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Agustín de Foxá nació en Madrid en 1906 en el seno de una familia aristocrática. Tercer conde de Foxá y marqués de Armendáriz, tenía muy claro cuál era su lugar en el mundo: “Soy conde, soy gordo, fumo puros, ¿cómo no voy a ser de derechas?”. Foxá nos dejó un elocuente autorretrato: “Gordo; con mucha niñez palpitante en el recuerdo. Poético, pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud, la imaginación; mi defecto, la pereza”. Ciertamente, no mentía, pues su proyecto de escribir una nueva serie de “Episodios Nacionales” produjo escasos –pero notables- frutos. Publicada en 1938, Madrid, de corte a checa es una de las grandes novelas de su tiempo. Ambientada en la capital de España, narra la caída de la Monarquía, la proclamación de la Segunda República y el primer año de guerra civil. No pretende ser una novela neutral. Su prosa chispeante, lírica y barroca se pone al servicio de los sublevados, exaltando los valores de la tradición católica y el ideario falangista. Su adscripción ideológica puede constituir un grave lastre para muchos lectores, pero al mismo tiempo nos adentra en la peculiarísima visión de la realidad de un hombre de mundo incapaz de tomarse nada demasiado en serio.

Después de Madrid, de corte a checa, Foxá escribió Misión en Bucarest (inacabada) y Salamanca, cuartel general. El segundo título se publicó póstumamente, y el tercero se extraviaría, sin llegar a conocer la luz. En Misión en Bucarest, Julio Vega, el protagonista, es un alter ego de Foxá. Diplomático, escapa de la España del Frente Popular, cruzando Europa en tren. Pasa una temporada en Bucovina, confraternizando con nobles alemanes decadentes y con los voluntarios de la Guardia de Hierro. Después, se traslada a Bucarest, fingiendo que simpatiza con el gobierno republicano español para sonsacar información a los diplomáticos soviéticos. En las novelas de Foxá, las audacias modernistas conviven con la óptica deformada del esperpento. La clase obrera y la burguesía son escarnecidas con ferocidad. Al mismo tiempo, se exalta a la aristocracia y al Antiguo Régimen. Aficionado a los placeres de la vida elegante, el dandismo de Foxá le impidió mantener un compromiso ideológico coherente. Falangista en su juventud, su carrera diplomática le familiarizó con las libertades democráticas de otros países, inspirándole una postura cínica y acomodaticia, muy alejada de las purezas doctrinales: “Tengo el puesto ideal. Embajador de una dictadura en una democracia. Disfruto de ambos sistemas”. En otra ocasión, declaró: “Hagamos de España un país fascista y vayámonos a vivir al extranjero”.

Licenciado en Derecho, Foxá comenzó su carrera literaria con colaboraciones para La Gaceta Literaria, la revista de Ernesto Giménez Caballero que sirvió de cauce a las vanguardias y de altavoz a la Generación del 27. Amigo de Edgar Neville, Gómez de la Serna y María Zambrano, fue colaborador habitual de ABC desde 1930. Poeta –Manuel Machado prologó su segundo libro de poemas, El toro, la muerte y el agua- y autor dramático, acusó a Sénder, Cernuda, Altolaguirre, Alberti, Bergamín y Miguel Hernández de ser “tristes Homeros de una Ilíada de derrotas”. Su amistad con José Antonio le convirtió en uno de los contertulios de “La Ballena Alegre”, el café donde se reunía la corte literaria de Falange, compuesta –entre otros- por Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Víctor de la Serna, Eugenio Montes, Jacinto Miquelarena y Pedro Mourlane Michelena. Foxá participaría en la composición del himno de Falange. En Madrid, de corte a checa, se atribuye los versos iniciales: “Cara al sol con la camisa nueva / que tú bordaste en rojo ayer”. Foxá siempre conservó un recuerdo afectuoso de Primo de Rivera: “José Antonio mejoró mi espíritu. Lo maduró y me salvó del peligro de las tertulias derrotistas y sovietizantes”. Foxá estimaba que “la Falange era una hija adulterina de Carlos Marx y de Isabel la Católica”, pues fundía el anhelo de justicia social con los valores tradicionales de la hispanidad. El estallido de la guerra civil le sorprendió en Bucarest. Se unió al bando sublevado, realizando labores de espionaje. El 21 de julio estuvo a punto de ser fusilado, pero su pasaporte diplomático lo salvó. Superado el susto, se las ingenió para llegar a Salamanca y comenzó a frecuentar la tertulia del café Novelty, presidida por Pedro Laín Entralgo. Entralgo nos dejó un apunte sobre el escritor, que muestra su carácter paradójico y polifacético: “Cínico y patriota, contradictorio y brillante, lee cada noche, en la tertulia del café, un capítulo de la novela que está escribiendo, Madrid, de corte a checa”.

