Foto: Lupe de la Vallina.

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Letras

'Objetos perdidos', de Carlos Zanón: un hombre sin dignidad en la Barcelona más sórdida

El escritor catalán traza, con una prosa afilada y poética, la caída y redención de un abogado derrotado que deambula por hoteles tristes y bares canallas de la ciudad condal.

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A Carlos Zanón (Barcelona, 1966) se le conoce como autor de policiales, un ámbito en el que sido reconocido con premios como el Salamanca Negra (pieza relevante del extinto Congreso de Novela y Cine Negro) o el Novelpol y el Dashiel Hammet de la Semana Negra de Gijón. Por si esto no fuera suficiente, desde 2018 es comisario del festival literario BCNegra, el tercer pilar que sustenta(ba) los encuentros sobre el tema en nuestro país. Sin embargo, Zanón es un escritor atípico porque no sigue con fidelidad las directrices del género.

Objetos perdidos

Carlos Zanón

Salamandra, 2026. 269 páginas. 22 €

Sin querer agotar otras excepcionalidades que se irán desgranando en la reseña, aunque su estilo es rápido y afilado –frecuentemente lo forman frases breves y cortantes, propias de esa forma de escritura–, a Zanón se le adivina la vena poética. En Objetos perdidos se observa un uso muy cuidado –a menudo figurado– del lenguaje, quizá más evidente a medida que avanza la narración, aunque presente a lo largo de los cuarenta y seis capítulos que la componen.

La novela nos sitúa ante al abogado Álex Gual, un perdedor de libro. Divorciado, solitario, casi bipolar (tiene un doble interior –Niño Gordo– que le complementa), cocainómano, aquejado de un linfoma marginal “tipo T”, cargado de años…, Gual es lo más parecido a un hombre sin dignidad que ha perdido el control sobre su vida. Pero no es lo único que ha extraviado. Después de su separación, encontró a Lola K., aunque no era la mujer que necesitaba.

Lola, que es pintora de cierto renombre y que no está plenamente en sus cabales, también atraviesa una profunda crisis, atrapada en un matrimonio en decadencia abierto a terceros y con serios problemas económicos. Álex vive en el hotel Excalibur, un “No Lugar”, como dice el narrador, carente de hálito legendario. Y está atrapado por Señor Paco, el dueño de un garito, el Donna Summer, que le proporciona la droga que necesita. Pero a Álex le queda una pequeña grieta por la que se filtra un rayo de claridad.

Lo esencial en esta novela es el trazado de los personajes y la mirada piadosa y poética que sobre ellos lanza Zanón

De las paredes de su habitación cuelga una fotografía que Robert Doisneau le hizo a Juliette Binoche cuando rodaba Los amantes del Pont-Neuf, un retrato que él identifica con “el poder apabullante de lo bello”. De ahí tomará Gual la fuerza para acercarse a Inés, una mujer colombiana que sirve copas en el Donna Summer tras haber abandonado a un marido y un país violentos.

Al fondo de toda esta materia humana se despliega un contenido policial que resulta algo errático, casi postizo. Se revela tras la muerte de un jugador de rugby australiano y la desaparición de otro británico, dos individuos oscuros, a pesar de su juventud, que recalaron sin suerte en el puerto de Barcelona.

Lo esencial en esta historia es el trazado de los personajes y la mirada –siempre piadosa y a menudo poética– que sobre ellos lanza el autor. Algunos, como los parroquianos del Pub o los muchachos desaparecidos, son estereotipos, pero sobre los protagonistas se hace un análisis profundo (fundamentalmente de Álex e Inés, incluso de Señor Paco y Lola K.), con sus zonas de luz y de sombra, sus altibajos emocionales, su conflicto interno y su extravío vital.

La novela, en realidad, recoge una historia de amor y redención –si eso es posible–, el relato de una recuperación personal (o de varias) tras haberlo perdido todo, después de transitar por un mundo sórdido, lo suficientemente sombrío e indolente. Y habla de la violencia que nos abruma, del ruido infame, de inmigración, de niños perdidos, de los dilemas a los que nos enfrentamos, de la lucha por sobrevivir... Y de Barcelona.