Quienes siguen a óscar Aibar (Barcelona, 1967) saben de su tendencia a desdeñar las convenciones formales, a apostar por lo atrevido y arriesgado como lo prueban sus inicios como guionista de cómics y su trabajo filmográfico, por no hablar del ámbito literario, de títulos que no han pasado desapercibidos (Tu mente extiende cheques que tu cuerpo no puede pagar [2002] y Los comedores de tiza [2004]). Este catalán, licenciado en Bellas Artes, siempre sorprende con propuestas interesantes, condimentadas con un toque ácido y provocador, de formas extremadamente austeras, y próximas al absurdo y al surrealismo en lo que a la composición argumental se refiere. A cambio no escatima fuerzas para dejar entrever, tras ese sobrio maquillaje, su creatividad -fuera de toda duda- y un poso amargo producto de un fondo crítico e inconformista.
Ahora se atreve con la difícil gestión de tratar una experiencia real como asunto literario, y logra, hay que señalarlo, una muy digna resolución, máxime teniendo en cuenta el lance que se propone Making of: contar las penalidades de dos meses de rodaje -el de la película Atolladero- y su posterior estreno; narrarlo con una técnica compositiva similar al montaje cinematográfico al organizar la trama en 71 secuencias de ingenioso título que buscan resumir, cada una, un contratiempo, y asestar así, entre todas, una ingeniosa puñalada a las convenciones del cine de género ahormado y rígido, pues su aportación aparece rotulada nada menos que como "western de ciencia-ficción".
Su argumento es como sigue: un director de cine asiste a un festival de género fantástico en un pueblo de la provincia de Murcia (Alcantarilla, un pueblo real, con la presencia real de una base militar que tiene apariciones imprevisibles e inexplicables) al que le invitan para rendirle homenaje por una película rodada quince años atrás, una película del Oeste con dinosaurios e invasión de extraterrestres. Eso supone volver a verla y reencontrarse con todas las emociones vividas entonces. Aquel rodaje invade su memoria, que se recrea con todos los pormenores trágicos y cómicos -muerte de uno de los actores protagonistas, un actor con "incontinencia nerviosa" que exige continuas interrupciones, problemas de producción, graves disyuntivas entre el deber y la amistad…- que le obligan a ir de-construyendo el proceso de construcción de la película, elaborando un discurso delirante en el que reinan -igual que en el rodaje- los sobresaltos y la "sensación de caos y desasosiego".
Toda la recreación de aquella experiencia ocupa un primer plano, un primer tiempo cuya intensidad transcurre ajena al tiempo de la realidad; y lo llena un universo estético que arranca de una idea trepidante, colmada de humor y acción, pero va derivando hasta acabar en una obra "extraña" y extrañamente triste. Ese tiempo alterna sus apariciones con tomas sueltas del presente en el pueblo que se celebra el festival, con otras formas del absurdo y otro estado de ánimo. Sólo la banda sonora -"una canción rota y amarga"- subraya la verdad de los dos tiempos, la verdad de quien escribe. Vale la pena conocerla.
Ahora se atreve con la difícil gestión de tratar una experiencia real como asunto literario, y logra, hay que señalarlo, una muy digna resolución, máxime teniendo en cuenta el lance que se propone Making of: contar las penalidades de dos meses de rodaje -el de la película Atolladero- y su posterior estreno; narrarlo con una técnica compositiva similar al montaje cinematográfico al organizar la trama en 71 secuencias de ingenioso título que buscan resumir, cada una, un contratiempo, y asestar así, entre todas, una ingeniosa puñalada a las convenciones del cine de género ahormado y rígido, pues su aportación aparece rotulada nada menos que como "western de ciencia-ficción".
Su argumento es como sigue: un director de cine asiste a un festival de género fantástico en un pueblo de la provincia de Murcia (Alcantarilla, un pueblo real, con la presencia real de una base militar que tiene apariciones imprevisibles e inexplicables) al que le invitan para rendirle homenaje por una película rodada quince años atrás, una película del Oeste con dinosaurios e invasión de extraterrestres. Eso supone volver a verla y reencontrarse con todas las emociones vividas entonces. Aquel rodaje invade su memoria, que se recrea con todos los pormenores trágicos y cómicos -muerte de uno de los actores protagonistas, un actor con "incontinencia nerviosa" que exige continuas interrupciones, problemas de producción, graves disyuntivas entre el deber y la amistad…- que le obligan a ir de-construyendo el proceso de construcción de la película, elaborando un discurso delirante en el que reinan -igual que en el rodaje- los sobresaltos y la "sensación de caos y desasosiego".
Toda la recreación de aquella experiencia ocupa un primer plano, un primer tiempo cuya intensidad transcurre ajena al tiempo de la realidad; y lo llena un universo estético que arranca de una idea trepidante, colmada de humor y acción, pero va derivando hasta acabar en una obra "extraña" y extrañamente triste. Ese tiempo alterna sus apariciones con tomas sueltas del presente en el pueblo que se celebra el festival, con otras formas del absurdo y otro estado de ánimo. Sólo la banda sonora -"una canción rota y amarga"- subraya la verdad de los dos tiempos, la verdad de quien escribe. Vale la pena conocerla.