiciones que hay y eso es lo que te mantiene con la cabeza ocupada. Vas mejorando y cada día lo haces con más soltura".

Surfear la vida

Después de tantos años sintiendo el mar a través de las corrientes, Francesena sabe con certeza que este deporte es una lección de vida. Pero no solo por aquello de tener que aprender a caer, subir a la tabla y atrapar otra cresta, sino porque, como en el día a día, ninguna ola se parece a otra.

"Si tú sabes adaptarte a cada situación, a cada momento, vigilando cuándo desechar, cuándo coger, cuándo no, cuándo merece la pena, cuándo no… La vida termina siendo mucho más fácil, más bonita y más llevadera, igual que el surf", indica.

Además, al igual que ocurre en el agua, hay instantes en la rutina en los que puedes sentir que te ahogas y ahí es imprescindible encontrar una vía para salir adelante. "Todo el mundo tiene la posibilidad de tener un bajón, pero hay que vigilar siempre una salida. Y si no puedes encontrarla, vas al médico para que te aconseje cómo o qué debes hacer para superarlo".

Aitor Francesena, seis veces campeón del mundo de surf adaptado.

Aitor Francesena, seis veces campeón del mundo de surf adaptado. Cedida

El problema, señala, es que la sociedad está "perdiendo" sus valores: "Quieren estar bien sin trabajar y, como tienen tiempo para reflexionar, siempre se centran en lo peor y en lo negativo en lugar de ponerse a hacer cosas". Por eso, asegura que estamos desvirtuando el verdadero sentido de la existencia y se nos está olvidando que "la vida corre". Y eso fue lo que le impulsó a retomar su camino.

"Cuando perdí la vista, me podría haber hundido y haberme quedado en un sillón viendo pasar los días, porque es una historia que, en teoría, es dura para todos. […] Pero no podía fallar. Me tocaba predicar con mi ejemplo y demostrar que si yo era capaz de hacerlo, otro también podría", afirma.

Y es que si de algo está convencido Francesena es que este deporte es lo que más alegrías le ha dado a lo largo de los años —sin contar, por supuesto, el nacimiento de su hija—.

"Es lo que me mantiene vivo, porque si surfeas desde por la mañana, ya soportas todo lo que venga, desde lo peor hasta lo mejor", sostiene. Y aunque a veces una mala jornada en el agua va acompañada de frustración, "te da fuerzas para volver a intentarlo".

Enfrentar el miedo

Su infancia transcurrió con un sentimiento de miedo constante a las revisiones médicas a causa de la patología que sufría en el ojo. Pero, tras algún que otro revés en la vida, ha aprendido que "hay que saber enfrentarse a las adversidades con calma y marcando las distancias hasta tener claro cómo actuar".

Ahora, décadas después, confiesa que su mayor temor es la incertidumbre, aquello cuyo cambio no está en sus manos. Por eso, aunque sin vista, Francesena trata de mantenerse "con los ojos muy abiertos" a fin de sacar algo bueno de todas las personas y situaciones, incluso de las malas.

Se trata, dice, de observar, escuchar y aprender de los demás. Porque, al fin y al cabo, indica, la vida es eso, "un puzle que debes montar en el que necesitas las piezas adecuadas bien colocadas, para que, cuando esté terminado, reluzca lo máximo posible".

Así, sin grandes discursos ni moralejas, su relato termina donde casi siempre ha estado: en el agua. No habla de superación como algo extraordinario, sino como una obligación cotidiana. Perdió la vista y tuvo que empezar de nuevo, pero decidió no pararse. Porque, insiste, quedarse sentado "viendo pasar la vida" era la única opción que no contemplaba.

Hoy sigue entrando al mar, sigue entrenando y sigue contando su experiencia por una sencilla razón: demostrar, con hechos y no con palabras, que incluso cuando todo cambia, todavía se puede seguir adelante. Remar, caer y volver a intentarlo. Para él, no hay mucho más.