El Día de los Enamorados regresa puntual, como regresan siempre esas tradiciones que nadie ha solicitado de manera explícita pero que, por alguna razón difícil de precisar, acaban imponiéndose. Una fecha que no tanto celebra el amor como dicta su protocolo, la forma correcta —o al menos socialmente homologada— de sentirlo, expresarlo y exhibirlo. Mientras unos se aplican con fervor al ritual —cena, regalo, fotografía estratégicamente compartida— otros contemplan la escena con una mezcla de distancia, escepticismo y una copa de vino que ayuda a pensar con mayor claridad.

Conviene recordar que el amor no es una línea recta ni un relato coherente. Se parece más a un laberinto mal iluminado en el que Cupido, criatura mitológica algo irresponsable, dispara flechas sin comprobar demasiado bien a quién ni con qué consecuencias. De ahí que las parejas adopten formas tan diversas —y a veces tan desconcertantes— que uno acaba sospechando que el verdadero milagro no es enamorarse, sino mantenerse en pie sin perder la compostura.

Algunas relaciones recuerdan inevitablemente a Don Quijote y Sancho, uno empeñado en encontrar grandeza donde apenas hay sentido común, el otro dedicado a minimizar daños y recoger los restos del entusiasmo. Otras se asemejan más al vínculo entre Don Quijote y Dulcinea, un amor construido sobre una idea, una proyección tan idealizada que probablemente no sobreviviría al contacto con la realidad. Y luego están esas parejas cuya lógica interna se nos escapa por completo, matrimonios sostenidos por una inercia misteriosa, por una suma de silencios, pactos tácitos y costumbres que nadie ha terminado de explicar, pero que funcionan —o eso parece— a fuerza de no hacerse demasiadas preguntas.

Se ha dicho que el amor es un fuego que arde sin verse, y tal vez por eso provoca discusiones aparentemente insignificantes, pero profundamente reveladoras, ¿por qué para uno resulta natural celebrar San Valentín con una comedia romántica y para el otro es una forma refinada de castigo? ¿por qué hay quien necesita gestos grandilocuentes y quien solo aspira a pasar el día en pijama, sin épica, sin discursos y sin la presión de parecer feliz?

San Valentín tiene, en el fondo, menos que ver con el amor que con la expectativa. Nos enfrenta a esa pregunta incómoda que preferimos esquivar, si hacemos lo que hacemos porque lo sentimos o porque se espera de nosotros. Si regalamos flores por deseo o por temor. Porque el amor contemporáneo no solo se vive: se administra, se explica, se justifica y, cada vez con más insistencia, se exhibe.

Y, sin embargo, incluso desde la distancia crítica, hay una evidencia que se impone con obstinación. A casi todos nos gusta —aunque no siempre lo confesemos— sentir que alguien piensa en nosotros. Que alguien se acuerda. No hacen falta fuegos artificiales, basta una nota torpe, un mensaje fuera de hora, un gesto mínimo que nos rescate, aunque sea por un instante, de nuestra irrelevancia cotidiana. En ese momento, el mundo parece un lugar algo menos inhóspito.

Quizá por eso el amor real se parece poco a su versión publicitaria. No necesita declaraciones eternas ni promesas solemnes. Suele manifestarse de forma discreta, casi invisible: en la constancia, en la atención, en no marcharse a la primera incomodidad. En estar. Que no es poco.

Conviene, pues, tomarse el Día de los Enamorados con cierta ironía y una dosis razonable de indulgencia. Celebrarlo, si apetece, pero sin solemnidad, sin esa gravedad impostada que convierte una cena en un acto casi notarial. Y evitar, sobre todo, transformarlo en un examen con nota y recuperación. El amor no debería medirse por reservas, envoltorios ni publicaciones estratégicamente programadas.

Agradece el gesto. Incluso los calcetines.

El amor no siempre acierta, pero cuando lo hace, casi nunca hace ruido.