El olímpico cisne de nieve con el ágata rosa del pico navega, sin Rubén, entre los versos de Fernando Plata. El poeta ha escrito un libro que condensa el temor y el temblor de las voces misteriosas. Himnos a los altos (Vandalia) es un poemario que trepida por las sombras y sorprende por su calidad.

“No me importa morir si se muere la muerte”, escribe el poeta tras levantar las sábanas humildes del sepulcro. Aunque le gusta cortejar la tierra con un ramo de nubes, sabe que el ser es un ser para la nada, es un ser para la muerte; que Sartre y Jorge Guillén tenían razón. Y por eso, él no puede respirar los perfumes de los ángeles arrasados. Sube entonces el poeta al cielo de los cantos para bajar enseguida a la tierra del silencio.

Como las huellas de color del pintor abstracto, pone sus manos en el cielo y se estremece al sentir la muerte del oro fatigado. Se pierde entonces en la angustia del perdón y su corazón descubre el misterio de haber sido. Porque ser no tiene mérito, pero haber sido, sí es algo grande e inmutable.

Fernando Plata escribe sin distancias ni tiempo. Se ha dado cuenta ya de que las manzanas de Hespéride penden de una estrella. Siente cuánto vale la vida cuando ya no vale nada. Cae la nieve sobre sus versos como música en copos de corcheas misteriosas y acaricia entonces la crin de las estrellas, jinetes de la Osa y recuerdo del príncipe de Golconda.

Deja las pisadas de sus versos Fernando Plata sobre el Zocodover toledano y piensa que Garcilaso volverá de la guerra porque no hay muerte sin vida. Los dedos del poeta se hacen música y espera entre ellos el sonido de las palabras de amor que vienen de la Palabra única, del Verbo, que se hizo carne y habitó entre nosotros.

El libro de Fernando Plata se bebe, no se lee. Los versos están desprendidos, sus poemas, iluminados

Recuerda su infancia Fernando el poeta, los susurros del latín, los bosques que daban frutos fríos y la Costa de la Morte, que, como en la novela de Camilo José Cela, se adhiere al fin de la vida. El mar golpea arriba y el cielo se abre abajo. Tal vez por eso, su libro se bebe, no se lee. Los versos están desprendidos, sus poemas, iluminados.

Arrebatan al poeta las palabras pobres que se dicen tras la muerte cuando se mendigan las monedas de Dios y se dan por perdidas. Asegura que de niño amaba a Virginia y anhelaba sobre todo ir de su mano hacia el colegio azul de las leyendas. Pero todo queda lejano y solo. Sic transit gloria mundi.

Viajero de la tierra, el poeta ve las nubes pasar y siente que su pobre corazón es nuestra casa. Porque probó el amor, escuchó lo que dice. Piensa entonces que la muerte es feliz. Como la vida, transforma las letras en imágenes. El poeta detiene sus versos para contemplar el bosque de los monjes deslumbrados.

José Luis Rey (que es tal vez el propio Fernando Plata) describe en un prólogo certero al poeta como el vigía de la Costa de la Muerte porque su poesía está situada en el límite entre el canto y la eternidad. Desterrado a vivir en las provincias misteriosas del tiempo y del amor, celebra ya las lenguas de fuego que coronan los árboles.

Se quiebran enseguida los frágiles prodigios de los versos y al lector le estremece el placer puro y desinteresado que le han producido los poemas de Fernando Plata.

El poeta podría escribir con San Juan de la Cruz, oh noche que guiaste, oh noche amable más que el alborada, oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada.