La España de Carmen despertaba muchas suspicacias

Taurus. Barcelona, 2016. 398 páginas. 20'90€

La importancia palmaria de las naciones como unidades políticas y la pujanza del nacionalismo como doctrina y concepción del mundo ha llevado en los últimos decenios a la historiografía a plantearse muy rigurosamente el proceso de formación, desarrollo y consecuencias del fenómeno nacional, que ha resultado ser -según consenso unánime- un elemento determinante del ordenamiento del mundo contemporáneo. Múltiples especialistas, desde Benedict Anderson a Hobsbawm, pasando por Ernest Gellner, Elie Kedourie o George Mosse (por citar algunos de los nombres más conocidos) han publicado incontables obras sobre el papel de las naciones y los nacionalismos de un confín a otro del globo en los últimos siglos y han revolucionado con sus aportaciones nuestras ideas establecidas.



En resumen y simplificando mucho, podríamos decir que hemos pasado de una visión esencialista (que hoy casi nadie defiende desde el punto de vista científico) a un planteamiento "constructivista", según el cual las naciones son construcciones históricas que deben estudiarse en un contexto específico. El nuevo paradigma interpretativo ha llevado en ocasiones a cambios copernicanos, como el sostenimiento de que son los nacionalistas los que crean la nación y no al revés. De ahí también esa revolución conceptual que ha arraigado y casi se ha convertido en una moda: términos tales como "invención", "constructo", "creación" o "descubrimiento" aplicados al hecho nacional han pasado a ser moneda corriente. Entre nosotros, una autoridad en la materia como José Álvarez Junco publicaba hace algunos meses una útil síntesis de la cuestión: Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg).



Una de las tendencias más destacables en la última hornada de estudios historiográficos es la incorporación en primer plano del entramado cultural -entendido en sentido muy amplio- como exponente privilegiado y elemento decisivo del proceso de nacionalización. El año pasado, Tomás Pérez Vejo publicaba un exhaustivo análisis del papel que jugó la pintura de historia en la configuración de cierta idea de España (España imaginada. Historia de la invención de una nación, Galaxia Gutenberg) y este mismo año Jesús Torrecilla desmenuzaba la función de la literatura en la plasmación de un nacionalismo progresista (España al revés. Los mitos del pensamiento progresista, Marcial Pons).



Xavier Andreu Miralles (Borriol, Castellón, 1979) se incorpora ahora a tan selecta nómina con un prolijo examen de la contribución literaria al hecho nacional que, desde el propio título, El descubrimiento de España, delata hasta qué punto es deudor de los parámetros conceptuales y analíticos antes apuntados. En este sentido el subtítulo, menos comercial, se ajusta bastante más a lo que propone el libro, el ascendiente y determinación que tuvo en el caso de España el mito romántico en la conformación de la identidad nacional.



El volumen que comentamos procede de una tesis doctoral, factor que puede condicionar su lectura para un público no especializado o no particularmente interesado en los literatos de mediados del XIX, hoy en su mayoría ignorados o poco leídos, salvo excepciones como Zorrilla o Larra. Andreu realiza un recorrido meticuloso por los autores de la época (desde el Duque de Rivas o Hartzenbusch hasta Ayguals de Izco o Fernán Caballero) y sobre todo por aquellas obras que más y mejor pudieron servir a la causa nacional. Sostiene con razón que la acuñación foránea de una España oriental y exótica fue acogida en el interior peninsular con una actitud ambivalente.



En efecto, la España apasionada de toreros y gitanos, la España indómita de guerrillas y bandoleros -en una palabra, la España de Carmen- despertaba en el ambiente cultural del momento muchas suspicacias y no poca repulsa pero también cierta fascinación y hasta un legítimo sentimiento de orgullo. La imagen de nación atrasada y violenta -antítesis de la Europa burguesa- incluía como contrapartida una serie de elementos positivos indudables: autenticidad, vitalismo, pasión, nobleza, dignidad... ¿Qué se hizo entonces? Con el análisis minucioso de múltiples obras y de los autores señalados, Xavier Andreu pone de relieve que se llegó a una solución ecléctica: se acogió el mito romántico, se corrigió y, en última instancia, se utilizó para el proyecto de conformar una identidad nacional que iba a trascender al período concreto que aquí se contempla.