Image: Lo que el aire mueve

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Novela

Lo que el aire mueve

Manuel Hidalgo

20 marzo, 2008 01:00

Manuel Hidalgo. Foto: Javi Martínez

I Premio Logroño de Novela. Algaida, 2008. 271 pp, 18 e.

Como es habitual en las novelas de Manuel Hidalgo, también en Lo que el aire mueve ocurren un puñado de peripecias sencillas, hechos comunes de vidas corrientes propios de una existencia insustancial. La historia externa muestra leves sucesos: apuros económicos, conflictos de pareja, encrespada incomprensión generacional, requerimientos sexuales… Aunque en varios momentos se alcance un dramatismo de alto voltaje, nada, en suma, extraordinario sucede durante la mayor parte de la novela. Igual de anodinos son los sugestivos personajes que protagonizan esos episodios. Tres de ellos centran el argumento. Dos hermanos, Javi y Tere, llegados a Madrid, huyendo de la falta de horizontes en el pueblo natal, y un amigo del chico, Jose, que atiende a su padre enfermo. Otro personaje más, Merche, novia de Javi, asume el relevante papel de mostrar alternativas vitales diferentes a las del trío principal.

Es, por tanto, la novela un relato de la juventud pillada en el señuelo urbano de lograr un futuro feliz y de los equivocados caminos que se toman para alcanzarlo. Una buena chica, Tere, ha caído en las redes mafiosas de la prostitución. Dos buenos chicos acometen el insensato atraco a un banco para redimirla. Con las diferencias abismales que impone la distancia del siglo que separa a Baroja y a Hidalgo, en Lo que el aire mueve encontramos una viva actualización de la lucha por la vida. No por casualidad se cita a Baroja en el libro y éste, en su visión última, es hondamente barojiano.

El punto de partida de Hidalgo es individual. Afronta destinos personales, en línea con su trayectoria, pero se abre con claridad a lo colectivo. Ahora amplía su indagación hasta la radiografía coral de nuestra sociedad. Para ello extiende la acción principal a familiares de los protagonistas, pone algunas anécdotas complementarias y hace una escapada al pueblo. Integra, pues, la novela lo particular en lo social mediante una selección de materiales estricta, guiada por el criterio de contar una historia ágil y directa. En último extremo, el autor se mueve tras la meta de mostrar un retrato de la España actual. Y en el acierto en su empeño sale la que resulta la mejor de sus novelas, que además sugiere el nacimiento de una etapa nueva en su narrativa.

Todo lo relevante de ese retrato cabe en las ajustadas medidas de la poética minimalista de Manuel Hidalgo: usos comunes, tópicos del día que revelan mentalidades, espacios urbanos indicados con absoluta precisión topográfica, rasgos sociales, notas biológicas, marcas culturales… Cada dato se integra en el panorama global pero sobre todos planea un punto de vista superior, el del sistema de valores de una sociedad cuyo problema básico, si entiendo bien la postura del escritor, es la falta de valores, el desprecio o ignorancia de valores mejores. En suma, una claudicación ante el imperio de un materialismo obsesivo y crudo. Los jóvenes veinteañeros tienen la responsabilidad de sus equivocaciones, de su falta de determinación para romper con "una comedia de fingimientos" con "visos de drama", y pagan por ello. Pero no dejan de ser hijos de los negativos principios asumidos por la sociedad.

Liberando a los conceptos de novela social y costumbrismo del descrédito que hoy padecen, esas serían las coordenadas de esta novela. Un costumbrismo estilizado y una literatura comprometida independiente de imposiciones doctrinarias. En fin, un realismo renovador, capaz de convertirse en alternativa a modos tradicionales para dar cuenta con eficacia de la vida dentro de los requisitos de una sensibilidad literaria moderna. Los recursos técnicos de Hidalgo están orientados en este sentido. Captación impresionista de hechos relevantes. Acción escueta y directa sustentada en el diálogo. Reproducción de la lengua conversacional, donde el autor exhibe uno de los oídos más atentos de nuestras letras a lo coloquial expresivo. Fragmentación de la historia de corte muy cinematográfico. Un leve hilo de suspense que se resuelve de modo insospechado pero verosímil.

El fondo serio de la novela se alcanza tras la experiencia de una anécdota en sí misma interesante. Y ese fondo es muy amargo, desolador. De un barojismo extremo. No puedo detallar el final, pero en él entra en tromba el terrible fatalismo de la existencia. Sin embargo, la historia concluye con un epílogo algo enigmático centrado en Tere. ¿Un inopinado happy end? ¿Esperanza y rectificación o condena y nihilismo? Hidalgo da un remate ambiguo, abierto a la interpretación de cada lector, a una historia sazonada con dosis equilibradas de piedad, amargura y denuncia.

Tres preguntas para Manuel Hidalgo

l ¿Qué le debe Lo que el aire mueve a El Jarama?

-El Jarama es una grandísima novela, que me impresionó en la adolescencia. El uso estético y testimonial que se da a unos diálogos muy abundantes, la técnica narrativa del simultaneísmo, el retrato desesperanzado de unos jóvenes y de la realidad social o la búsqueda del objetivismo quizás sean elementos comunes que permitan arriesgarse a comparar lo incomparable.

l Si Teresa se sueña Ava Gardner, ¿qué escritor se sueña M. H?

-Uno ya no sueña con ser como otros grandes escritores, uno trabaja despierto para mejorar el escritor que es.

l ¿Su retrato de la España actual no es demasiado sórdido?

-Puede que haya algo de sordidez en el libro, pero no creo que demasiada. Donde hay demasiada sordidez es en el conjunto de la realidad.