Un menor con un teléfono móvil

Un menor con un teléfono móvil iStock

Historias

La cara B del 'grooming', el delito digital que amenaza a menores: "Temen más la reacción de sus padres que al propio agresor"

Un estudio de fundaciónSOL revela que casi cuatro de cada 10 estudiantes de Secundaria han contactado con desconocidos por internet.

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En España, las denuncias por delitos sexuales digitales contra menores han pasado de 954 en 2022 a 1.078 en 2024, un aumento del 13% en apenas dos años en un contexto en el que las niñas siguen siendo las principales víctimas, representando el 68,6% de los casos.

Al mismo tiempo, casi el 58% de los menores utiliza internet de forma habitual desde los 11 años y uno de cada tres lo hace incluso antes de cumplir los 10. Motivo por el que el espacio digital se ha convertido en uno de los principales escenarios de socialización para la infancia y la adolescencia, pero también en un terreno fértil para nuevas formas de violencia sexual.

A esta realidad se suma una conclusión especialmente preocupante, y es que gran parte de los casos nunca llega a denunciarse. De ahí que los especialistas hablen de una "cifra negra" de delitos invisibles como consecuencia del miedo, la vergüenza o la culpa.

Es precisamente en esa zona de sombra donde prospera el grooming, una forma de violencia sexual digital que consiste en la manipulación de un menor por parte de un adulto a través de internet con fines sexuales.

El fenómeno, analizado en profundidad por fundaciónSOL en un estudio realizado a 1.509 estudiantes y complementado con 35 dinámicas grupales, permite asomarse a cómo perciben niños y adolescentes los riesgos de internet y qué mecanismos utilizan los agresores para ganarse su confianza.

Los resultados muestran que la exposición digital aumenta de forma exponencial a partir de los 12 años, coincidiendo con el paso de la tablet al teléfono móvil y con una disminución progresiva de la supervisión familiar.

Más de la mitad de los adolescentes reconocen tener entre sus contactos a personas que no conoce personalmente. Casi cuatro de cada diez estudiantes de Secundaria afirman haber mantenido conversaciones con desconocidos en internet y un 12% admite haber llegado a enviar fotografías.

En el 14,2% de los casos de ciberacoso ya interviene la inteligencia artificial.

En el 14,2% de los casos de ciberacoso ya interviene la inteligencia artificial. iStock

El informe también revela que un 10% ha recibido mensajes, fotografías o vídeos de contenido sexual, mientras que a un 9% le han pedido imágenes de su cuerpo y a un 7% mantener conversaciones sexuales.

La cuestión es que, en la mayoría de ocasiones, esta manipulación suele pasar desapercibida, dado que el grooming se construye lentamente, a través de la confianza, la atención constante y la creación de vínculos emocionales que terminan debilitando las barreras de protección de los menores.

En ese sentido, Paloma Segrelles, presidenta de fundaciónSOL, advierte de que se trata de una de las formas de violencia sexual que afecta de manera creciente a niños y adolescentes y defiende que "debemos acompañarlos en esa vida digital con la misma atención con la que lo hacemos en el día a día".

Y es que para Segrelles, tal y como aseguró en la durante la presentación del informe que tuvo lugar el pasado 17 de junio en la sede de la Asociación Pro Huérfanos de la Guardia Civil, "escuchar a los menores no es solo un deber ético, es la condición indispensable para protegerlos".

La manipulación

De acuerdo al estudio, pese a que la infancia es capaz de identificar determinados riesgos digitales, confiesa que le cuesta reconocer los procesos de manipulación cuando estos se presentan bajo la apariencia de una relación afectiva o amistosa.

Por ese motivo, Claudia Caso, directora de fundaciónSOL, explica que el grooming es, ante todo, "un proceso de engaño" en el que el agresor suele ocultar su identidad y se hace pasar por otro menor para generar cercanía, construyendo la confianza mediante intereses compartidos o videojuegos.

Asimismo, la investigación refleja que muchos menores llegan a compartir con desconocidos datos como su nombre, aficiones, centro educativo, número de teléfono, ubicación o información sobre su familia. Pues, para ellos, estas conversaciones se perciben como normales dentro de los códigos relacionales que utilizan a diario.

Los expertos alertan de que el problema radica en la forma en la que este se integra en dinámicas aparentemente inocuas. En ese sentido, los likes, los comentarios positivos o la atención constante funcionan como mecanismos de validación emocional.

De hecho, actualmente para muchos adolescentes la confianza se construye a partir de la interacción digital continuada.

"Ese vínculo emocional disminuye las barreras de protección que inicialmente tenían", señala Caso. Y es que, cuando el agresor logra establecer esa conexión, las peticiones se vuelven progresivamente más invasivas, entrando en juego preguntas personales, solicitudes de fotografías, conversaciones sexualizadas o propuestas de encuentros presenciales.

La Agencia Española de Protección de Datos describe un patrón similar. De acuerdo a sus informaciones, el adulto recopila información sobre gustos, hábitos y aficiones del menor para ganarse su confianza y, posteriormente, obtiene imágenes o información comprometida que puede utilizar para presionar, chantajear o exigir nuevos contenidos sexuales.

El informe de fundaciónSOL identifica además la petición de fotografías íntimas como el auténtico "punto de ruptura" en el que la situación deja de parecer una interacción normal y comienza a ser reconocida como peligrosa. Sin embargo, para entonces el proceso de manipulación suele estar ya muy avanzado.