Destinado a Roma después de la guerra, el conde Ciano le recriminó su afición a la bebida: “Le va a matar el alcohol”. “Y a usted Marcial Lalanda”, replicó Foxá, aludiendo a la aventura extraconyugal de la esposa de Ciano con el torero que inventó el pase de la mariposa. El italiano montó en cólera y le retó a batirse en duelo. Serrano Súñer resolvió el incidente, trasladando al diplomático español a Helsinki. Foxá sabía lo que era llevar cuernos, pues su mujer, la joven y atractiva María Larrañaga, encadenaba amantes. Entre sus infidelidades, se cita al turbio playboy dominicano Porfirio Rubirosa y algún miembro de la familia Domecq. Foxá aceptó su destino de cornudo, pero se vengó de los Domecq con unos versos maliciosos: “Horda del sur enriquecida y boba / que venís con el pelo de la dehesa / a tutear estúpidas marquesas / que a trueque de convite os dan coba. / […] Símbolo de una España de pandereta, / id con vuestras riquezas a hacer puñetas, / ¡oh, Borgia de los vinos de jerez!”. Cansado de chismes y rumores, Foxá justificaba sus cuernos con su ingenio habitual: “prefiero una maravilla para dos que una mierda para mí solo”.

En Finlandia, Foxá conoció al escritor Curzio Malaparte, con el que trabó una estrecha amistad por afinidad de ideas y temperamentos. Fascinado por su ingenio, Malaparte lo introdujo como personaje de su novela Kaputt (1944), señalando que el aristócrata hablaba con desdén de Franco y se mofaba de su régimen. “De Foxá –escribe Malaparte- pertenecía a esa joven generación de españoles que había intentado encontrarle un fundamento feudal y católico al marxismo y, como él mismo decía, una teología al leninismo, conciliar la vieja España católica y tradicional con la joven Europa obrera. Pasado el tiempo, se reía de las ambiciosas ilusiones de su generación y del fracaso de esa trágica y ridícula tentativa”. Foxá reaparece en La piel (1949), donde Malaparte ya no le retrata con simpatía. Cuando le preguntaron qué había sucedido al escritor y diplomático italiano, respondió con un juego de palabras: “prefiero a Bonaparte”, sugiriendo que le había agotado la personalidad hiperbólica de Foxá. Antes de la ruptura, visitaron juntos el sitio de Leningrado. Un oficial alemán señaló a dos soldados rusos y preguntó a Foxá si le gustaría que en su honor ordenara disparar una granada contra ellos. Foxá objetó que era Viernes Santo y no le parecía muy cristiano. No era una respuesta cínica, sino un gesto de aversión a lo truculento de un hombre cuyo lugar natural eran los salones de alta sociedad, no la guerra.

Hay muchas anécdotas sobre la aversión del conde de Foxá al igualitarismo democrático. Durante una visita a Nueva York, se dirigió a un mozo y le ordenó que llevara su equipaje. “Lo siento, mister Foxá”, respondió el interpelado, “pero en este país todos somos demócratas”. “¡Ah, muy bien! –contestó el aristócrata-. Pues entonces que venga un demócrata y me lleve las maletas”. Su antipatía hacia la democracia también afloró en una conversación con el embajador de Gran Bretaña: “Los españoles están dispuestos a morir por la dama de sus pensamientos o por un punto de honra –reconoció-, pero morir por la democracia les parece tan tonto como morir por el sistema métrico decimal…”.

