Catherine Lacey. Foto: Willy Somma

Catherine Lacey. Foto: Willy Somma

Letras Libro de la semana

Crítica de 'El libro moebius': Catherine Lacey se venga de su ex e incluye una novela corta con un toque de misterio

La escritora, de vocación experimental, pergeña unas memorias sobre una ruptura y una amistad, intercaladas con reflexiones sobre la religión.

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Lo primero que hay que saber sobre El libro moebius, de Catherine Lacey (Tupelo, Misisipi, 1985), es que en realidad son dos libros. Uno es una novela corta con un toque de misterio. Si empiezas por el lado opuesto, dándole la vuelta –¿cómo funcionará esto en un Kindle?–, encontrarás el otro: unas memorias sobre una ruptura y una amistad durante la pandemia, intercaladas con reflexiones sobre la religión.

Cubierta de 'El libro moebius'

Cubierta de 'El libro moebius'

El libro moebius

Catherine Lacey

Traducción de Núria Molinés
Alfaguara, 2026
224 páginas. 20,90 €

¿Dónde colocarán las librerías españolas este peculiar libro azul? En Estados Unidos, Amazon, con un ingenio poco habitual, lo ha situado por ahora en la sección de Autoayuda/Relaciones/Amor y Pérdida (aunque me atrevería a decir que el público principal de la escritora evita Amazon). [En España, en cambio, aparece en Literatura y ficción/Ficción por género/Muerte, dolor y duelo].

Uno ya se ha acostumbrado a esperar este tipo de experimentos formales de Lacey, especialmente tras su brillante Biografía de X, que no era una biografía de nadie real, sino una novela repleta de notas a pie de página y de nombres que se mencionaban constantemente, y que derretía el tiempo, figurando en muchas listas internacionales y estadounidenses como uno de los mejores libros del año.

En El libro moebius aparecen muchos nombres –amigas escritoras, como Heidi Julavits y Sarah Manguso , entre otras–, pero el que brilla por su ausencia en la parte autobiográfica es el del exnovio de Lacey, quien, según se descubre en Google, resulta ser otro escritor, Jesse Ball. Aquí se le menciona como The Reason.

Él es la razón por la que ella se ha convertido en una visitante, en lugar de residente, de la casa que compraron juntos, después de recibir un correo electrónico que él le envió desde otra habitación, escrito en su teléfono, diciéndole que había conocido a otra mujer. Él también es, o eso creía ella, un pilar de la racionalidad masculina. Con tatuajes.

The Reason tiene problemas de control y de ira. Se dio cuenta cuando Lacey, o su alter ego en el libro, engordó y le aconsejó cómo adelgazar. Después de que se separaron, a ella le costó comer durante un tiempo.

The Reason, irracionalmente, se negaba a usar un portátil, así que ella se encargaba de la mayor parte de su papeleo, participando "en la larga tradición de mujeres que lamen sellos para sus genios". Una vez la llamó "autócrata loca y sexista" porque ella quiso dejar una luz encendida en la escalera para una invitada. A veces la sorprendía –"es broma", insistía, aunque a ella le desagradaba enormemente– con una palmada en el trasero. Cuando no es amenazante ni frío, parece un poco absurdo en este relato, tocando himnos fúnebres en un shakuhachi [flauta japonesa].

Hubo un tiempo en que tales narrativas eran como rayos sobre el mundo de las letras, provocando una considerable conmoción. (Pienso en Breakup de Catherine Texier, de 1998, sobre la disolución de su matrimonio con Joel Rose, e incluso en las memorias de divorcio de Rachel Cusk, Despojos, de 2012). Pero Lacey no está arrasando con todo, sino que lo está removiendo, arrojándonos puñados de tierra y pensamientos.

Con su característica agudeza, señala cómo "el nombre de The Reason se había infiltrado en todo, como purpurina en una alfombra de pelo largo". Cómo el lenguaje cotidiano adquiere un nuevo significado en la niebla del duelo posterior a una ruptura ("Incluso el texto de un tarro de mantequilla de cacahuete intentaba ofrecer un consejo: 'La separación es natural'").

Según cómo se interprete, este libro -que desafía la narrativa lineal- resulta deliciosamente neodadaísta

Reflexiona sobre su infancia religiosa y su padre, otrora autoritario y ahora enfermo. Consulta –y a veces maldice– a Simone Weil, a Séneca y a William Gass. Se relaciona con un nuevo tipo al que, naturalmente, apoda La Mala Idea.

Lacey incluye la misma lista de agradecimientos y créditos al final de la novela corta y las memorias. Hay temas similares, pero también un elemento de "¡Oye, has metido chocolate en mi mantequilla de cacahuete!" en su yuxtaposición. La ficción es más breve, de estilo noir y elíptica. ¿Fue vincularla a la ficción un acto orgánico y creativo –sea lo que sea eso, quizás debamos considerarlo– o una ingeniosa solución de empaquetado para dos obras que no son del todo independientes?

Una mujer llamada Marie recibe a su amiga Edie en su lúgubre apartamento en Navidad, y repara –¿es una pesadilla?– en un charco de sangre que se extiende frente a la puerta de un vecino. Ambas lo descartan como "solo pintura" para poder beber mezcal, comer sándwiches y hablar de relaciones fallidas, algunas mediadas, o complicadas por otra amiga, llamada kafkianamente K.

En su círculo, se rumorea que ambos están sumidos en una especie de "crisis". (Marie's Crisis resulta ser un excelente piano bar en el West Village de Manhattan, pero, como escribe Lacey, "a nadie le importan las coincidencias de los demás"). Sus historias entrelazadas rebosan de aforismos ("es un hecho que cuando un ser vivo apoya la barbilla en otro, todo está bien"), desafían cualquier resumen y, en definitiva, podrían ser producto de un sueño febril.

El libro moebius invita al lector a considerar las superposiciones entre sus dos partes, un ejercicio tan frustrante –con tanto ir y venir– como estimulante, porque Lacey es imaginativa y caprichosa al considerar la realidad, y ve la verdad en la fantasía. Es como el espejo de Lewis Carroll. Ambas mitades comparten una taza de té rota. ¡Gemelos! Un hombre violento. Estallidos de risa sarcástica. Un perro moribundo (¿Dios?) con importante sabiduría espiritual para compartir.

Según se interprete, este libro –desafío a la narrativa lineal, da giros inesperados en la parte central, a menudo caótica– resulta deliciosamente neodadaísta o a veces algo exasperante. O como dice la propia Lacey: "El simbolismo es a la vez hueco y sólido, una muleta, sí, pero ¿qué tiene de malo necesitar ayuda para desplazarse?".

© The New York Times Book Review