Ensayo

Arte y feminismo

Helena Reckitt y Peggy Phelan

23 febrero, 2006 01:00

Red Canna, de Georgia O’Keefe (1923)

Traducción de Gemma Deza. Phaidon. Barcelona, 2005.204 págs, 49’95 euros

En la era de la globalización, parece que ésta también se impone a pasos crecientes en el terreno de la edición de libros, particularmente en el de los libros de arte. Quizás el caso más destacado sea el de la editorial alemana Taschen, con sus volúmenes editados simultáneamente en todo el mundo en una gran diversidad de lenguas, y destinados por su precio razonable a un consumo masivo, sin perder por ello necesariamente la exigencia de calidad.

Al leer la muy interesante monografía de gran formato y precio caro Arte y feminismo, que la editorial inglesa Phaidon Press publica directamente en castellano, sin pasar por los habituales acuerdos de traducción con una editorial española o latinoamericana, he creído percibir un paso más en esa globalización de la edición. Bien, la libertad de mercado es así, ya lo sabemos.

Leyendo el libro no he podido dejar de sentir algo muy similar a lo que vivimos cada día con el predominio planetario del cine hecho en Hollywood, una dimensión industrial y comercial, desde luego, pero con importantes repercusiones culturales. Aunque en el prólogo se dice que el "volumen se concentra en las obras que han tenido un impacto decisivo en Gran Bretaña y EE. UU.", esa restricción no se indica, como hubiera sido de desear, en el título y en la cubierta. Así que, ya saben, aunque se trate de la reconstrucción desde una perspectiva anglosajona, y mucho más marcadamente estadounidense, de una de las cuestiones centrales del arte de nuestro tiempo: la relación entre arte y feminismo, la perspectiva que aquí se ofrece acabará convirtiéndose, casi con toda seguridad, en la visión predominante de esa cuestión en medios de comunicación, publicaciones especializadas e instituciones educativas de todo el planeta, precisamente por la potencia hegemónica de los soportes anglosajones, capaces de doblar al español los libros y de crear para ellos una red comercial de producción y distribución internacional, igual que con las películas.

Nos encontramos, una vez más, ante una situación creada a través de la cual la visión estadounidense de algo, en lugar de comprenderse y aceptarse como parcial, acaba convirtiéndose sin más en la visión de ese algo. Y en ello influye, naturalmente, no sólo la debilidad de las estructuras de producción y comercialización alternativas, sino también la falta de elaboración teórica y conceptual, desde otras perspectivas culturales (¿dónde están las historias y las teorías europeas, asiáticas o latinoamericanas de la cuestión?), de una cuestión mucho más abierta y plural que la que nos propone el trazo en una sola línea de esta monografía.

Es verdad que en el terreno específico del arte feminista, las aportaciones que se registran en Estados Unidos desde finales de los sesenta tienen un carácter desencadenante o seminal. Pero otra cosa distinta habría que decir del arte hecho por mujeres, naturalmente con la consciencia y la sensibilidad que ello implica, donde la cuestión se hace ya mucho más compleja, y para mí tiene su origen en Europa, en la época de las primeras vanguardias artísticas, con aquellas mujeres que constituyeron lo que la crítica de arte italiana Lea Vergine llamó la otra mitad de la vanguardia. Sin embargo, la genealogía que establecen Helena Reckitt y Peggy Phelan remite como punto de origen a la artista estadounidense Georgia O’Keefe, quien además insistió explícitamente en que su obra no debía ser asociada con planteamientos feministas, de modo similar, por otra parte, a Louise Bourgeois, la otra gran dama del arte estadounidense contemporáneo, y que también cuenta con una presencia central en el libro.

En realidad, es en este punto donde se sitúa el interrogante central que lastra el planteamiento y el desarrollo de todo el volumen: ¿es válida la identificación del arte feminista con el arte hecho por mujeres? Insisto, en este último caso con la autoconsciencia de lo que eso supone de específico y singular en la obra. La monografía se estructura con un ensayo teórico de Peggy Phelan, teórica feminista y profesora en la Universidad de Stanford, en California, y con seis apartados documentales, visuales y literarios, a cargo de la editora, Helena Reckitt, actualmente directora de Educación y Exposiciones en el Atlanta Contemporary Art Center, de Georgia. Los seis apartados corresponden a ejes temáticos, que siguen a la vez un despliegue cronológico, con las siguientes denominaciones: Exceso, Personalización de lo político, Diferencias, Crisis de identidad, Corpo-realidad y Femmes de siècle.

No cabe duda: en esos seis apartados hay una gran riqueza de documentación, que nos permite apreciar la importancia de las aportaciones al arte contemporáneo, desde la escena estadounidense, de 152 artistas, cuya obra se documenta y reproduce en el libro. Un número, como es obvio, bastante considerable si tenemos en cuenta la escasa presencia de mujeres artistas en el pasado. El ensayo de Peggy Phelan pasa revista a los distintos planteamientos teóricos en las aproximaciones feministas al arte, a la vez que da cuenta de la sucesión de prácticas y líneas de orientación distintas desde finales de los sesenta hasta la actualidad. El final del mismo es abierto, y subraya el carácter cada vez más inestable de los conceptos de identidad, lo que sitúa un gran signo de interrogación no sólo en la delimitación de lo masculino y lo femenino, sino incluso en la barra, o en el signo de disyunción, o de conjunción, entre ambos, según se prefiera. He ido señalando ya algunas objeciones, independientemente del interés del material reunido en el libro. Pero la principal sigue siendo la integración forzada de todas las artistas de las que se habla dentro del rótulo arte feminista, aun cuando no pocas entre ellas sitúen su trabajo completamente al margen de esa orientación. Revisen los nombres recogidos en el mismo, y podrán ver lo que quiero decir. La posición de las autoras se explica así en el Prólogo: "Ciertas artistas de renombre, como Louise Bourgeois o Chantal Ackerman, en ocasiones han negado ser feministas, pero ello no implica que su obra sea ‘no feminista’, que no esté influida por artistas feministas o que no pueda interpretarse desde la óptica feminista. En determinados momentos, el feminismo innato a las obras contradice las palabras de sus creadoras."

Bueno, parece que no hay escapatoria. Lo quieran o no, feministas. Este planteamiento me recuerda intensamente a lo que el sacerdote y teólogo Karl Rahner llamaba "el cristianismo anónimo": el de aquellos que, aun considerándose a sí mismos no cristianos, debían a pesar de todo ser considerados cristianos, aun sin saberlo, sin ser conscientes de ello, o incluso sin quererlo ser, por el carácter supuestamente ejemplar de sus conductas desde un punto de vista cristiano.Es el problema de los -ismos y de los y las -istas, del tipo que sean: su horizonte ideológico es cerrado y excluyente. No se trata de negar la importancia: política, social y artística, del feminismo en los más diversos ámbitos de la ideología y de la sensibilidad contemporáneas. Todo lo contrario. Pero reconocido esto, lo que no resulta aceptable es la integración instrumental de todo arte hecho por mujeres dentro del rótulo feminista, aun en contra de la voluntad explícita de las mismas en no pocos casos. Es una actitud reduccionista, que desvela en su trasfondo un paternalismo sumamente dogmático. Para que alguien forme parte de algo, parece obvio que debe dejársele en libertad de quererlo así, de poder sentirse tal. Lo contrario es coerción, autoritarismo.