Las lluvias recientes han devuelto en España una imagen que creíamos superada: ríos desbordados, carreteras convertidas en cauces improvisados y pueblos evacuados en horas. En algunos puntos se han superado los 150 litros por metro cuadrado en un día, un volumen que satura cualquier sistema de drenaje convencional.
Mientras las personas tienen que abandonar sus hogares, los pantanos alcanzaban niveles inéditos desde 2014. La reserva hídrica se sitúa sobre el 67%. Esto es un alivio para la sequía, una alegría para el campo, pero también es motivo de daños, incertidumbre y vulnerabilidad creciente.
El temporal ha golpeado con especial dureza a Andalucía, donde estaciones como Grazalema han registrado más de 700 litros en 24 horas. Los caudales del Guadalete y del Barbate superaron los umbrales de alerta, obligando a desalojar municipios enteros y activar protocolos de emergencia hidrológica en varias cuencas.
No hablamos solo de lluvia; debería hacerse también de planificación urbana, de infraestructuras hidráulicas diseñadas para escenarios que ya no existen y de decisiones aplazadas durante décadas. Cada inundación demuestra que la prevención no es un gasto accesorio, sino la frontera técnica que separa el daño de la catástrofe.
Los pantanos, ahora al límite, muestran que el agua puede ser bendición y amenaza simultáneamente. Treinta y un embalses han alcanzado el cien por cien de su capacidad, obligando a desembalses controlados que incrementan los caudales aguas abajo. La gestión exige precisión milimétrica para evitar sobrecargas estructurales.
España necesita una conversación honesta sobre cómo gestiona su territorio. No basta con reaccionar cuando el agua llega a la puerta. Es imprescindible actualizar mapas de peligrosidad, reforzar motas y encauzamientos, y asumir que el cambio climático ya condiciona los periodos de retorno de los episodios extremos.
Las inundaciones no son un accidente inevitable. Son el resultado de decisiones acumuladas, de urbanizaciones en zonas inundables, de ríos encajonados y de una cultura política que prioriza la inmediatez. Un país no puede confiar su seguridad a la suerte de una borrasca ni a la capacidad puntual de una presa.
El agua ha llenado los pantanos, pero también ha vaciado hogares. Entre ambos extremos se encuentra la responsabilidad de construir un futuro más seguro. No se trata de temer a la lluvia, sino de aprender a convivir con ella sin que cada temporal se convierta en una amenaza recurrente y previsible.