Vive el poeta del hálito del mar. El aire amordazado le azota el rostro. Se desgranan sus baladas como cucharadas de olas tuertas. Empalidece la luz desvencijada. Se apaga la noche de luna agarena. Arde entonces el mar y el fuego ciego enciende las horas oscurecidas.

Arañan los versos de Pere Gimferrer cuando se resquebrajan en el pergamino sobre el que escribe. Los años en él no son hojas, son flores. Recuerdan al marinero en tierra. Y Alberti y Bergamín se alzan en chicuelinas sobre el toro despellejado.

Contempla el poeta en el cielo roto, el azote donde al fin se enciende su verdad: el ser es un ser para la nada, es un ser para la muerte. Tembloroso Sartre. Bajo los pinares del amanecer, Pere Gimferrer, que no sabe adónde vamos ni de dónde venimos, se pregunta: “¿Cómo seremos los que ya hemos sido?”. Pero entre el temor y el temblor, el poeta propina al lector el gran latigazo al afirmar: “Yo soy”.

Se esconde Gimferrer en el laberinto de la soledad de Octavio Paz, bajo los párpados enrojecidos del cielo. Y acude a lo más hondo del planeta en busca del ente perdido. Tras el desgarro del destino, se lamenta entre lágrimas de que “ya era yo lo que no era”. Por eso, tal vez sacude sus versos “con las mordazas de Góngora. Y se ennegrece la noche de Walpurgis entre almenas de oro fatigado.

Bebe el poeta el agua quemada y pajiza porque no quiere “dejar de ser”. Un arcaduz de fuego descuaja su garganta. Se hace débil el verso en la porcelana rosa de los atardeceres, pero se erecta luego al visitar la casa desollada del crepúsculo inmenso.

Pere Gimferrer es hoy el más grande de los poetas españoles. Escribe también en catalán versos encendidos. Gracias a ellos ganará para España el premio Nobel de Literatura

Se embarcan sus versos en la nave ebria de Rimbaud y recuerda a mi inolvidado Montale que desdeñaba a Salvatore Quasimodo y se recreaba en Pablo Neruda. De repente estalla la noche. Derrama el poeta lágrimas incendiarias, vive la desolación de Cernuda Y se lamenta de “lo que nunca seremos” mientras amanece en el pico del águila ligur y las campanas de las letras italianas doblan por el cadáver del tiempo que se va.

No retornarán días como aquellos, Lorca asesinado, Juan Ramón muerto, Aleixandre las espadas como labios, callada la voz secreta del amor oscuro, en vela el incierto “no es nada” del verso juanramoniano.

No me agradan las afirmaciones rotundas, pero Pere Gimferrer es hoy el más grande de los poetas españoles. Escribe también en catalán versos encendidos. Gracias a ellos ganará para España el premio Nobel de Literatura y dentro de doscientos años, cuando nadie sepa quién es Pedro Sánchez ni Alberto Núñez Feijóo, se leerán sus versos con la emoción que hoy producen los poemas de San Juan de la Cruz, de Gustavo Adolfo Bécquer o de Antonio Machado.

Ay, noche inmensa de perfil seguro, “montaña celestial de angustia erguida”, ay este libro brevísimo de Pere Gimferrer, Balada (Espasa), en el que los versos son pinceladas abstractas que arden, como el mar, en el lienzo de la gran poesía, mientras sangra la herida de las batallas tantas veces perdidas, lejana y sola aquella amada de la luz oscurecida.