Galardonado con el premio Mariano de Cavia por su artículo “Los cráneos deformados”, nadie reparó que la pieza de Foxá escondía una sátira del franquismo. Todos creyeron que se refería a la Unión Soviética cuando hablaba de un país que implantaba moldes en los cráneos para que todas las cabezas fueran cuadradas. Siempre alardeó de su inadaptación al mundo moderno y a las libertades democráticas, que pretendían borrar las barreras entre las clases sociales: “Es muy difícil pasar de una época a otra. Yo creo que he estado enfermo de los nervios por el pecado de haber ido de niño en coche de caballos y de diplomático en avión supersónico”. Su ingenio era tan agudo que cualquier reunión se animaba cuando alguien anunciaba: “que viene Foxá”. Nombrado miembro de la Real Academia Española en 1955 para ocupar el sillón Z, no llegó a leer su discurso de ingreso. Su último destino diplomático fue Manila. Desahuciado por los médicos, decidió volver a España para pasar sus últimas semanas de vida. Cuando bajaba del avión en camilla, le comentó al guionista José Vicente Puente: “Ya ves. Llega el último de Filipinas”. Murió en Madrid el 30 de junio de 1959. Ciano no se equivocaba. El alcohol acabó con él, pues la causa del óbito fue la cirrosis. Poco antes de fallecer, escribió unos versos memorables: “Y pensar que no puedo en mi egoísmo / llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja; / que he de marchar yo solo hacia el abismo, / y que la luna brillará lo mismo / y ya no la veré desde mi caja” (“Melancolía del desaparecer”).

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Dividida en tres partes (“Flor de lis”, “Himno de Riego” y “La hoz y el martillo”), Madrid, de corte a checa tiene como protagonista a José Félix Carrillo, un joven de veintidós años “alto, romántico y generoso”, con “una inteligencia fina y templada”, pero tristemente seducida por las ideas del socialista Jiménez de Asúa, las películas rusas y la pintura cubista de Picasso. Hijo de una familia acomodada de profundas convicciones monárquicas, le ha tocado la desgracia de nacer “en el siglo del automóvil y la deshumanización del arte”. Las circunstancias le han empujado a “abandonar a Dios en la sordidez del Ateneo, a la novia en los libros zoológicos de Freud y a la patria en los Estatutos de Ginebra”. La astronomía preparó el terreno a esta situación decadente, arrebatando a la Tierra su superficie plana y su lugar central en el cosmos. Fue el primer asalto contra la jerarquía medieval, que había mantenido la paz y el orden en las naciones civilizadas. En el Madrid donde Alfonso XIII ya es un rey abocado al exilio, aún perviven ciertos valores, pero una nueva clase política se prepara para asumir las riendas del poder. Se ridiculiza todo lo generoso y heroico, y el tricornio, “charolado y temible”, ya no frena a los facinerosos. Prosperan los charlatanes con un “volterianismo de mostrador y botica”, los maestros resentidos, los empleadillos con ínfulas, los destripaterrones que sueñan con destripar a curas y terratenientes, los golfos de cara tiznada, las modistillas hartas de trabajar a la luz de una bombilla. Sin embargo, “en un mundo miserable de taxis, tranvías y guardias de seguridad”, aún quedan Amadís de Gaula, caballeros con “una ternura imprevista y una fe ardorosa” que luchan por Dios y el Rey. Esos caballeros pelean gallardamente en la calle y en las universidades, jugándose la vida, pero de noche leen romances hasta la madrugada con los ojos llenos de lágrimas. Cuando José Félix observa a unos estudiantes abucheando a una carroza con dos lacayos empelucados y seis finos caballos blancos con penachos azules, le comenta a su amigo Pedro Oñate: “Mira; dos mundos frente a frente”. Se trata de la carroza que lleva la comunión a los enfermos del hospital de incurables, una vieja tradición monárquica. Foxá imita al Valle-Inclán modernista, que idealiza el pasado con una prosa sensual y florida. Su interpretación de la historia es cautivadora, pero tiene la profundidad de un cromo. No es un cuadro real, sino una caricatura que elude cualquier arista.

En la era de la “Flor de Lis”, conspiran “los estudiantes gafudos y pedantes”, los catedráticos krausistas, los “masones durmientes”, los opositores que han fracasado en todas las convocatorias, los médicos humanistas y los agoreros de la generación del 98, “toda una turbamulta de grandes fracasados, enfermizos intelectuales de sexualidad mal definida”. El pueblo, que al finalizar todo volverá al “fogón nocturno y a la harina de madrugada”, es su gran aliado. Los republicanos componen “una masa gris, sucia, gesticulante. Rostros y manos desconocidas que subían como lobos de los arrabales, de las casuchas de hojalata”. Una multitud que aglutina a “mujerzuelas de Lavapiés y de Vallecas, obreros de Cuatro Caminos, estudiantes y burgueses insensatos”. Paradójicamente, las almas nobles brotan de lo más inesperado, como ese gitano linchado por gritar “¡Viva el Rey!”. Foxá es un reaccionario sin mala conciencia. Piensa que el origen de todos los males se halla en la Revolución francesa, que ha encendido en las masas la ilusión de una vida mejor, destruyendo las viejas lealtades del pasado.

