“El artículo, como todo género breve, es vertiginoso, y en él se lo juega uno todo a un par de folios, porque nunca había creído yo en ese artículo muy hecho y rehecho, sino en lo que el artículo y la crónica literaria tienen de relámpago mental: de floración espontánea del pensamiento”. Así explicaba el propio Francisco Umbral en La noche que llegué al Café Gijón cómo entendía el articulismo, que ejerció sin interrupción durante más de cincuenta años.

Desde el primer artículo que vio impreso, titulado “La mañana” y publicado en 1955 en la revista Arco, vinculada al Sindicato Español Universitario (SEU), hasta el titulado “Eugenio D’Ors”, aparecido en El Mundo un mes justo antes de su muerte en 2007, dejó escritos 135.000 textos periodísticos, según su biógrafa Anna Caballé.

Una gran diferencia, entre las muchas, de Umbral y otros columnistas de su tiempo es que toda su producción constituye un único género, la escritura. De ahí que su obra periodística sea indisociable de sus ensayos, sus novelas y su poesía. Su singularidad fue considerar la literatura “un sacerdocio en el que no se cree, pero que la falta de fe no implica falta de disciplina.” Creía de forma ciega en el trabajo, porque, aseguraba citando a Marx, “el trabajo es el motor que mueve la Historia, más que la guerra y los ideales”. De ahí su insólita fecundidad.

[Francisco Umbral, el mito y el enigma]

Umbral amaba el periodismo como vehículo de la literatura, como herramienta para llegar al lector. Siempre se consideró periodista. De hecho, practicó todos los formatos: la crítica, el reportaje, la entrevista, el perfil, la glosa, y, por supuesto, el artículo. El conjunto de su obra para periódicos y revistas constituye, en palabras del escritor Juan Gracia Arméndariz, “un extenso mural de España” durante la segunda mitad del siglo XX y un pellizco del siglo XXI.

No puede ser mera casualidad que fuera bautizado en 1932 en la misma pila bautismal, la de la iglesia de la Palma en Madrid, que su adorado Mariano José de Larra, padre de nuestro periodismo. Desde bien joven, devoró y se empapó de los grandes escritores de periódicos de su tiempo. “Los artículos que más había leído yo en los periódicos españoles desde los años cuarenta y cincuenta —escribió— eran de Azorín, Eugenio D’Ors, Ramón Pérez de Ayala, González-Ruano, Víctor de la Serna, Manuel Cossío, Agustín de Foxá, Eugenio Montes, Sánchez Mazas, los jóvenes estilistas de Arriba, desde García Serrano a Salvador Jiménez y Manuel Alcántara". Tras precisar que “no estaba de acuerdo con las ideas de casi ninguno”, aclara que “leía muchos artículos porque lo que buscaba yo era una fórmula, el secreto del artículo”.

[Delibes y Umbral: cartas de amistad, Valium y literatura]

En 1957 comienza su colaboración con El Norte de Castilla de Miguel Delibes, una colaboración, con el diario y con el escritor, que iba a ser determinante en su carrera. Comienza escribiendo críticas para el suplemento cultural, pero acaba publicando en todas las secciones, especialmente en el dominical, donde llega a escribir entre siete y diez artículos por número.

En su libro/entrevista de 1984, el escritor argentino Mario Mactas le pregunta a Umbral quiénes son sus mejores amigos y, tras resistirse a dar nombres, acaba por decir Delibes. “El amigo más antiguo que tengo —desvela—. El más importante, como amigo y como hombre”. La amistad no obsta para que a lo largo de la vida tuvieran sus desencuentros. De aquella época, recordaba Manuel Leguineche, otro de sus grandes valedores, una anécdota muy significativa de su relación. Umbral había provocado airadas protestas en la pacata sociedad vallisoletana de entonces con un artículo en el que se refería a Brigitte Bardot como “ese delicioso pecado mortal”. En cuanto Delibes lo vio, le espetó: “Mira, Paco, aquí se viene a hacer periodismo, no literatura”.

Umbral amaba el periodismo como vehículo de la literatura, como herramienta para llegar al lector

Un año después, en 1958, sin abandonar nunca el Norte, Umbral se trasladó a León, donde ejercería el periodismo en Proa y en El Diario de León, donde se encargaría de la sección diaria “La ciudad y los días'', cuya firma aparece junto a una caricatura del autor. Además, se adentra en el periodismo radiofónico en una emisora local, donde lee a diario una glosa. Son sus primeras incursiones en el columnismo.

Pero el objetivo es llegar a Madrid. Cuando se traslada a la capital, ya en el año 61, los principios no son fáciles, diríase que más bien míseros. Empieza desde abajo. Incluso ejerce esporádicamente de repartidor, llevando ejemplares de El Norte de Castilla desde la Estación del Norte a los quioscos de la Puerta del Sol. Sobrevive gracias a la ayuda de sus antiguos amigos de Valladolid, Delibes y Manu Leguineche. En la agencia Colpisa, dirigida por el último, inaugura la columna diaria "Crónica de Madrid'', a la que se suscriben periódicos de toda España, algunos tan importantes como La Vanguardia o La Voz de Galicia. Alcanza una gran proyección nacional. En los diez años que estuvo vinculado a Colpisa, llegó a publicar 3.000 artículos.