Los aliados del agresor

La vergüenza aparece como uno de los principales motivos por los que los menores no piden ayuda. Y es que, en estos casos, no se avergüenzan únicamente de lo ocurrido, sino también de haber sido engañados. Es decir, temen ser juzgados por haber confiado, por haber compartido información o por haber respondido a determinados mensajes.

Beatriz Izquierdo, jurista especializada en Criminología, considera que este sentimiento constituye uno de los grandes desafíos para la prevención. Y subraya, al mismo tiempo, que "un menor no debe sentir vergüenza de ser víctima". "El responsable es el adulto con perversas intenciones", asegura en la presentación del informe de la fundación.

"Lo que ellos entienden por vínculo no es más que un proceso de manipulación al que se han visto expuestos y que les deja sin capacidad de decidir en libertad", añade la experta.

El problema es que precisamente ese sentimiento de culpa tiene consecuencias directas sobre las denuncias, dado que muchos casos nunca llegan a conocimiento de las autoridades porque los menores temen las represalias, la estigmatización o las reacciones de su entorno.

Foto de archivo: una niña mirando una pantalla.

Foto de archivo: una niña mirando una pantalla.

En cualquier caso, Izquierdo deja claro que "bloquear no basta". "Los delitos no se bloquean, los delitos se denuncian", sentencia. Pero, lamentablemente, esta no es una reacción que se ejemplifique de forma habitual en la realidad y los resultados del estudio refuerzan esta idea.

Mientras los niños de Primaria suelen acudir a sus padres cuando se encuentran ante una situación extraña, los adolescentes tienden a resolverla por sí solos. Ignoran mensajes, bloquean usuarios o consultan con amigos, pero con frecuencia evitan involucrar a un adulto.

Paradójicamente, numerosos participantes reconocen que les preocupa más la reacción de sus padres que el propio agresor. Algo que Teresa Gisbert Jordá, fiscal de Sala Coordinadora de Menores de la Fiscalía General del Estado, considera que debería hacer reflexionar a las familias.

"Los padres tienen que estar preparados para apoyar, ayudar y entender. Ya habrá tiempo para hablar de otras cuestiones, pero en ese momento lo importante es que el menor se sienta protegido", expone la procuradora. E insiste en un mensaje fundamental: "Ellos son las víctimas y hay que ir a por el culpable".

Una amenaza social

En cualquier caso, el grooming, además de ser un problema tecnológico o jurídico, se caracteriza por contar con consecuencias que alcanzan de lleno a la salud mental de niños y adolescentes.

Celso Arango, jefe del Servicio de Psiquiatría, Psicología Clínica y Salud Mental Infantil y Adolescente del Hospital La Paz, advierte de que los menores más vulnerables son también quienes presentan un mayor riesgo de caer en estas situaciones.

En ese sentido, la soledad no deseada, las dificultades para relacionarse, determinados trastornos del neurodesarrollo o problemas de salud mental previos pueden aumentar significativamente la exposición al engaño. "Cuanto más vulnerable sea el menor, peor es el caso", señala durante la presentación del informe de la fundaciónSOL.

Sin embargo, el especialista recuerda que este fenómeno del "embaucamiento" no es nuevo, pero afirma que lo novedoso son las herramientas que permiten multiplicar su alcance.

Las consecuencias pasan de la ansiedad, la depresión, el estrés postraumático, el aislamiento social o la pérdida de autoestima a la ideación suicida.

Arango alerta además de que se genera un círculo vicioso especialmente peligroso en el que los menores más vulnerables son más susceptibles a convertirse en víctimas, y la experiencia traumática incrementa posteriormente el riesgo de desarrollar nuevos problemas de salud mental.

La preocupación alcanza también el ámbito judicial. De hecho, Save the Children ha documentado que más del 60% de los procedimientos por violencia sexual digital contra menores se prolongan durante tres años o más, mientras que un 14% supera los cinco años.

Además, el 65% de las víctimas declara más de dos veces antes del juicio, lo que aumenta el riesgo de revictimización.

Ante este escenario, expertos y autoridades coinciden en que la prevención debe convertirse en la principal línea de actuación.

El 12% de los alumnos de secundaria y el 4% de primaria afirman haber sufrido interacciones sexuales indeseadas por parte de adultos.

El 12% de los alumnos de secundaria y el 4% de primaria afirman haber sufrido interacciones sexuales indeseadas por parte de adultos. iStock

En ese sentido, la fiscal Teresa Gisbert reclama una mayor implicación de las plataformas digitales, especialmente en la verificación de edad, y defiende que la educación afectivo-sexual debería convertirse en un verdadero pacto de Estado. "Es fundamental proteger al niño y a la niña", sostiene.

Por su parte, Daniel Moreno, capitán jefe del EMUME de la Guardia Civil y especialista en víctimas vulnerables, insiste en la necesidad de abandonar la idea de que estos casos solo les ocurren a otros. Porque, como aseguró durante la presentación, "el 100% de los padres que descubren que sus hijos han sido víctimas habían dicho antes que eso nunca les iba a pasar".

Moreno considera que la clave está en acompañar, no en vigilar. Y lo explica: "Cuando queremos controlar y supervisar, los menores se ponen a la defensiva. Tenemos que acercarnos de una manera positiva y hacerles saber dónde pueden pedir ayuda".

Y es que, al final del día, detrás de cada estadística hay una conversación que nunca llegó a producirse, una petición de ayuda que quedó atrapada por el miedo o una situación que pudo haberse detenido antes de convertirse en un delito.