En la era del “Himno de Riego”, los conventos y las iglesias arden, reduciendo a cenizas obras de arte y libros centenarios. José Félix se refugia en San Juan de Luz con su familia. Enamorado de Pilar, sus suegros hacen todo lo posible por arruinar el romance. Cerca del mar, es fácil olvidarse del “Madrid polvoriento de la República, con su olor plebeyo a churros, ataúdes de obreros huelguistas y caballos desventrados en las novilladas”. El estilo de Foxá conserva el vigor y el colorido de la primera parte, inventariando los cambios que transforman la sociedad con una prosa exquisita: “La vieja ópera monárquica se inmovilizaba entre andamios y puntales, manchadas de yeso sus blancas plateas, mientras los cines de barrio a 1’50 pesetas se extendían victoriosos por la ciudad. Habían desparecido los dos o tres landós aristocráticos –Amboage, Andría- con sus caballos braceantes y una espuma de sudor en el roce de los correajes”.

Con agudeza, Foxá señala que los españoles no son nihilistas, sino vehementes y crédulos. No se limitan a derribar los ídolos de la tradición. En su lugar, levantan nuevas deidades. La idea de Dios será reemplazada por la de Pueblo. “En España no había creyentes y ateos, sino católicos y herejes. Una vez más, en la auténtica línea española, detrás de la cruz estaba el diablo, pero no el vacío”. El diablo, claro está, es la revolución, atea y bolchevique. José Félix y su amigo Pedro Oñate frecuentan las tertulias, pero las abandonan asqueados, hartos de los imitadores de “la acritud de Verlaine y el coñac malo de Baudelaire”. “Qué viejo nos ha salido el nuevo régimen”, comenta Pedro. José Félix observa la luna y apunta: “Mira la luna. La luna; sencillamente, sin literatura, sin greguerías, sin metáforas. La luna, como dicen los pastores”. Foxá concluye el diálogo con una reflexión que encierra toda una poética: “No se daban cuenta de que aquello era también literatura”. La conciencia social, adquirida durante la militancia falangista, aflora en algunos momentos: “Habían concentrado toda la abominación del pecado sobre el problema amoroso, olvidando los ínfimos salarios de la siega y la esclavitud de sus criadas, presas en sus cuartos en plena primavera”. Foxá es católico, pero no clerical. Se mofa de la “piedad blanda, de altarcito con rosas e imagen policromada”. El padre Andrade ofrece una alternativa más recia y sensata para mantener viva la fe: “Debemos acercarnos al pueblo y flagelar los granes pecados. No sólo la carne es el único enemigo del alma; existe la injusticia, la deslealtad, la calumnia, la mentira”.

A pesar de estos retazos de autocrítica, la artillería pesada se reserva para la “anti-España”, identificada con la Segunda República. Manuel Azaña se mueve por rencor y frustración. Es “un lírico del odio, un polemista de la venganza, […] el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la venganza”. A cambio de los votos de los comerciantes de Barcelona, inmola “la Castilla desnuda y gloriosa de su niñez”, proporcionando alas al separatismo. Foxá no disimula su desprecio aristocrático hacia la burguesía y su “mundo sin paisaje ni sport, que olía a brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinato”. No es menos hiriente con los intelectuales: “La República había dado categoría social a los escritores”. Y los escritores promovían el arte exótico, negro, indio o malayo, “con tal de quebrar la claridad clásica y católica de los viejos museos”. Los intelectuales elogian a Stalin y a Buñuel. El genio poético de Alberti se desmorona al cantar las excelencias de los planes quinquenales y el canal de Kiev. Moscú es la ciudad de moda. En medio de tanta degeneración, surgen voces valientes, como la de Ledesma Ramos, que saca su revólver y grita “¡Arriba los valores hispanos!”, cuando Antonio Espina se ríe de la muerte de Larra y confiesa que prefiere a Charlot.

