Máquinas agrícolas que cosechan maíz.

Máquinas agrícolas que cosechan maíz. iStock

Historias

Radiografía de la producción agroalimentaria de España: "La sostenibilidad no es una opción, sino una condición necesaria"

Mientras la agricultura y la ganadería afrontan el reto de acelerar el relevo generacional, la transformación del sistema se pone en marcha.

Más información: La ciencia española tira de 'semillas olvidadas' para adaptar el campo al cambio climático: guija, algarroba y alholva

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España se enfrenta a una paradoja alimentaria. Mientras se consolida como una de las grandes potencias agroalimentarias de Europa y líder comunitaria en superficie de producción ecológica, el campo envejece a un ritmo que amenaza la continuidad de buena parte de sus explotaciones.

Más del 41% de los titulares de explotaciones agrarias supera los 65 años y apenas el 8,9% tiene menos de 41, según los últimos datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA).

A esta problemática se suma el cambio climático, la presión sobre los recursos hídricos, la concentración de la propiedad agraria y la despoblación; motivo por el que España debe cambiar el chip si aspira a garantizar que las futuras generaciones quieran —y puedan— seguir produciendo alimentos.

La cuestión preocupa tanto a las instituciones españolas como a las europeas. De hecho, la Comisión Europea considera el relevo generacional uno de los principales retos para la sostenibilidad del sistema alimentario comunitario.

Y es que, actualmente, la proporción de agricultores jóvenes en España se sitúa por debajo de los niveles necesarios para compensar las jubilaciones previstas durante la próxima década, una tendencia que amenaza con agravar la pérdida de actividad económica y población en numerosas zonas rurales.

La importancia estratégica del sector resulta difícil de exagerar. La cadena agroalimentaria representa cerca del 10% del Producto Interior Bruto español y constituye uno de los principales motores económicos de los territorios rurales.

Es responsable de garantizar el abastecimiento alimentario de más de 48 millones de personas y, además, desempeña un papel esencial en la conservación del paisaje, la gestión del territorio y la cohesión social de amplias zonas del país.

Asimismo, los consumidores demandan productos más respetuosos con el medioambiente, más cercanos y más transparentes. Sin embargo, también conviven con una avalancha de mensajes, etiquetas y discursos que a menudo generan más confusión que certezas.

Equipo de vinificación que cosecha uvas.

Equipo de vinificación que cosecha uvas. iStock

Por ese motivo, la transformación del sistema alimentario se ha convertido en uno de los grandes desafíos de la próxima década. Pues, no se trata únicamente de producir de forma más sostenible, sino de garantizar que haya personas dispuestas a seguir haciéndolo. Porque sin agricultores ni ganaderos, cualquier estrategia alimentaria está condenada al fracaso.

Esta reflexión estuvo muy presente durante la tercera edición del encuentro sobre alimentación sostenible impulsado por la Fundación Daniel y Nina Carasso, celebrado el pasado 18 de junio en el espacio Infinito Delicias de Madrid.

De hecho, para su directora, Lucía Casani, "transformar el sistema alimentario no es una utopía lejana". Según defendió, cada vez más actores participan en un proceso de cambio que avanza desde múltiples frentes y que exige diálogo, cooperación y soluciones compartidas.

Los alimentos del mañana

¿Quién tomará el relevo cuando se jubilen los actuales productores? El diagnóstico es ampliamente compartido. La edad media de quienes producen alimentos en España se acerca peligrosamente a la jubilación y las barreras para incorporarse al sector continúan siendo enormes.

No faltan jóvenes interesados en desarrollar proyectos agroalimentarios o construir una idea de vida en los pueblos. Lo que faltan son las condiciones necesarias para hacerlo, porque el acceso a la tierra, la financiación inicial, la vivienda, la burocracia y la incertidumbre económica aparecen una y otra vez como obstáculos recurrentes.

Laura Martínez, veterinaria, ganadera y fundadora del proyecto La Caperuza, representa precisamente a esa nueva generación que intenta construir modelos diferentes en el medio rural. De ahí que durante el encuentro defendiese una visión de la ganadería que trasciende la producción animal y pusiese el foco en la salud del territorio.

