Semanas atrás, en el repaso que hice aquí mismo de algunas de mis lecturas del año 2025, les decía que andaba embarcado en la de Personaje secundario, de Enrique Murillo (Trama).

Les hablaba de él, sin haberlo terminado, como un “libro entre las memorias, el ajuste de cuentas y el testamento profesional, que hurga aleccionadoramente en la trastienda del mundo de la edición española durante los mismos años en los que yo también participé en él”, lo cual sembraba mi lectura, decía, de “frecuentes y fértiles discrepancias”.

Ha pasado un mes, y todavía persevero en la lectura del libro, lentamente, pues lo cierto es que ese “mundo de la edición española”, por mucho que me concierna, y por muy trufado de anecdotario que se brinde, no da para tanto.

El recuento pormenorizado que Murillo hace de su abigarrada trayectoria se ve lastrado, además, por un exceso de jactancia, de autorreivindicación, que resulta a ratos embarazoso.

En cuanto al duelo personal que mantiene con Jorge Herralde, tiene todo el derecho a dar su propia versión de los hechos, pero supura demasiado resentimiento, y no he podido menos que sentir malestar ante la circunstancia de que algunas afirmaciones venenosas sean hechas cuando el aludido no está en condiciones de salir al paso de ellas.

El relato y el balance que Enrique Murillo hace de lo ocurrido en la narrativa española durante los 80 se me antojan muy despistados, por no decir cándidos

Conozco bastante de cerca no pocos de los ambientes, asuntos y episodios sobre los que discurre Murillo, a quien aprecio. Podría corregir o incluso desmentir, si pensara que vale la pena, algunas de las informaciones que da a veces demasiado a la ligera. Cada cual gestiona su memoria y su presunta huella en este mundo –o mundillo– según le place o le conviene, y bien está que así sea, en el bien entendido de que la convicción y la sinceridad con que se brinda un testimonio no asegura su veracidad.

Sobre todo aplaudo, cualesquiera sean sus motivaciones, la voluntad de desmitificación de una industria –la editorial– que, al amparo siempre de una concepción ecuménica de la cultura, tiende a envolverse en retóricas favorecedoras, que maquillan intereses y prácticas tan venales y rapaces como las de cualquier otra industria.

Pero a lo que yo me refería al mencionar mis discrepancias poco tiene que ver con chismes, ufanías, escándalos, corruptelas, mezquindades o cuanto suele arrumbarse en las trastiendas de todo oficio. Tiene que ver, más asépticamente, con la historia literaria y con el modo en que aparece aquí contada y recordada. Y, a este respecto, el relato y el balance que Enrique hace de lo ocurrido en la narrativa española durante “la pleamar de los ochenta” –como le gustaba decir a Francisco Rico– se me antojan muy despistados, por no decir cándidos.

No es lugar este para impugnar adecuadamente el contenido que Enrique atribuye a una etiqueta tan vacua como la de “nueva narrativa española”, que en definitiva ni fue tan “narrativa”, ni fue tan “nueva”, a menos que se limite este adjetivo a su sentido más estrictamente ordinal.

Pero quiero objetar sumarísimamente su defectuosa lectura de lo ocurrido en la cultura y en la literatura españolas durante las décadas de los sesenta y setenta, en las que pasaron muchas más cosas, y de muy mayor mérito y trascendencia, de las que él recuerda.

Desde aquí mismo he citado en otra ocasión un certero diagnóstico hecho al comienzo de los 90 por Manuel Vázquez Montalbán. Lo repito ahora, para enfocar adecuadamente el debate: “La novela española, como plural reflejo de plurales intentos de reordenar la realidad mediante la palabra y la síntesis, no verifica el antes y el después de Franco: todas las tendencias actuales estaban prefiguradas en los años terminales del franquismo”.

Hasta que esto no les entre en la mollera a los recalcitrantes cronistas de los “adánicos” 80, no habrá modo de levantar correctamente el mapa de nuestras lecturas.