En el fuego cruzado de las recriminaciones de que ha sido objeto (de un lado, por haberse retirado a última hora de un ciclo sobre la Guerra Civil organizado por Arturo Pérez-Reverte, y del otro, por haberse presentado –no cabe duda de que con las garantías de ganarlo– al Premio Nadal, encima con una novela que algunos juzgan bastante deficiente), David Uclés no ha cesado de hacer declaraciones de toda suerte, siempre con el talante amable y pacífico que parece caracterizarlo.

Como suele ocurrir con los escritores que alcanzan un éxito más o menos sensacional con alguno de sus libros, Uclés afirma desentenderse de las críticas a menudo muy groseras y ad hominem que le han dedicado y, ya puesto, también de la crítica en general, vale decir de la crítica literaria, representada mayormente por las reseñas que se publican en suplementos y revistas como la presente.

Apropiándose del mantra que repiten sin vacilar quienes han obtenido un gran éxito comercial, Uclés invoca a “los lectores” como única instancia de validación de sus libros y de su literatura. Lo demás, sugiere, es ruido, cuando no inquina y mala fe. ¿Qué otra cosa cabe esperar cuando se halla uno en la cresta de la ola?

Tras el aplauso casi unánime que recibió su novela La península de las casas vacías (Siruela, 2024), las objeciones y reservas que ha suscitado La ciudad de las luces muertas, la novela del Nadal, no puede menos que interpretarlas Uclés como previsible consecuencia de la inesperada fortuna alcanzada con la primera. El esnobismo y el resentimiento hacia los triunfadores que suele atribuirse a los críticos y comentaristas presuntuosos desactivaría por adelantado esas objeciones y reservas.

Y mientras, la expectativa de los lectores que gustaron de La península…, sumada a la de aquellos para quienes el Premio Nadal constituye todavía un reclamo prestigioso, asegura de antemano que, sea mejor o peor, La ciudad… repetirá, cuando menos, el éxito de la anterior.

David Uclés invoca a “los lectores” como única instancia de validación de sus libros y de su literatura. Lo demás, sugiere, es ruido, cuando no inquina y mala fe

En sus sosegadas réplicas a las malas críticas, Uclés dice extrañarse de que no pocos que lo celebraron en el pasado le dediquen ahora juicios adversos. Al decirlo, deja traslucir su convicción de que esos juicios no los determina tanto su nueva novela como un cambio de criterio o de rasero. Lo que estaba bien en un escritor emergente que da la sorpresa deja de estarlo en quien ha sido señalado como el último gran fenómeno de la narrativa española.

Uclés no es el primero en fingir esta extrañeza. Suelen mostrarla los escritores más o menos conocidos que de pronto dan un pelotazo –vamos a llamarlo así– y que a partir de ese momento acaparan una particular atención. ¿Por qué me tratan así?, se preguntan, lastimeros, cuando, entre los vítores y los aplausos, suenan silbidos. Pero enseguida se responden que una cosa trae la otra, y que esos silbidos solo puede motivarlos la envidia, cuando no el elitismo de quienes no gustan de confundirse con la multitud.

Y no digo que no pueda ser así. Pero sí que es también probable que el éxito afloje en ellos la exigencia, la vigilancia de lo que escriben. Que ese éxito pueda tener por efecto el deseo irresistible de repetirlo, de adular a los mismos lectores que lo aclamaron, y de hacerlo repitiendo fórmulas o exagerándolas penosamente, en su resuelto empeño de no defraudar y de hacer aquello que suponen que se espera de ellos.

Por su parte, no solo los críticos, también algunos lectores puede que piensen que el éxito, en efecto, lo cambia todo, claro que sí, y que la obligación del buen escritor no es, desde luego, evitarlo, pero sí defenderse de él, de sus más corrosivos efectos, entre los que se cuenta –y no es poco peligro– el de abaratarse y trivializarse.