Imagen | En el 20 aniversario del 11-S, ¿qué queda de la Alianza de Civilizaciones?

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En el 20 aniversario del 11-S, ¿qué queda de la Alianza de Civilizaciones?

Este sábado se cumplen 20 años de los atentados del 11-S. La caída de las Torres Gemelas marcó a fuego un antes y un después en nuestra cultura. ¿Qué ha quedado de la Alianza de Civilizaciones? Responden Felipe Sahagún y Patricia Almarcegui

10 septiembre, 2021 19:28

Felipe Sahagún
Periodista y profesor universitario, especialista en política internacional

Alianzas, civilizaciones y enemigos

Hay tres clases de relaciones internacionales; de cooperación, de enfrentamiento y mixtas, aquellas en que se alternan o coinciden enfrentamiento y diálogo, limitando la violencia más extrema para evitar la destrucción del sistema del que todos dependen para sobrevivir.

Las civilizaciones, como estructuras culturales e ideológicas de todo sistema internacional (junto con las político-militares y las económicas), nacen, crecen, se debilitan y mueren (Spengler) o se transforman (Toynbee).

Las culturas (civilización para Spengler es simplemente la última fase de una cultura) occidental e islámica son sólo dos de las ocho que él reconoce en la historia de la humanidad, frente a las 19 que identifica Toynbee.

Veinte años después del 11-S, la administración Biden considera la alianza de civilizaciones como un mecanismo diplomático valioso, con todas las virtudes y defectos del sistema onusiano

En La decadencia de Occidente (1918), Spengler ve a Occidente en declive y vaticina su parálisis para finales del siglo XX y una lenta agonía, hasta su desaparición definitiva, en los 200 años siguientes. En la caída del muro de Berlín y el fin de la URSS, Francis Fukuyama, inspirado en Hegel y en Kojève, vio (El fin de la historia) el triunfo del Occidente liberal, abierto, democrático, científico y laico, todo lo contrario de lo anunciado por Spengler. En 1993 en Foreign Affairs y en 1996 como libro –El choque de civilizaciones–, Samuel Huntington rechazó el optimismo de Fukuyama y anticipó la sustitución del bloque soviético por el islam como nuevo adversario de Occidente y una grave crisis en los Estados Unidos si trataban de imponer su modelo al resto del mundo.

El fracaso dela respuesta militar al 11-S le ha dado la razón. Tres años antes, en 1998, el presidente iraní Mohammad Jatamí, en respuesta a la desestabilización creciente en Oriente Medio tras la guerra del Golfo y al terrorismo de Al Qaeda tras la derrota soviética en Afganistán, proponía un diálogo entre religiones. Nadie se lo tomó en serio.

George Bush cerró los ojos a las causas reales del 11-S, declaró la guerra a un enemigo difuso, el “terror global”, convirtió a toda una religión en sospechosa, invadió el Afganistán que daba cobijo a Bin Laden y señaló como nuevo enemigo de la civilización occidental a “un eje del mal formado por Irán, Irak, Corea del Norte y sus aliados terroristas”.

Cuando en 2004, año y medio después de la invasión de Irak, en su primer discurso ante la Asamblea General de la ONU, José Luis Rodríguez Zapatero amplía la idea de Jatamí y, con el apoyo de Turquía, propone una Alianza de Civilizaciones para responder a las causas más profundas del nuevo terrorismo, la Casa Blanca y sus palmeros del PP en España lo reciben como un lunático.

En pocos meses, la idea es asumida por la ONU y en apenas dos años se convierte en una herramienta más de la organización, desde 2019 dirigida por el ex ministro español Miguel A. Moratinos, para conciliar diferencias y reducir desconfianza entre dos de las civilizaciones más importantes del planeta.

Veinte años después del 11-S, la Administración Biden la considera un mecanismo diplomático valioso, sin más, con todas las virtudes y defectos del sistema onusiano.

Patricia Almárcegui
Escritora y viajera. Su último libro es 'Cuadernos perdidos de Japón' (Candaya)

La visibilidad de Oriente

Se cumplen veinte años del atentado de las Torres Gemelas. Samuel Huntington pareció acertar con su tesis del choque de civilizaciones y el conflicto se centraba en el islam contra el cristianismo. Sin embargo la movilidad entre civilizaciones había existido siempre y la tesis partía del supuesto de que ambas habían estado enfrentadas hacía siglos. Como contestó un historiador cuando le preguntaron qué consejo daría a los periodistas que cubrían las noticias en Afganistán: “que vivieran diez años en el país”.

La fobia de Europa por el islam, cuyo imaginario diseccionó E. W. Said en 1978, ha tenido desde entonces otras formas. Cada conflicto parece avanzar en el conocimiento mediático sobre Oriente. Porque es en ese nivel mediático donde debe mostrarse y adquirir visibilidad. Solo existe lo que se hace visible. La invasión de Irak en 2003 mostró la necesidad de releer Oriente. Las revueltas árabes de 2011 desmontaron los clichés orientalistas, por ejemplo, que árabes y musulmanes no eran capaces de sostener una democracia. La geografía imaginaria de Oriente se removió. Occidente no podía ser el interlocutor principal, el mundo ya no se dividía entre Occidente y Oriente o entre Occidente y el resto. Había que separar la política de la religión y diferenciar lo que bajo el pretexto de esta había sido interés político.

Las relaciones entre Oriente y Occidente sin el islam habrían sido prácticamente iguales. La situación no tenía que ver con la religión, sino con el colonialismo, las fuentes energéticas, el apoyo a las dictaduras, etc. Tras los atentados contra Charlie Hebdo, las redes recogieron la necesidad de usar un léxico preciso y no confundir términos (musulmán, islamista y terrorista), pues lo que radicalizaba no era la religión.

Las relaciones entre oriente y occidente sin el islam habrían sido prácticamente iguales. La situación no tenía que ver con la religión, sino con el colonialismo, las fuentes energéticas…

La última retirada de la presencia militar extranjera en Afganistán ha puesto en evidencia tanto un fracaso político como cultural. Los ejércitos armados no crean la paz y son necesarias políticas de igualdad, libertad, democracia e inversiones en sanidad y educación. Hace falta el conocimiento de los actores de la región y dejar de trabajar sobre el miedo al Otro. No existe un ente único o monstruo que justifique cualquier acción.

Las mujeres, cuya situación muestra el avance o no en los derechos de un país, han sufrido en Afganistán uno de los escenarios peores del mundo también durante la ocupación. En algunas redes, se ha denunciado el hecho de que solo se hable de ellas en relación con la vestimenta (ya sea minifalda o burka) y que además se use como un índice político del acceso a las mejoras sociales y culturales. De nuevo recae sobre la mujer una gran carga, esta vez identitaria, asociada a la relación entre cuerpo femenino y las libertades.

Es necesario resituar el contexto araboislámico y difundir las reflexiones en las redes y las nuevas tecnologías de la comunicación. Las categorías culturales y los límites del conocimiento han cambiado y el contexto de migraciones y revoluciones es bien otro. Se trabaja en base a los fracasos, ojalá se pudiera hacer a priori en vez de a posteriori.