Novela

La cazadora de astros

Zoe Valdés

6 marzo, 2008 01:00

Plaza & Janés. Barcelona, 2007. 320 páginas, 19’90 euros

Poca presentación necesita en nuestro país una autora como la cubana Zoé Valdés, que a sus cuarenta y nueve años ha superado ya, con La cazadora de astros, la docena de novelas. El relato se basa en dos líneas de fuerza, dos historias de dos mujeres que transcurren en épocas diferentes, pero que se alimentan y conectan por múltiples galerías de afinidad. Los dos personajes centrales son Zamia (trasunto de la propia Zoé), una escritora cubana que trabaja en los últimos ochenta en la delegación cubana ante la UNESCO en París y, de otro lado, un personaje real: la pintora surrealista catalana Remedios Varo, artista que -forzada por el exilio de la guerra civil y mundial- pasó gran parte de su vida entre París y México. La fascinación que Zamia siente por esta figura, con la que no sólo le une el exilio y el ansia de libertad, hace que la novela cobre el aspecto de un homenaje y, sobre todo, de una accidentada investigación, que en buena medida acaba siéndolo acerca de sí misma, de su propia identidad, un salto en el tiempo, una invasión final entre ambas que borra las diferencias. Zoé Valdés rinde, pues, un tributo largamente documentado y bien intencionado a esta incomprendida pintora de "sueños y premoniciones", amiga de Leonora Carrington o André Breton, amante y esposa de muchos hombres como Benjamin Péret...

Paradójicamente, las buenas intenciones de la autora, su intento de comprensión de Remedios Varo y de los círculos artísticos en los que se movió, no deja de mostrar un desolador panorama: una galería de personajes tan brillantes como snobs, superficiales y frívolos que consideraban un acto artístico perder un ojo o pasear las calles con una mano encontrada en el basurero de un hospital. Más interesante -al menos para este crítico- resulta la peripecia contemporánea de la protagonista Zamia en las redes de la delegación cubana parisina, maltratada por su egocéntrico marido, esperanzada por la huida con su amante álvaro, y perseguida en todo lugar por los servicios de información cubanos, los "segurosos". El problema es que Valdés abusa de un modo de narrar siempre a flor de piel, edulcorado, arrobado y poetizante, donde se echa en falta la sobriedad. La excepción son unas excelentes páginas donde relata la estancia en Cuba de Zamia para una consulta médica y su vida posterior en la isla a finales de los 80. A veces resulta artificiosamente informativa o piensa en exceso por el lector. Por otro lado, hace uso de expresiones poco cuidadas: "correr como una mataperra"(pág. 50) "abrirme de muslos" (pág. 80) "poner los vellos de punta" (pág. 107), "enjabonarse el pipisigallo en el bidet" (pág. 59), "bollo loco... pinga dulce" (pág. 40), "no es falta de rabo lo que tengo" (pág. 322). La aportación de documentación hace también que el final del libro se demore en exceso. Lo más positivo: haber hecho una honrada crónica de la supervivencia en tiempos difíciles en la que la autora se ha dejado mucho de sí misma. Bien por el análisis del machismo, "el desprecio y la rebaja moral y creativa" (pág. 131) que personajes como Picasso o Bretón hicieron de sus inteligentes y creadoras mujeres.