Camilo José Cela y Lolita Franco. Foto: Fundación Banco Santander

Camilo José Cela y Lolita Franco. Foto: Fundación Banco Santander

Letras

El epistolario inédito de un jovencísimo Cela con la madre de Javier Marías que revela un amor platónico

La Fundación Banco Santander publica dentro de su colección Obra Fundamental la correspondencia entre el Nobel y Dolores Franco, alumna aventajada de Ortega y Gasset.

Más información: Han Kang, Nobel de Literatura: "El arte y la literatura siempre están al lado de la vida"

Publicada

Dice Miguel Marías durante la presentación de De lo mundano y lo sublime, el epistolario entre Camilo José Cela y Dolores Franco que publica la Fundación Banco Santander, que la segunda, su madre, se hubiera echado las manos a la cabeza al ver que en el subtítulo de la edición la llaman Dolores. "Siempre ha insistido en que la llamaran Lolita. Dolores le parecía muy feo, incluso agresivo", cuenta con cariño.

A uno de los remitentes de esta correspondencia lo conocemos de sobra. Es uno de los españoles galardonados con el Nobel de Literatura, autor de obras de referencia como La familia de Pascual Duarte y La colmena. Dolores, perdonen, Lolita, por su parte, era la mayor de una amplia prole en una familia pequeñoburguesa madrileña. En las primeras misivas que recoge este recopilatorio (que comprende el periodo entre 1934-1943) es una alumna aventajada de la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, favorita de Ortega y Gasset y autora del ensayo España como preocupación. Más tarde, ya acabada la guerra, se casó con Julián Marías, con el que tuvo cinco hijos, entre ellos, el escritor Javier Marías. La obra de este último, de hecho, quedará más tarde marcada por las vivencias de sus padres, de las que son testimonio estas cartas.

La relación de amistad comienza en aquel año 1934 de la frustrada proclamación del Estado Catalán por parte del presidente de la Generalitat Lluís Companys. Ambas familias tenían su residencia de verano en Las Rozas. Allí se conocen cuando el hogar de los Cela se incendia y los Franco los acogen en su casa.

Cela, con 18 años en ese momento, admira el perfil intelectual de su interlocutora, a la que ve en uno o varios escalafones por encima de él en el asunto del saber. Se afana por mandarle los versos que escribe y se interesa por su opinión respecto a la calidad de estos. Ella, por su parte, le ofrece unos consejos que van a menudo más allá de lo literario y que llegan a ser en cierta manera condescendientes. En sus cartas, además de disertaciones de carácter literario y filológico, leemos también sugerencias más mundanas como "deberías tener una novia" o "no seas tan tajante".

Frente a ella, un Cela todavía inmaduro, en algunas ocasiones con ese exceso de confianza del que acaba de abandonar la adolescencia y, en otras, inseguro en cuestiones como su escritura. De hecho, al escritor gallego, tan joven, tan desprendido de la imagen que se construyó conforme pasaron los años y los laureles empezaron a llegar, a veces da la sensación de estar pillándolo en paños menores. "Descubrimos a un Cela sin máscaras, que todavía no ha florecido. Es un chico casi volcánico, que comienza a mostrar el estilo que más tarde consolidaría", explica Javier Expósito, responsable de Literatura de la Fundación.

Por aquel entonces, Cela no tenía claro qué rumbo iba a tomar su vida profesional. Ante su deseo de matricularse en Filosofía y Letras, su padre aseguraba que esa carrera y Farmacia eran "cosas de mujeres". Al final, llegaron a un acuerdo. El joven Camilo José se prepararía el examen para conseguir una plaza como funcionario de aduanas y, a cambio, podría ir como oyente a las clases de Humanidades en su tiempo libre. "Estamos hablando de un chaval de 20 años. Los que luego fueron muy amigos de Cela en los últimos años piensan que siempre fue así. No es cierto. El Cela de los años 30 y 40 es un hombre voraz, que busca, que quiere. Se encuentra con una mujer admirable, muchísimo más formada que él y... la cosa está clara", sostiene el catedrático de Historia de la Literatura Española de la Universidad de Barcelona Adolfo Sotelo, encargado del prólogo de esta edición.

