Vivimos rodeados de palabras como sostenibilidad, transición ecológica o economía circular, tan repetidas que han perdido parte de su fuerza. Están en los medios, en las aulas, en las empresas y en las políticas públicas.

Pero hay una pregunta que nos puede ayudar a renovar su significado original: ¿estamos implicando a los jóvenes a abordar estos desafíos? ¿O solo les estamos tratando como observadores de esa realidad?

Porque conocer un problema no siempre significa sentirse implicado en la solución.

En los últimos años se observa entre muchos jóvenes una combinación de preocupación e impotencia ante fenómenos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o las desigualdades sociales. Aunque estos temas forman parte cada vez más de la conversación pública, esa mayor familiaridad no siempre se ha traducido en una mayor implicación.

Quizá nos faltan espacios educativos donde conectar con su realidad y ayudarles a descubrir el papel que pueden desempeñar en la solución.

Y ahí creemos que tenemos un reto colectivo pendiente en el que queremos contribuir.

Durante décadas, desde CODESPA hemos trabajado junto a pequeños agricultores, asociaciones locales, mujeres emprendedoras y jóvenes en situación de vulnerabilidad en distintos países de Latinoamérica, África y Asia. Personas que, con recursos limitados, desarrollan soluciones innovadoras para responder a desafíos sociales y ambientales.

Si algo hemos aprendido de ellas es que el cambio suele comenzar con observación, experimentación y la voluntad de mejorar.

Lo vemos en comunidades agrícolas de Angola que incorporan prácticas sostenibles para adaptarse al cambio climático y recuperar la fertilidad del suelo. Compartiendo conocimientos en parcelas comunitarias y experimentando juntos.

También en mujeres y jóvenes de Marruecos, que encuentran en la reutilización de residuos textiles una vía para generar empleo digno. O en mujeres waorani de la Amazonía ecuatoriana que combinan cosmética natural y saberes tradicionales para generar ingresos sin desvincularse de su territorio.

En todos estos casos, la sostenibilidad no nace de un concepto, sino de la necesidad de mejorar la vida cotidiana.

De esa reflexión nace InnoVERT – Educar para transformar, una iniciativa impulsada por CODESPA junto a ACODEA y Fundación Junior Achievement España, con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

Se trata de un programa de educación para la ciudadanía global que acerca al aula experiencias reales de cooperación internacional para hacer protagonistas a los jóvenes del cuidado de su entorno desde la reflexión y la acción, ayudándoles a comprender que los grandes retos globales también tienen una dimensión local.

A través del programa 'Emprende por el Clima' de Fundación Junior Achievement España y su metodología "aprender haciendo", estas experiencias inspiran a los jóvenes a desarrollar soluciones emprendedoras para los retos de su propio entorno.

La idea no es trasladar modelos cerrados, sino abrir preguntas. ¿Qué puede aprender un estudiante en Madrid de un agricultor en Angola? ¿Qué elementos de una cooperativa en Colombia pueden dialogar con las inquietudes de un aula en Galicia?

En ese sentido, la cooperación internacional introduce una dimensión menos habitual en la educación formal: la idea de que el conocimiento se enriquece en las dos direcciones, del Sur Global a nuestra realidad cercana y a la inversa.

A veces, esto se materializa en ejemplos muy concretos. Esa parcela comunitaria en Angola puede inspirar un huerto urbano en una calle de Madrid: un espacio verde para refugiarse del calor, aprender sobre semillas o, simplemente, volver a encontrarnos con nuestros vecinos.

En este tipo de enfoques, la sostenibilidad deja de entenderse únicamente como concepto y empieza a vincularse con la capacidad de analizar, actuar y colaborar en distintos entornos. Los jóvenes dejan de ser espectadores para convertirse en protagonistas de la solución.

La cooperación entre organizaciones sociales, entidades educativas y actores locales hace posible ese aprendizaje compartido. Nos permite acercar realidades que, aunque geográficamente distantes, afrontan desafíos comunes y pueden inspirarse mutuamente.

Y es en esa intersección donde la educación adquiere otra dimensión: no solo como transmisión de contenidos, sino como espacio de diálogo donde se ensayan formas de interpretar y actuar sobre el mundo.

*** Elena Martínez García es directora general adjunta de CODESPA.