Las grandes cabeceras de entonces le reclaman y él, con esa inaudita capacidad de trabajo y el deseo de publicar en Madrid, acepta colaborar en Pueblo, Blanco y Negro, Informaciones y Ya. “Yo estaba haciendo el reporterismo rápido que había soñado —recordaría más tarde—, metiéndole a todo siquiera un par de líneas de literatura”. Escribe de cualquier cosa: el obituario de González-Ruano, la crónica del funeral de Gómez de la Serna, entrevista a Camilo José Cela y a José Hierro, y hasta se inventa una conversación con la estatua de Galdós en El Retiro. Había alcanzado su sueño, pero su carrera solo acababa de empezar.

No eran tiempos fáciles para el periodismo en plena dictadura. Sin embargo, Umbral, decididamente antifranquista, siempre se las ingenió para mostrar su oposición y burlar a la censura. “Yo, además, en mis artículos quería decir muchas cosas —recordaría después—, disparar cada día contra la sociedad franquista una pistola pavonada y romántica o un pistolón bronco y casi irónico”.

En sus inicios en Madrid ejerce de repartidor, llevando ejemplares de 'El Norte de Castilla' a los quioscos de la Puerta del Sol

La muerte del dictador y los primeros pasos hacia la democracia abren un nuevo tiempo para España y también para Umbral. Si el 75, con Mortal y rosa, es el año de su gran lanzamiento literario, el 76 es el del fenómeno periodístico, convertido en buque insignia del recién nacido El País, en el que mantiene la columna diaria durante casi diez años. Primero, “Diario de un snob”; luego, “Spleen de Madrid” y, más tarde, las secciones “La Elipse” e “Iba yo a comprar el pan”, así como las entrevistas de “Mis queridos monstruos” y los artículos semanales bajo el lema “La belleza convulsa” y “Memorias de un hijo del siglo”. Además, en paralelo, mantiene colaboraciones con las grandes revistas de la transición: Hermano Lobo, Interviú, Por Favor, Jano, Penthouse, Triunfo y Tiempo.



En 1988, disconforme con la línea oficialista de El País, Pedro J. Ramírez, que desde entonces ya iba a ser su “señorito”, le ficha para el mucho más crítico y combativo Diario 16. Allí publica su columna “Diario con guantes” y realiza una serie de reportajes a pie de calle sobre paisajes insólitos de Madrid. Pero apenas durará unos meses. El fulminante despido del director provoca la indignación de Umbral, que por primera vez en su vida deja en blanco el espacio de su columna, al igual que hacen otras figuras del periódico como Forges o Gallego & Rey.

De inmediato se suma de forma entusiasta al nuevo proyecto de Ramírez y su equipo: El Mundo. Participa de forma activa en los preparativos —siempre fue un hombre de cabecera— junto con la otra gran estrella, Forges. Propone ideas, participa en reuniones, confraterniza con la redacción, se muestra tan ilusionado como el becario que pisa por primera vez un periódico. Allí, además de su columna diaria "Los placeres y los días", publica sus "Diálogos", escribe reportajes, entrevistas y crítica literaria y teatral, así como la serie “Los cuerpos gloriosos: memorias y semblanzas” en el Magazine semanal del diario.

Su trabajo frenético para el periódico solo se ve interrumpido en 1994 por un breve paso por ABC, tras recibir una irresistible oferta del entonces director Luis María Anson. Tras unos meses, el escritor se da cuenta de que se siente desconectado del lector del diario monárquico, que su lector está en El Mundo, donde permanecerá hasta su muerte. Esta fue la colaboración más larga de su carrera con una cabecera. Y en ella alcanzó el reconocimiento definitivo que culminó con el Premio Cervantes, el más alto galardón de las letras españolas.

Umbral, decididamente antifranquista, siempre se las ingenió para mostrar su oposición y burlar a la censura

El enorme éxito de Umbral como periodista radica, sin duda, en su conexión con los lectores. “Lo que escribo le gusta lo mismo a la marquesa que al intelectual, que al pobre del muñón. Lo importante es conmover con las palabras”. Así se lo explicaba en una entrevista a Manuel Hidalgo, entonces director adjunto de El Mundo y ahora director de El Cultural. Precisamente en El Cultural publicaría las series “Los alucinados” y “Los esnobs”.

Ya en el libro Mi género soy yo y otras megalomanías, del profesor Albert Lluís, Umbral incidía en lo importante que era para él lo que llamaba "el personal", a la vez que respondía a las acusaciones de narcisismo. “La gente necesita ratificarse o disentir —aseguraba— y un periódico es un diálogo. Por lo tanto, partiendo de eso, hay que ser lo más subjetivo posible para que el lector encuentre con quién dialogar, que es lo que busca”. Y mencionaba la sentencia de Manuel Azaña: “Escribo sobre mí porque soy el español que tengo más a mano”, para concluir que “yo escribo sobre mí porque soy el ser humano que tengo más a mano, al que mejor conozco, y sé que todos los seres son iguales”.

