Dos Guardias civiles posan junto a los jornaleros que acaban de detener en Casas Viejas

Libros del Asteroide. Madrid, 2016. 212 páginas, 16'95€, Ebook: 12'34€

Hay que felicitar a los sellos independientes que se han propuesto el rescate del mejor periodismo español; ese que, contradiciendo a Connolly, admite una participación en el mañana. Que sean reconocidos hoy los Camba, Chaves Nogales, Gaziel, Xammar o Assía es mérito de editoriales como Acantilado, Fórcola, Renacimiento y, muy especialmente, Libros del Asteroide. Claro que para que un texto periodístico conquiste el porvenir, el periodista debe cumplir unos requisitos que se resumen en dos: una mirada honda y larga, capaz de explotar la potencia simbólica -y por eso duradera- de un acontecimiento noticioso; y un estilo propio y rico, en el que la precisión no esté reñida con la belleza. Porque, de hecho, nunca lo está: no se es un gran literato si no se sabe hacer precisión, a despecho del errado aforismo de Ortega.



Ramón J. Sender debutó como novelista con Imán, pero se desempeñó como periodista sin preocuparse demasiado de esos deslindes gremiales tan del levítico gusto de las asociaciones de prensa. A él le bastaba con tener clara su misión: averiguar la verdad de los sucesos acaecidos en la aldea andaluza de Casas Viejas en enero de 1933 y contarla en nueve entregas en el diario progresista La Libertad. Su trabajo fue tan impactante que desencadenó el primer impeachment de nuestra historia democrática, forzando la dimisión de Azaña. Ese trabajo es el que recupera ahora este librito -brillantemente prologado por Antonio G. Maldonado-, basándose en la reelaboración que el propio Sender hizo un año después, enriqueciéndola con conclusiones de la comisión parlamentaria, confiriendo unidad al conjunto mediante aportes de contexto y juicios indignados a posteriori, propios del reporterismo comprometido ante la injusticia más obscena.



La tragedia de Casas Viejas fue el prólogo y la quintaesencia de lo que había de venir. Un puñado de campesinos hambrientos se levantó contra la legalidad republicana en la ingenua pretensión de expropiar la tierra al eterno caciquismo andaluz para labrarla por sí mismos. Su utopía no cumplió 48 horas: efectivos de la Guardia Civil y de Asalto se personaron en el pueblo para reprimir a sangre y fuego la revuelta liderada por el viejo Seisdedos, que se atrincheró en su choza con algunos parientes en una noche de western atávico como para inspirar otro Guernica. Hombres, mujeres, ancianos, algún muchacho también fueron razziados sin piedad -fusilados o quemados vivos-, muchos de ellos tras haberse entregado sin oponer resistencia. Fue una carnicería en la que 25 personas dejaron la vida, la mayoría del lado campesino.



El relato desnudo de los hechos -construido con esa pericia para el thriller que reaparecería en sus trepidantes biopics de Billy el Niño y, sobre todo, de Lope de Aguirre- viene precedido por una ambientación sociopolítica (con un juego temporal algo pueril) y culminado por un alegato contra la administración republicana. Es, así, un reportaje canónico: hay planteamiento, suceso probado, testimonios, señalamiento de culpables. El manejo del tiempo narrativo mediante la yuxtaposición de escenas simultáneas o sucesivas que acredita Sender desmiente la atribución de semejante técnica a Capote, al tiempo que coincide en intención y orgullo con los muckrackers yanquis de principios de siglo, tipo Upton Sinclair: esa conciencia de servicio público, ese ánimo forense en la reconstrucción de lo sucedido solo días antes de su llegada al pueblo, esa voluntad de apuntar alto, muy por encima de los tricornios.



El novelista que alienta en Sender lo empuja a combinar lo simbólico y lo fáctico, elevando lo que parece una escaramuza sórdida a la condición metafórica de guerra entre el bien y el mal. La militancia anarquista del autor no queda fuera de su quehacer y le hace incurrir en maniqueísmos ideológicos (señoritos viciosos versus nobles campesinos), apostillas moralizantes e irrupciones de la primera persona que hoy la preceptiva periodística rechazaría. Pero el lector, metido ya en aquel fango, le perdona incluso el desliz poético de un diálogo simulado entre la madre tierra y los campesinos en fuga. Todo sirve a la verdad fundamental de unos hechos sobre cuya minuciosa autoridad lanza su yo acuso radical contra unas instancias gubernamentales que permanecen esclavas de los señores feudales de Andalucía. El periodismo en su más alta, perdurable manifestación.



@JorgeBustos1