Image: Todavía tú

Image: Todavía tú

Novela

Todavía tú

María Tena

24 mayo, 2007 02:00

María Tena

Anagrama. Barcelona, 2007. 181 páginas, 15 euros

La primera novela de María Tena (Tenemos que vernos, 2003) supuso el encuentro con una historia narrada con pulcra sencillez, con una voz cálida, rica y profunda, un estilo curtido en el rigor de quien lleva toda su vida entre letras y libros. Casi cuatro años más tarde aparece este enunciado, Todavía tú, expresivo a pesar de la ausencia de signos de exclamación; de paradójico contenido, a pesar del minimalismo de esa frase, que no frena la acción sugerida tras esa rotunda elipsis verbal. Pero sobre todo, de nuevo, un recodo de escritura poética, intimista, de una complejidad sutil, de una sencillez envolvente, de una elegancia sólo alcanzable si sus nutrientes combinan vida, experiencia y literatura. Un relato, en suma, que acude a los vaivenes de la memoria corroborando la fortaleza de la geografía afectiva de la infancia y la adolescencia, de los cimientos que conforman ese paisaje y de las figuras que lo habitaron.

Aquí el protagonista es un hombre maduro, reconocido arquitecto instalado en Boston con su familia, que regresa a Madrid para participar en un congreso, en Toledo, y vigilar un nuevo proyecto en la capital. Tal situación propicia el encuentro, breve y casual, con una joven colega, y lo que no debería ir más allá se empeña en perseguirle desatando la acción de una memoria que él pretendía dormida y anestesiada. Arranca así el proceso que deconstruye la historia que se empeñó en olvidar porque partió su vida en dos realidades bien diferenciadas: la del amor, roto, perdido; y la del rencor encontrado, que precipitó su lucha por alejarse del que fue para conquistar el que llegó a ser; y que, después de treinta años, ve tambalearse, pese al esforzado armazón emocional sobre el que edificó un reconocido prestigio profesional y la aparente estabilidad familiar.

Es la suya, fue, una historia de miedos y prejuicios, recuperada para mostrar sus cicatrices y devolverla al olvido. él es su propio narrador y afronta la ofensiva de ese regreso desde la perspectiva del arquitecto que domina el espacio y, sobre él, va reedificando la vida que se quedó atrás, rastreando anécdotas, momentos, imágenes estáticas que van trenzando el relato que leemos. Su técnica consiste en trasladar la experiencia de su oficio al proceso de reconstrucción de un desdibujado paisaje interior; su poética busca discurrir por lo concreto, acentuar el diálogo con las sombras, recrearse en la contención de las formas sencillas. Y su discurso resulta, así, una ejemplar metáfora, todo un ejercicio de arquitectura narrativa volcado en los pasos del hombre que se niega al pasado en defensa de su porvenir.

Tales paradojas sólo puede sustentarlas un empeño heredero de otros -Luis Cernuda, Mario Benedetti, Yourcenar… y Borges: "somos también lo que no llegamos a ser, lo perdido, lo olvidado"-- , también dados a habitar el olvido y colmarlo de memoria. Aunque la impronta de un estilo propio personaliza esa huella regalando una lectura intensa, ágil y sugerente, signo de una escritura que puede deparar interesantes sorpresas.