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Opinión
La luna en la terraza del sultán
Por J.J. Armas Marcelo Ver todos los artículos de 'Al pie del cañon'
J.J. Armas Marcelo
He ido a la India después dos veces más, siempre buscando elementos para la novela, además del color local. He escrito más de cien folios de la novela, que permanece en un archivo de mi ordenador como un cadáver durmiente que espera el momento de la resurrección, que todavía ni yo mismo sé cuál es. La novela tiene lugar en los tiempos de Indira Ghandi y la modernización de la India, cuando sojuzgó los privilegios de tanta aristocracia y los limitó como a cualquier otro ciudadano. A la Maharaní de Jaipur le invadió el fuerte Amber buscando materiales ilegales. Le encontró unas libras esterlinas y la metió en la cárcel. Es una de las historias de la novela, porque lo que realmente iba buscando Indira Ghandi era un tesoro de perlas negras únicas en el mundo y que no encontró nunca. Seguro que la Maharaní supo ponerlas a buen recaudo fuera del poder inmenso que Indira Ghandi tenía en aquellos momentos sobre la India. En los ratos libres de Delhi, me iba hasta la Plaza Indira Gandhi a ver libros. Allí compré una edición inglesa de India, de V.S. Naipaul, uno de mis autores favoritos, y la leí en inglés, con todas las dificultades que para mí tiene esa lengua y las que ofrece además la escritura de Naipaul.
Ahora estoy en Lima, Perú, una ciudad que no es bella y que para encontrarle el alma hay que estar muy atento a los barrios más humildes, donde, sea dicho de paso, un tipo como yo no puede entrar sin encontrarse al menos incómodo. Estoy en Lima y ya la reconozco mejor, y caminando por Salaverry, no sé por qué se me ha venido a la cabeza la novela de la India que tengo que escribir. Será porque aquella vez que en el Central me encontré con mi personaje sin que él lo supiera, Vargas Llosa escribía allí mismo uno de los capítulos finales de El sueño del celta. Aunque ustedes no se lo crean, la historia es así y nadie puede llevarme la contraria.