Su experiencia también refleja otro de los grandes problemas del sector; como lo es la falta de reconocimiento social.

En ese sentido, Martínez explicó que buena parte de su trabajo consiste en recibir visitas escolares para acercar la realidad del campo a niños que desconocen cuestiones tan básicas como de dónde procede la leche o cómo se produce un queso.

Sin embargo, la desconexión entre sociedad urbana y mundo rural no solo afecta a los consumidores. También condiciona las políticas públicas y la elaboración de normativas que, según denunciaron varios participantes, a menudo no tienen suficientemente en cuenta las particularidades de los pequeños proyectos agroganaderos.

Barreras al campo

Por su parte, Pablo González, vinculado al ámbito de la transformación alimentaria y aspirante a incorporarse a la ganadería, explicó durante la mesa que incluso jóvenes con formación superior, experiencia profesional y capacidad de inversión encuentran enormes dificultades para poner en marcha explotaciones viables.

Entre los principales obstáculos citó la falta de acceso a tierras y la complejidad administrativa.

Desde la Administración también reconocen el problema. Carolina Gutiérrez, del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, señaló que las conversaciones con jóvenes agricultores repiten siempre los mismos desafíos: la dificultad para acceder a la inversión, para acceder a las tierras y la necesidad de que alguien les acompañe.

Precisamente para responder a esta última necesidad nació el programa Cultiva, impulsado por el MAPA, que facilita estancias formativas entre agricultores para compartir experiencias y conocimientos prácticos.

Ganado comiendo heno.

Ganado comiendo heno. iStock

Por otro lado, la cuestión del acceso a la tierra adquiere una relevancia especial en España. Los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran una transformación estructural del campo español en donde el número de explotaciones agrarias lleva décadas descendiendo mientras aumenta su dimensión media.

La preocupación es tal que el propio Gobierno ha comenzado a explorar nuevas herramientas para facilitar la incorporación de jóvenes. Entre ellas figura la futura plataforma Tierra Joven, destinada a conectar explotaciones disponibles con nuevos agricultores y ganaderos y favorecer la continuidad de la actividad agraria.

A ello se añade otro problema menos visible, pero igualmente decisivo: la vivienda.

En esa línea, Cristian García Alonso, del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, explicó que incluso programas exitosos como Campus Rural encuentran límites prácticos cuando los estudiantes interesados en trasladarse a pequeños municipios descubren que no tienen dónde alojarse.

"Estamos hablando de vivienda, de movilidad, de acceso a servicios y de acceso a la cultura", señaló.

El peso climático

Aunque el relevo generacional ocupa buena parte del debate, el cambio climático aparece como el gran factor de fondo que condicionará el futuro del sistema alimentario español.

España figura entre los países europeos más vulnerables al aumento de las temperaturas, la reducción de recursos hídricos y la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos.

De hecho, las sequías recurrentes registradas durante los últimos años han puesto de manifiesto hasta qué punto la disponibilidad de agua condiciona ya la viabilidad de numerosas producciones agrícolas y ganaderas.

Ante este escenario, administraciones, investigadores y productores coinciden en la necesidad de acelerar la adaptación mediante prácticas más eficientes en el uso de recursos, la mejora de los suelos, la diversificación de cultivos y la incorporación de innovaciones tecnológicas que permitan aumentar la resiliencia de las explotaciones.

De hecho, muchas de las iniciativas de agricultura regenerativa, agroecología o producción ecológica que se están extendiendo por distintos territorios buscan precisamente responder al desafío de producir alimentos manteniendo la capacidad de los ecosistemas para seguir haciéndolo en el futuro.

Sin opciones

Durante años, parte del debate público ha presentado la producción agraria y la sostenibilidad ambiental como conceptos incompatibles. Sin embargo, quienes trabajan sobre el terreno dibujan una realidad mucho más compleja.

Desde AENOR, entidad especializada en certificación y evaluación de productos, sostienen que la dicotomía entre producción y sostenibilidad responde en gran medida a una percepción simplificada de la realidad.

Según explican, el sector agroalimentario europeo lleva años incorporando mejoras en eficiencia, trazabilidad, bienestar animal y reducción de impactos ambientales.

