Hubo un tiempo en que podíamos estar con otra persona sin mirar el móvil cada dos minutos, en que no necesitábamos grabar o fotografiar cada instante de nuestras vidas, en que los niños eran capaces de jugar sin una pantalla de por medio.

Era otra época, una época peor.

Nuestra era de milagrosa tecnología no anda corta de insufribles desventajas. Muchos sentimos que vivimos en una ciénaga digital, anegados de notificaciones, banalidades y distracciones infinitas. YouTube, Instagram y otros "torturadores psicológicos" nos bombardean continuamente con titulares apocalípticos y destellos de vidas aparentemente mejores.

Y aun así, a pesar de todo, solo nos queda admitir que cualquier tiempo pasado fue peor. Pues ¿quién de nosotros querría haber nacido en una época pasada? Algunos, enamorados de cierto periodo histórico, lo señalarían como destino deseado, por ejemplo la antigua Grecia o el Siglo de Oro español. Pero es dudoso que estuvieran dispuestos a materializar dicho deseo.

Casi siempre concebimos estos viajes en el tiempo como una suerte de vacaciones: queremos pasar allí una temporadita, no quedarnos para siempre. Además, ¿quién aceptaría vivir en la Grecia clásica sin saber qué lugar social le tocaría ocupar? Sería difícil superar esta prueba del "velo de ignorancia": aproximadamente la mitad de los que vivieron entonces fueron esclavos.

Juzgaremos las redes sociales como un experimento inhumano y percibiremos la ubicuidad del 'smartphone' como una aberración

El presente está compuesto de luces y sombras, de gozos y pesares. Sin embargo, tendemos a representarnos el pasado como un lugar idílico, una "edad dorada" en la que, mágicamente, mantenemos todo lo que valoramos del presente.

Cuando nos trasladamos imaginariamente al pretérito, nunca nos privamos de vacunas ni antibióticos, no prescindimos del aire acondicionado ni del frigorífico. Bauman popularizó el término "retrotopía" para referirse a esta tendencia a imaginar el pasado como algo ideal y perfecto.

El sociólogo polaco veía esto como un síntoma de una crisis de confianza en el futuro, y es verdad que hoy resulta difícil escuchar esta palabra –futuro– sin pensar en un cataclismo producido por la sobrepoblación, el desastre climático o alguna otra incontenible desgracia.

Podría sorprendernos que esta desconfianza en el porvenir despunte en una época de tecnología portentosa, pero lo cierto es que una y otra cosa suelen ir de la mano.

La historia nos muestra cómo toda gran tecnología disruptiva trae consigo, especialmente durante su despliegue y adopción, un sinfín de problemas. La escritura engendró innumerables sectas; la imprenta prendió la mecha de la caza de brujas; la radio sirvió de altavoz a la propaganda totalitaria.

El pesimismo respecto de las nuevas tecnologías, así como la añoranza de una existencia más simple y manejable, constituyen la reacción típica durante los primeros momentos de implementación y difusión tecnológica.

Diría que nuestro tiempo es –y seguirá siendo durante bastantes años todavía– una de estas épocas de ajuste. Sospecho que tras este periodo de adaptación miraremos atrás con cierto horror: juzgaremos las redes sociales como un experimento inhumano, percibiremos la ubicuidad del smartphone como una aberración y veremos los monopolios tecnológicos actuales como algo intolerable.

Internet, el smartphone y las empresas tecnológicas seguirán existiendo; pero, inevitablemente, bajo nuevas formas.

Hoy nuestra tarea es precisamente esa: repensar la tecnología y nuestra relación con ella. Como dijera Ortega, “esto –y no retroceder de la máquina al cocotero– es lo que reclama la altitud de los tiempos”.

Doctor en Filosofía y profesor de Bioética en la UCM, Marcos Alonso (Madrid, 1988) es autor de Platón contra las máquinas (Alianza, 2026).