Por una concatenación surrealista de acontecimientos, cuando tenía dieciséis años viví un año en el barrio Silver Lake de Los Ángeles, en casa de una mujer que había soñado con ser actriz de teatro y al final había acabado viviendo sencillamente rodeada de actores de teatro, sin llegar ella a serlo nunca.

Dábamos paseos por el lago, comíamos muchísimo azúcar y pasábamos también mucho tiempo dentro del coche. Un día, me señaló una casa y me dijo que existía un documental de los años noventa acerca de una pareja que había vivido ahí, y me estuvo un rato hablando sobre toda esa historia.

Años más tarde, concretamente ayer mismo, lo vi, al fin. Me pareció una de las cosas más conmovedoras que he visto nunca. Silverlake Life: The View from Here, que se puede encontrar subtitulado en YouTube, trata del amor entre Tom Joslin y Mark Massi, y constituye un retrato íntimo, humorístico y desgarrador que nos cuenta en primera persona lo que es vivir con sida; cómo es su cotidianeidad, sus visitas al médico, las flores de su jardín, sus amigos, su dolor, sus bailes. Habla de la importancia de dejar constancia, de construir un contrarchivo emocional frente al olvido, un contrarchivo doméstico que dé realidad al discurso institucional, que humanice el discurso institucional.

La calidad de la imagen es más bien borrosa, y no hay nada especialmente épico o ético en lo que cuentan, en lo que vemos, pero es tal la honestidad de cada escena que no se me ocurre ninguna manera de que el documental fuera mejor de lo que es.

Me viene a la cabeza el final del libro Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro de Cookie Mueller, editado en España por Los tres editores, en el que Cookie, a finales de los ochenta, a raíz de la epidemia del sida, escribe: “Cada uno de los amigos que he perdido era una persona extraordinaria, no solo para mí, sino para cientos de individuos que conocían su trabajo y su lucha. Eran el tipo de personas que elevaban la calidad de nuestras vidas, su guerra era contra la ignorancia, contra la ruina de la belleza y el abandono de la cultura. Eran personas que odiaban la mezquindad, la intolerancia, el prejuicio, la mediocridad, la fealdad y la miopía espiritual; la ceguera que hace de la vida algo hueco, insípido e inaceptable. Esas personas intentaron abrirnos los ojos”.

La lista de obras que tratan el tema del VIH y arrojan luz y sabiduría sobre él es extensísima. ¿Por qué sigue estando tan estigmatizado?

Pienso también en Angels in America, miniserie brillante y bizarra, adaptación de la obra de teatro de Tony Kushner, en la que al final, uno de los protagonistas mira a cámara y dice: “Esta enfermedad acabará con muchos de nosotros, pero no con todos. Los muertos serán venerados, seguirán luchando con los vivos. Nosotros no nos iremos, ya no moriremos jamás en secreto. El mundo solo gira hacia delante. Seremos ciudadanos, el momento ha llegado”.

Hablo de tres obras creadas en los años noventa, hace treinta años. Hace más de treinta años. Más de treinta años. Treinta años en los que se han desarrollado tratamientos más que eficaces, en los que se han hecho todo tipo de avances que han conseguido que las personas con VIH puedan tener una vida completamente normal.

Y sin embargo el VIH sigue siendo no solo un estigma, sino, para mucha gente, algo desconocido e incómodo. ¿Cómo puede ser? ¿Quién es el responsable de que haya tanta gente idiota? ¿Tanta gente ignorante?

He mencionado Silverlake Life: The View from Here, Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro y Angels in America, pero es que la lista de obras de arte de todas las disciplinas que tratan el tema y arrojan luz y sabiduría sobre él es extensísima. ¿Quién se encarga de que siga estando tan estigmatizado?