Hace unos años, en una conversación al norte con varios escritores y escritoras, nos enzarzamos a hablar de las relaciones literarias entre América Latina y España. A mí, de primeras, siempre me cuesta pensar en esta balanza. Primero, los países de América que escriben en español son diecinueve y a este lado del Atlántico somos uno y, después, porque matar al padre, sea este un país o una tradición literaria, es siempre un largo y complejo acto de traición.

Y una está donde vivió y vive, lo quiera o no. Quiero decir, doblegar las estructuras íntimas que nos hacen pensar en el otro lado como un todo, históricas o literarias, requiere fuerzas y altas dosis de querer llegar al hueso.

Aquella tarde, una autora española decía que allá, en esa enorme y heterogénea extensión llamada América Latina, se leía con interés a los autores de aquí y una autora argentina decía que en su país no había interés. Eran posturas algo irreconciliables, quién sabe por qué experiencias atravesadas, pero es algo que he pensado en algunas idas y vueltas con los libros a cuestas, salvando los miles de kilómetros de océano y algunas fosas abisales.

¿Cuáles son los términos de esa comparación? ¿Cuál la razón del interés o el desinterés? ¿Puedo pensar yo, desde Madrid, si tiene más interés un mexicano en el libro de un chileno que en el libro de un español? ¿Puede ser este país hoy un contrapeso a lo que está creándose y renovándose en otros donde se escribe en la misma lengua? Para esta pregunta última tengo una respuesta provisional: no. O no lo suficiente, aunque solo sea por descompensación.

Pienso en todos los autores latinoamericanos que he leído a lo largo de mi vida, sin prestar atención a su origen concreto. Primero, aquellos del boom que me volaron la cabeza cuando era adolescente, páginas y versos aprendidos de memoria que nos hablaban de otros mundos distantes y distintos y que, a través de las mismas palabras, tomaban formas nuevas que sometían con libertad a la norma castellana y al realismo. Y he escrito autores porque las autoras de entonces llegaron a mí después. Y hasta hoy, que caen en mis manos obras de gente contemporánea, que están escribiéndose ahora mismo y que están traduciendo la complejidad de lo que sucede en sus territorios, todos ellos, a nuevas formas narrativas y poéticas.

Compartir una lengua es una forma profunda de compartir el mundo. Y eso tiene un peso grave en cada identidad

No hay pregunta que resulte más incómoda en una entrevista a que te interroguen por las referencias literarias. Porque no son un canon privado inamovible y no se quiere dejar nada fuera. La escritura se moldea con los años y no son los mismos autores y autoras los que trazaron las coordenadas de un libro primero que los que te acompañan ahora. Quedarme con lecturas iniciáticas como origen de todo habría significado no emprender ninguna transición y la escritura requiere lectura siempre, no solo de clásicos.

Así que, si miro para atrás y, en resumen, para no resultar una ignorante que no sabe qué decir, he tenido que hacer alguna revisión. Y de mis palabras tiran dos raíces, una es trasatlántica, y la otra está aquí, más al norte, en este otro territorio que se llama Europa, y del que, quizá, de forma artificial, también me siento algo parte, aunque la traducción literaria de obras españolas sea muy escasa, así que tampoco parece recíproco.

Pero no puedo obviar que compartir una lengua es una forma profunda de compartir el mundo. Y eso tiene un peso grave en cada identidad. La persona que escribe es la persona que mira y que ve. Ojalá podamos romper algo más esas fronteras que a veces nos encierran en esta ínsula Barataria y abrir un canal y desplegar algo más las imaginaciones, las tramas y las formas.

Aroa Moreno (Madrid, 1981) es periodista y escritora. Debutó como narradora con La hija del comunista (Caballo de Troya, 2017). Su último libro es Mañana matarán a Daniel (Random House, 2025).