El libro-álbum ha sido un espacio privilegiado para cuestionar el estereotipo angelical y romántico de la infancia y de las relaciones familiares. Libros como Donde viven los monstruos de Maurice Sendak o Ningún beso para mamá de Tomy Ungerer, por citar dos clásicos, han abordado sin tabúes y con mucho humor las sombras psicológicas y los rincones oscuros de la relación cotidiana madre-hijo, propiciando lecturas muy distintas entre el público infantil y el público adulto. Pese a las aireadas opiniones que se manifiestan sobre este tipo de obras, sus protagonistas siguen siendo carismáticas figuras de referencia. Así sucede, por ejemplo, con la princesita de Tony Ross.
Aunque insoportable, caprichosa, despótica y consentida, este personaje resulta encantador. Al igual que su séquito, somos víctimas de sus manipulaciones afectivas y despierta en nosotros una injustificada predilección. Lo fascinante es que su autor obtiene esta reacción con una economía máxima de recursos: el trazo ágil y la línea suelta le confieren dinamismo a la heredera que sólo lleva su corona y un camisón; su personalidad se ve reflejada en sus actos y cada pataleta-aventura suya consigue en grandes y pequeños una pronunciada sonrisa de complicidad.
Aunque insoportable, caprichosa, despótica y consentida, este personaje resulta encantador. Al igual que su séquito, somos víctimas de sus manipulaciones afectivas y despierta en nosotros una injustificada predilección. Lo fascinante es que su autor obtiene esta reacción con una economía máxima de recursos: el trazo ágil y la línea suelta le confieren dinamismo a la heredera que sólo lleva su corona y un camisón; su personalidad se ve reflejada en sus actos y cada pataleta-aventura suya consigue en grandes y pequeños una pronunciada sonrisa de complicidad.