Apasionante libro. Pedro Corral se ha instalado en la guerra incivil española para contemplar cómo vivieron, murieron, se desarrollaron los dramaturgos y cineastas, las actrices y actores, los directores y empresarios, los figurinistas y figurantes, el mundo del teatro y del cine, el universo, en fin, de los cómicos.

Pedro Corral es periodista de largo alcance; es novelista excelente; es ensayista de vasta cultura y objetividad de juicio, es un talento en el que brilla la ecuanimidad. El autor no se equivoca al saber distinguir. Cuenta lo que le pasó a Pedro Muñoz Seca, escritor de altos vuelos, vilmente asesinado. Pero en quien se detiene, deslumbrado por la admiración, es en Federico García Lorca.

Publica una fotografía para mí desconocida en la que el poeta pasea con Rodríguez Rapún, uno de los amores de su vida, al que le dedicó los Sonetos del amor oscuro. La publicación de esos poemas en el diario ABC ha sido la mayor exclusiva de mi dilatada vida profesional.

Pedro Corral derrama lágrimas literarias por el poeta, seducido y zarandeado por Rapún, que murió hecho trizas en un bombardeo de la aviación franquista. El libro se extiende también con el descaro del grupo teatral La Barraca. La página triste de los “barracos” ante el consejo de guerra estremece.

Casona y su inicial entusiasmo por el lado republicano festeja un capítulo de Cómicos en guerra (La Esfera de los Libros). Y junto a él, mi inolvidado Rafael Alberti, que fue, antes que nada, un hombre de Letras. Celia Gámez aparece en el parador de Gredos, rescatada por los vencedores. Los payasos Pompoff y Thedy encandilaron a los rojos. Campúa, pionero del fotoperiodismo, cayó asesinado por la venganza del actor argentino Francisco Carol.

Bellamente escrito, sólidamente documentado, especialmente objetivo, el lector del buen gusto literario leerá de un tirón 'Cómicos en guerra'

El festival organizado por ABC “en beneficio de los heridos y víctimas de la sedición” se celebró entre el clamor militar y el estruendo de la sangre, las bombas y las cáscaras de pipas. Al dueño del Teatro Fontalba, el marqués de Cubas, le estrangularon sin piedad.

Rafaela Aparicio era una niñita admirable, atrapada en la zona roja. Firmó tras el final de la guerra una declaración en favor de la victoria franquista. El caso de Estrellita Castro es de no creer. Estuvo en todos los bandos y logró sobrevivir. Actuó incluso en Alemania ante el dictador Hitler. Mantuvo relación con Antonio Diéguez, que terminó asesinado. Margarita Xirgu brilla en el libro junto al director Cipriano Rivas Cherif en el Teatro Español.

Germán Bleiberg desfila sobre las letras de Pedro Corral, que nos proporciona en su libro una imagen de un escritor jovencísimo con cara de niño, José Hierro. Con él, medio siglo después, mantuve largas conversaciones literarias en mi despacho de ABC, cuando el poeta, elegido académico de la Real Academia Española, subsistía uncido a un recipiente de oxígeno.

Bleiberg estudió a Garcilaso, a Fray Luis, a Juan Ramón Jiménez, y hasta su muerte en 1990 recordaba sus versos de guerra: “Ya lejos las horas tristes, yo arrancaré de los años, tierra firme en las miradas quebradas por el naufragio”. Emocionante la historia de José Lorente Granero, prisionero de los nacionales. Le fusilaron, pero sobrevivió al tiro de gracia. En El mono azul, Vicente Aleixandre dedicó un poema al milagro.

A Enrique Jardiel Poncela le encerraron en una checa. Cinco milicianos maltrataron al autor de Eloísa está debajo de un almendro. Le condujeron luego al palacio de Medinaceli, en la plaza de Colón, hoy desaparecido, pero que yo conocí y conservo admiración por su impresionante biblioteca. Liberado de la checa, Jardiel se encerró en su casa y no salió de ella en siete meses.

Niní Montian, partidaria de los nacionales, vivió atemorizada en Madrid, pero la salvó el apasionado romance que mantuvo con el pistolero socialista Enrique Puente. A María Fernanda Ladrón de Guevara la sometieron incluso a un simulacro de fusilamiento.

Discípula de Carlos Arniches, Pilar Millán-Astray sufrió cautiverio, aunque sobrevivió, mientras Rafael Alberti estrenaba en el Teatro Español Los salvadores de España, que el bando republicano censuró suprimiendo las críticas a Hitler, a Mussolini y a Salazar. María Teresa León estrenaba zarzuelas y, en el palacio de El Pardo, futura residencia del dictador Franco, las Guerrillas del Teatro pusieron en marcha nuevas obras. Conmovedora también la historia vivida por los Álvarez Quintero.

Y así, cien historias más en este libro de interés que no decae. Bellamente escrito por Pedro Corral, sólidamente documentado, especialmente objetivo, el lector del buen gusto literario leerá de un tirón Cómicos en guerra.