Carl Schmitt. Foto: C. S. Hassel

Carl Schmitt. Foto: C. S. Hassel

Letras

El incómodo legado de Carl Schmitt: cómo leer hoy sus críticas a la democracia

López de Lizaga revisita en un libro la figura del jurista alemán, su vínculo con el nazismo y la persistente influencia de su pensamiento en la teoría política contemporánea.

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El Estado de Derecho democrático de tradición liberal sigue teniendo en el jurista y pensador Carl Schmitt (Plettenberg, 1888-1985) a uno de sus más influyentes y demoledores tábanos.

Portada de 'Mientras el Imperio siga ahí (Una conversación)'

Portada de 'Mientras el Imperio siga ahí (Una conversación)'

Mientras el imperio siga ahí (una conversación)

Carl Schmitt
Traducción de F. González Viñas
El Paseo, 2026
272 pp. 24,95 €

Teórico de la llamada “revolución conservadora”, crítico de las limitaciones de la democracia moderna, católico en un ambiente cultural protestante, políticamente antisemita pero no supremacista –su mujer era eslava–, su figura recorre el trágico siglo XX como una seductora luz negra.

En la posguerra alemana y su proceso de desnazificación, fue exculpado por los tribunales, pero quedó apartado de la vida académica y condenado al estigma civil.

Aunque tuvo también sus significativos discípulos simpatizantes, como el exministro franquista Manuel Fraga, quien escribía que su pensamiento era, en 1962, “más vigente que nunca. […]. La política como decisión, la vuelta del poder personalizado, la concepción antiformalista de la Constitución, la superación del concepto de legalidad... son estas cotas ganadas de las que no se puede volver atrás”.

Es por todo ello por lo que discutir críticamente hoy su figura hobbesiana, en tiempos regresivos, “excepcionales” y de indiferencia cínica a las coordenadas del derecho internacional, resulta aún una urgencia política y teórica.

Portada de 'Carl Schmitt. Lucidez y ceguera'

Portada de 'Carl Schmitt. Lucidez y ceguera'

Carl Schmitt. Lucidez y ceguera

J. L. López de Lizaga
Alianza, 2026
416 pp. 14,90 €

Asimismo, debe destacarse, como subraya el espléndido y oportunísimo ensayo de López de Lizaga, que sus ideas fueron no solo acogidas por los adversarios reaccionarios de la democracia, sino también por sus defensores y críticos desde la izquierda (Mouffe, Agamben), que recogieron su testigo para tratar de profundizar en su cumplimiento y superar sus limitaciones.

La reconstrucción realizada en Carl Schmitt. Lucidez y ceguera, así como su propio testimonio en Mientras el Imperio siga ahí, constituyen dos inmejorables oportunidades para comprender la relevancia de su obra.

La figura de Carl Schmitt recorre el trágico siglo XX como una seductora luz negra

Schmitt estudió derecho en Múnich, donde fue alumno de Max Weber. Desde entonces su carrera quedó marcada por dos hechos fundamentales: su oposición a la República de Weimar (1919-1933) y su participación, como militante heterodoxo y teórico jurista desde 1933 –con una disidencia similar a la de otro lúcido hombre malo de la época casi gemelo: Ernst Jünger–, en el régimen político hitleriano.

Como escribe López de Lizaga, “su pretensión de haber sido un exiliado interior ofrecía una imagen edulcorada y no muy creíble de su papel en el Tercer Reich, pero a Schmitt no le faltaba razón al señalar las diferencias entre sus propias ideas y el nacionalsocialismo”.

Aunque los arcanos filosóficos de su pensamiento se remontan a Hobbes, sobre todo el concepto de “soberanía ilimitada”, y la tradición del pensamiento conservador encarnada en pensadores como Burke, De Bonald o Donoso Cortés, el programa schmittiano no resulta inteligible al margen del diagnóstico weberiano sobre el proceso de desencantamiento de la modernidad (la burocratización de esa “carcasa de acero” o “jaula de hierro”).

Schmitt entiende que esta amenazante disgregación significa la degradación de la misión política del Estado. En orden a recuperar esta potencia política, debilitada por el nihilismo y el parlamentarismo, que es el elemento soberano de “voluntad” imprescindible para ofrecer protección y exigir obediencia a los ciudadanos, entiende necesario recurrir a la suspensión del derecho como medio de mantener la vida de la sociedad.

Es esta dimensión biopolítica de su peligrosa propuesta bélica lo que hace de Schmitt aún un interlocutor contemporáneo lúcido y terrible. Como sostendrá en Teología política: “La regla nada prueba; la excepción todo: confirma no sólo la regla sino también su existencia, la cual sólo deriva de la excepción”.