Mientras escribía, la semana pasada, una columna dedicada al problemático concepto de “literatura universal”, acuñado en su día por Goethe, recordé que yo mismo, hace ya tres décadas, anduve ocupado con el diseño, la realización y el lanzamiento de nada menos que ¡una Biblioteca Universal!

Esta etiqueta de “Biblioteca Universal” ha sido empleada numerosas veces para amparar colecciones siempre muy ambiciosas y de muy varia fortuna. La que me ocupó durante cerca de diez años fue, en particular, la Biblioteca Universal del Círculo de Lectores, impulsada por Hans Meinke con objeto de conmemorar a lo grande los treinta años de la fundación del club de libro en España (1962).

Tras muchos meses de reflexión y debate, y tratando de obviar los riesgos de una colección de muchos volúmenes –lo que desbordaría la capacidad de compromiso de sus eventuales suscriptores–, dimos finalmente con una fórmula magistral: la Biblioteca Universal del Círculo de Lectores se estructuraría como “una colección de colecciones”, todas ellas circunscritas a una sola materia y a un número predeterminado de volúmenes (12 o 24), y susceptibles de ser articuladas por el lector en función de sus intereses. Se trataba de un proyecto abierto, indefinidamente ampliable, dado que las áreas del conocimiento y del saber abarcables eran, en principio, incontables.

Aunque de orientación resueltamente humanística, con la literatura como protagonista principal, la Biblioteca Universal contemplaba desarrollos en todos los campos. Así, por ejemplo, encomendamos a José Manuel Sánchez Ron una colección divulgativa de Ciencia de 24 volúmenes.

Importa tener presente que la dirección y la selección de títulos de cada colección se confiaba a destacadas figuras relacionadas con el campo correspondiente. Entre las funciones de los directores se contaba la elección de los prologuistas de los distintos volúmenes. Cada volumen, además, llevaba una “justificación” del propio director. Se cuidaban las traducciones, la composición de los textos, la realización material de los volúmenes.

Pese al volumen inabarcable de la producción que inunda las librerías, son infinitamente más numerosos los tesoros que duermen olvidados en librerías de viejo

El elenco de los directores que llegaron a ver completadas sus colecciones resulta, considerado retrospectivamente, portentoso: Martín de Riquer, Francisco Rico, Carlos García Gual, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Emilio Lledó, Fernando Savater, Eduardo Mendoza... El de los prologuistas, mucho más numeroso, es directamente abrumador. Y esto que quedaron sin realizar algunas colecciones que ya estaban armando Octavio Paz, Francisco Nieva, Valeriano Bozal...

En diez años se alcanzaron a publicar 12 colecciones y un total de casi 200 volúmenes. Obvio aquí las razones por las que el proyecto se estancó y finalmente naufragó.

Rememoro este episodio de mi trayectoria editorial porque lo estimo inspirado por argumentos afines a los que amparó ese aludido concepto de “literatura universal”. Ya puestos, sin embargo, no me resisto a hacer una melancólica reflexión sobre el vastísimo caudal de libros, colecciones y grandes proyectos editoriales de los que apenas queda rastro. Pese al volumen inabarcable de la producción que inunda año tras año las librerías, son infinitamente más numerosos los tesoros que, como en el fondo del océano, duermen olvidados en almacenes y librerías de viejo, pese a las riquezas incontables que contienen.

Un pequeño sector de la industria editorial se ocupa de rescatar algunos de esos tesoros, pero la parte del león se la llevan las novedades. Resulta desesperante la tarea de buscar y obtener, a veces a precios desorbitados, libros imprescindibles. Por mi parte, no puedo menos que recordar algunos prólogos excelentísimos, algunas ediciones ejemplares publicadas en el marco de esa Biblioteca Universal de Círculo de Lectores, y me pregunto si al mundo editorial no le convendría cultivar más el reciclaje e incorporar según qué criterios conservacionistas.