Umbral estaba convencido de que “el lector prefiere leer sobre individuos antes y mejor que sobre ideas”. Los individuos de Umbral, "el personal" que conformaba la particular fauna de sus negritas —gran hallazgo umbraliano— constituyen el conjunto de los protagonistas de todos los ámbitos de la vida de España durante las cinco décadas que escribió. Estaban sus musas, a las que llamaba cariñosamente por el nombre de pila —Nati (Abascal), Cayetana (de Alba), Sarita (Montiel), Ana (Belén), Bibi (Anderson), Carmen (Díez de Rivera), Lola (Flores), Sisita (Milans del Bosch), Isabel (Preysler) y Charo (López)— o con apodos inventados como la massielona o Carmen/Tita (Cervera). Bautizó a políticos y empresarios como Ariasnavarro, El ciego Durán (Miguel) o Aznarín o Charlotín.

Umbral se muestra tan ilusionado con la fundación de 'El Mundo' como el becario que pisa por primera vez un periódico

Sostenía Umbral que “hablando, las ideas y las palabras nos vienen a la boca (...), pero escribiendo, hay que ir a buscarlas”. Él las buscó denodadamente y, cuando no las encontraba, las inventaba o las sacaba de la jerga cheli, o de la calle. Javier Villán llegó a publicar un completo abecedario, a la vez que bestiario, en su libro La escritura absoluta. A Umbral, amante de las palabras, debemos el haber creado términos como pujolear, aviónico, aznares, basca, biuti, borbonear, canapero, cantoso, carcunda, chati, colegui, jai, consolatriz, cuarentañismo, culantrones, demofranquista, derechona, enmujerado, españista, espikinglis, filesear, fliparse, follatriz, fumata, gachí, gilipija, guay, guerracivilismo, mariocondes, otanismo, paelocapitalismo, pelotazo, populachear, retroprogre, rogelio, tardofranquismo, ucedeo, yupillaje…. Muchos de ellos se incorporaron al habla de la calle.

El Umbral columnista estaba obsesionado con el estilo, cada artículo era como un soneto que debía responder a una composición rigurosa. Nunca olvidó el consejo que le dio César González-Ruano. “Un artículo es como una morcilla. Dentro metes lo que quieras, pero tiene que estar bien atado por los dos extremos".

En la mencionada entrevista con Hidalgo, explica su proceso de escritura: “en la columna, yo arranco con un primer párrafo, breve, que tiene que ser contundente y que tiene que tener algo, un hallazgo, una boutade, lo que sea. Luego me despeño por el primer folio, donde me tomo libertades y digo lo que se me ocurre, citas, cosas. Aquello ha de ser proliferante y arborescente. Luego, en el segundo, hay que entrar en materia y decir lo que se quiere decir, dejar el tema centrado. Y, después, en el tercero, en las quince últimas líneas, que es donde empiezan los problemas, pues se vuelve al principio y se acabó.”

El enorme éxito de Umbral como periodista radica, sin duda, en su conexión con los lectores

Cuando el entrevistador le pregunta cuánto tiempo le lleva escribir una columna, responde: “Unos veinte minutos. Me pongo el ABC debajo de la máquina, como almohadilla, para que la pulsación sea más acolchada, y no llego a la media hora”. Esa rapidez para escribir —siempre en su Olivetti— se debe a que Umbral, cuando se sentaba ante la máquina, ya había tomado nota, normalmente mental, de una anécdota, de un detalle de la realidad circundante —solo leía los periódicos para no repetirse con sus competidores y no veía la televisión—, algo que le había llamado la atención, una conversación que había oído a su alrededor, un comentario de un amigo y, sobre todo, tenía en cuenta cómo se sentía.

Porque, como dejó dicho Fernando Fernán Gómez, era “un cronista de sí mismo”. La anécdota, luego, la elevaba a categoría para abordar un tema trascendente. Tenía, además, la capacidad de conectar con lo que preocupaba a los lectores, que a veces ni siquiera era una noticia que aparecía en el periódico. Creaba su propia actualidad.

Los artículos de Umbral no se subieron a internet hasta 1994. Él no llegó a vivir el frenesí del periodismo de la red. Era hombre de papel. Sus folios diarios, pulcros, sin erratas y sin apenas correcciones lo demuestran. Pero su columnismo sigue vigente en esta era digital. Este párrafo de "Spleen de Madrid" podría ser perfectamente aplicable al periodismo de hoy: “el artículo es el solo de violín entre la multitud tipográfica del periódico (....) El artículo está cada día más al día y es más buscado (...) A medida que los mass/media se impersonalizan, el lector busca más afincadamente el diálogo directo y mudo con una persona/personalidad que ya conoce, para asentir o disentir (...) contra lo que creen los redactores jefes, que piensan que el teletipo es el Oráculo de Delfos”.