"Tengo treinta y ocho años y cada año me siento más joven porque cada año estoy más cerca de no haber conseguido nada en la vida […] Los logros nos envejecen. Hay que pagar algo por todo; el precio del éxito es la pérdida de la juventud. Lo único que nos mantiene jóvenes es la falta de propósito y una forma de vida intrascendente, si es que la palabra forma se puede aplicar a esa ausencia de forma. No me he casado y me he mantenido libre tanto de los especiales placeres como de las preocupaciones particulares de esa clase de emparejamiento; y lo bueno y lo malo de ese estado son igual de envejecedores. Nunca me he asentado en una profesión o en un tipo determinado de vida, ni siquiera en una opinión que durase más que el transitorio minuto en el que la sostuve […] Nunca he hecho un verdadero esfuerzo por conseguir nada, ni he aplicado con fuerza mi atención excepto a cosas fútiles, innecesarias y ficticias. Me siento joven porque he vivido así”.

Son palabras de Fernando Pessoa pertenecientes a una carta al director del semanario británico Answers, en septiembre de 1926. La carta de Pessoa (que Richard Zenith exhuma en su monumental biografía del poeta, de inminente publicación por Acantilado) era réplica a otra, también dirigida al director de Answers, en la que un ciudadano de Glasgow, lector de la revista, se jactaba abiertamente, a sus treinta y siete años, de disfrutar de éxito profesional, estar libre de preocupaciones económicas y gozar de cierta fortuna en el amor, todo lo cual lo llenaba de satisfacción.

Lo notable de la carta de Pessoa, para mí, más allá de su espíritu de provocación, es que suscribe con diez años de antelación una concepción de la juventud entendida como “ausencia de forma” muy, muy semejante a la que Witold Gombrowicz formulara en Ferdydurke (1937).

Nunca antes se me había ocurrido asociar a Pessoa con Gombrowicz (quince años menor); pero a la luz de la carta de marras se me hizo claro que todo el enredo de heterónimos en que envolvió Pessoa su personalidad, y no solo su literatura, fue la manera que encontró para evadirse de madurar, al menos en el sentido en que hacerlo implica optar por una forma determinada, investirse de ella.

“¿Cómo es el héroe de Ferdydurke?”, se preguntaba a sí mismo Gombrowicz en una autoentrevista de los años sesenta. “En su interior no es más que fermento, caos, inmadurez. Para manifestarse hacia el exterior y, sobre todo, frente a los demás hombres, necesita la forma (y entiendo por ‘forma’ todas nuestras posibilidades de manifestación, como las palabras, las ideas, los gestos, las decisiones, actos, etc.). Pero esa forma le limita, le deforma y le viola. Expresándose a través de un ritual ya establecido de actitudes y formas de ser, está siempre falseado y se siente actor. La forma es el traje que nos ponemos para cubrir nuestra vergonzosa desnudez. Y sobre todo para parecer, delante de los demás, más maduros de lo que somos”.

El autor portugués convierte su ineptitud para el trabajo y los negocios, para llevar una vida convencional, incluso para el amor, en receta de una eterna juventud

Gombrowicz desprende de esto toda una poética de la inmadurez de sesgo equívocamente vanguardista que anticipa nuestra deriva cultural: “Voy a hacerle una profecía: en el futuro, la juventud se impondrá a nuestra sensibilidad de una manera aún más profunda y terrible, sólo veremos a través de sus ojos”, decía a Dominique de Roux en diciembre de 1967.

Mucho menos programático, pero prefigurando la intensificación, tan característica de nuestro tiempo, de los trastornos disociativos de la identidad (lo que suele entenderse erróneamente por “personalidad múltiple”), Fernando Pessoa, como él mismo declara en su carta al director de Answers, convierte su ineptitud para el trabajo y los negocios, para llevar una vida convencional, incluso para el amor, en receta de una eterna juventud.