"La sostenibilidad no es una alternativa a la producción agroalimentaria, sino una condición necesaria para su futuro", señala Juan José Moreno, manager Agroalimentación, Consumo y Distribución de la compañía. De hecho, los datos reflejan una transformación progresiva en esa línea.

Actualmente España cuenta con cerca de tres millones de hectáreas dedicadas a la producción ecológica certificada, lo que la sitúa entre los líderes europeos en esta materia. Pues, la superficie ecológica representa ya más del 12% de la superficie agraria útil nacional y ha experimentado un crecimiento sostenido durante la última década.

Pero el avance no se limita a la agricultura. También aumenta el número de explotaciones ganaderas que adoptan modelos de producción ecológica o sistemas orientados a mejorar la gestión de los recursos naturales, reducir emisiones y reforzar el bienestar animal.

Sin embargo, la sostenibilidad no puede ceñirse exclusivamente a la dimensión ambiental. Desde AENOR recuerdan que también incorpora aspectos económicos, sociales y nutricionales.

Y es que, para Moreno, una explotación agraria ambientalmente ejemplar difícilmente podrá mantenerse en el tiempo si no resulta rentable o si no encuentra relevo generacional.

Falta de información

Si el relevo generacional constituye uno de los grandes retos estructurales, la información se ha convertido en otro campo de batalla.

Los consumidores muestran cada vez más interés por conocer el origen de los alimentos y el impacto de sus decisiones de compra. Pero también están expuestos a mensajes contradictorios y, en ocasiones, engañosos.

Desde AENOR observan errores recurrentes. Uno de ellos consiste en asociar automáticamente los conceptos "sostenible" y "saludable", cuando ambos no siempre coinciden. Otro es reducir la sostenibilidad exclusivamente a cuestiones ambientales, ignorando factores sociales, económicos o territoriales.

Hombre comprando frutas y verduras frescas en el supermercado.

Hombre comprando frutas y verduras frescas en el supermercado. iStock

Por ese motivo, Moreno recomienda desconfiar de términos excesivamente genéricos como "natural", "eco" o "sostenible" cuando no están respaldados por explicaciones concretas, certificaciones independientes o sistemas de trazabilidad verificables.

La cuestión estuvo también presente en la mesa dedicada a la supuesta confrontación entre sector agrario y organizaciones ambientales.

De hecho, la propia formulación del debate partía de si realmente existe una polarización entre ambos ámbitos o si son los medios, las redes sociales y determinados discursos quienes la amplifican.

La conclusión compartida por buena parte de los participantes fue que, lejos de los titulares más conflictivos, existen numerosas experiencias de colaboración entre agricultores, organizaciones conservacionistas, investigadores y administraciones para proteger recursos tan esenciales como el suelo, el agua o la biodiversidad.

Recuperar la fe

En cualquier caso, la transformación del sistema alimentario exige algo más que innovación tecnológica o nuevas normativas. Exige reconstruir vínculos.

Vínculos entre generaciones, para que los conocimientos acumulados durante décadas no desaparezcan con las jubilaciones. Vínculos entre campo y ciudad, para que los consumidores comprendan qué hay detrás de los alimentos que llegan a sus mesas. Y vínculos entre producción y sostenibilidad, superando una confrontación que muchos consideran artificial.

Las cifras muestran que la transformación ya ha comenzado.

La agricultura ecológica continúa creciendo, las administraciones impulsan programas de incorporación de jóvenes y cada vez más productores experimentan con modelos compatibles con la conservación de los recursos naturales. Sin embargo, el tiempo juega en contra.

Más de cuatro de cada diez titulares de explotaciones agrarias se encuentran ya por encima de los 65 años. Cada jubilación sin relevo supone una explotación menos, una actividad económica menos y, en muchos casos, un nuevo paso en la despoblación rural.

Por eso, el debate sobre la alimentación sostenible no trata únicamente de cómo producir alimentos con menor impacto ambiental. Trata también de quién los producirá dentro de veinte años.

Y en esa respuesta se juega buena parte del futuro del campo español, de los territorios rurales y de la seguridad alimentaria del país. Porque el futuro de la alimentación empieza mucho antes de llegar al supermercado.