Estas más de 130 cartas son asimismo testimonio de un amor que va más allá de lo amistoso. Al menos, por la parte que toca a Cela. Sotelo, uno de los mayores expertos en la vida y obra del Nobel, opina que este estaba "enamorado intelectualmente" y había quedado "fascinado ante la autoridad cultural que era Lolita". Por parte de ella, sin embargo, no había más que "un cariño fraternal de hermana mayor".

Cubierta de 'Lo mundano y lo sublime'

Cubierta de 'Lo mundano y lo sublime'

La frecuencia de estas conversaciones epistolares disminuye a partir del estallido de la Guerra Civil y la posterior instauración de la dictadura. Varios reveses ocurren en ese periodo. Por una parte, la noticia de la cada vez más estrecha relación entre Julián Marías y Lolita es recibida con amargura por parte de Cela, que se mostró receloso en sus opiniones al respecto del filósofo. Especialmente ilustrativa en este sentido es la carta fechada en 1937 que el escritor le dirige a su amiga en un tono especialmente melodramático digno de una película romántica. Así arranca: "Hoy te he visto. En un café, con Marías. Yo estaba tras los cristales bajo la lluvia, con los pies completamente mojados y tosiendo, tosiendo mucho". A ello le añadimos la información que comparte Sotelo: "Resulta que la mujer a la que Cela había dedicado más poemas era Lolita". Pese a ello, años después ambos autores demostraron un respeto mutuo.

Por otra parte, dos infamias sacuden la vida de Lolita. Primero, el asesinato de su hermano Emilio en la checa de Fomento por ser novio de una joven falangista. No hacía falta más. Segundo, la detención de Julián Marías una vez acabada la contienda tras ser denunciado por, entre otros, su amigo Carlos Alonso del Real por sus supuestas simpatías con el bando perdedor. "A mi padre le habían acusado de cosas delirantes. Entre otras cosas de haber acompañado al general Rojo", recuerda Miguel Marías.

De la baja calaña de Del Real ya le había advertido Cela a Dolores Franco en una carta incluida en este volumen. Ella, no obstante, lo había defendido, asegurando que no merecía "tanta hiel". El tiempo dio la razón al escritor, que fue uno de los que intercedieron por el filósofo para que finalmente lo liberaran. "Mi padre siempre fue demasiado bien pensado, inocentón, crédulo. Ahora veo que mi madre fue igual", cuenta el hijo mayor de la pareja.

Lolita, cuenta Sotelo, "no tenía un gran afán por casarse". Pero el encarcelamiento de Marías fue un punto de inflexión. Finalmente contrajo matrimonio con él en 1941. "Mi madre decía que el tema de la familia era una cosa pesadísima. A mi padre le dio calabazas durante mucho tiempo. Creo que rechazaba la idea de casarse porque se había pasado su juventud cuidando a sus hermanos", apunta Miguel Marías.

El recopilatorio concluye en 1943, un año después de la publicación de La casa de Pascual Duarte. Es el comienzo de la consolidación de Cela como escritor. Para entonces, ya había descartado la idea de dedicarse a las aduanas, como tanto le había insistido su padre. Envió un ejemplar del libro a los recién casados. La historia de Pascual Duarte no complació del todo a Lolita.

Con todo, dejó constancia de que se encontraba ante alguien muy diferente de aquel con el que hablaba al principio de la correspondencia: "¿Ahora mi opinión sobre tu novela? Casi no me atrevo. Eso se queda para aquellos tiempos cuando tú eras un chico de 18 años a quien hacían estudiar aduanas mientras soñaba con escribir versos y yo era unos pocos años más vieja y aclimatada a aquella Facultad de Filosofía y Letras donde, al menos, se respiraba un aire de altura... Ahora ya has triunfado, ya te dan su parecer los críticos y tú juzgas de todas las revistas de España...". La forja de escritor había terminado.