El bienio reformista es “el gobierno del fango, la sangre y las lágrimas”. Foxá se burla de la Institución Libre de Enseñanza y de las excursiones a la sierra del Guadarrama, de las peleas parlamentarias, puro teatro, y del cine de Buñuel, tremebundo y sórdido. Admite, en cambio, que García Lorca es un magnífico poeta. Entre los políticos, se muestra indulgente con Gil Robles, pero apunta que carece de dotes de liderazgo. “Sabe hacer política, no historia”. Nunca será un verdadero caudillo. La violencia de Gil Robles sólo es verbal. En cambio, los falangistas practican una violencia real. Foxá relata cómo las monjas abren sus clausuras a los pistoleros de Falange, que engrasan sus armas “entre los rosales, la fuente y las blancas tumbas de las hermanas, diseminadas por el césped del jardín”. Pedro Oñate considera que lleva una vida hermosa, pues tiene novia “y andaba a tiro limpio defendiendo España”. Foxá describe el discurso fundacional de Falange en el Teatro de la Comedia. Frente a las martingalas de los partidos, el nuevo movimiento afirma que los pueblos son movidos por los poetas. José Antonio, “un muchacho joven, guapo, agradable”, proclama: “Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto las estrellas”. Pedro Oñate elogia su mezcla de inspiración y coraje: “Lo mismo coge un matiz de Rabindranath Tagore, que el pega un tiro al lucero del alba”. 

El movimiento no tarda en sufrir bajas: la primera víctima es Francisco de Paula Sampol, asesinado en las calles de Madrid por leer el periódico de Falange. Tras nuevas bajas, comienzan las represalias. Foxá revela su talento narrativo en el encuentro casual en un velatorio entre militantes falangistas y socialistas. Ambas fuerzas políticas honran a sus caídos “a la luz verdosa del amanecer, y nadie se acordaba de si en vida saludaron con el puño cerrado o con la mano abierta”. Los rivales olvidan sus querellas por unos instantes, compartiendo tabaco y unas pocas palabras: “Todos se hermanaban en el horror del más allá”. Un jefe socialista habla con un líder falangista, comentando: “únicamente ustedes y nosotros sabemos morir, mientras los políticos se atiborran en los banquetes”. Con la luz del nuevo día, regresa el odio y la dialéctica de las pistolas. Para Foxá, el avance del marxismo significa el eclipse de España y el triunfo de Asia, con sus feroces hordas, sólo que esta vez los bárbaros son “mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos”. Foxá no esconde su clasismo, ni su desdén por otras razas y pueblos. Es su peor faceta y la que explica la pérdida de categoría literaria que se produce en “La hoz y el martillo”, la última parte de su novela.

Foxá recrea la batalla del Cuartel de la Montaña, el asalto de la Cárcel Modelo, el asedio de El Alcázar y los paseos de las “Brigadas del Amanecer” de Agapito García Atadell. No oculta los bombardeos franquistas, pero omite sus estragos. Los combatientes republicanos son rebajados a la condición de masa ciega, sanguinaria y ululante: “Bramaban los camiones abarrotados con mujeres vestidas con monos, desgreñadas, chillonas, y obreros renegridos, con pantalones azules y alpargatas, despechugados”. Los nuevos amos de Madrid son “los limpiabotas, los que arreglan las letrinas, los mozos de estación y los carboneros. Siglos y siglos de esclavitud acumulada latían en ellos con una fuerza indomable”. Los porteros, las verduleras, el panadero y las viejas criadas denuncian a las familias para las que habían trabajado: “Era el gran día de la revancha, de los débiles contra los fuertes, de los enfermos contra los sanos, de los brutos contra los listos. Porque odiaban toda superioridad. En las checas triunfaban los jorobados, los bizcos, los raquíticos y las mujerzuelas sin amor, de pechos flácidos”. Foxá exhibe el viejo pesimismo de origen judeocristiano: el hombre nos es bueno. Su naturaleza está dominada por bajos instintos. La aristocracia sabe morir con honra gracias a “sus lejanas virtudes ancestrales”. La barbarie procede de las alcantarillas; lo noble y espiritual, de la sangre azul. Los delincuentes son los auténticos precursores de las milicias populares, que no actúan solas, sino con la complicidad del gobierno. No es posible negar el régimen de terror que reinó en Madrid durante la guerra civil, pero Foxá, lejos de construir un relato objetivo, se despeña por una beligerancia pueril, acercándose al panfleto. Podemos afirmar que Madrid, de corte a checa, es una novela asimétrica, con dos partes que ocupan un lugar sobresaliente en la narrativa de la época, y una que no está a la altura del propio autor, cegado por su visión partidista. En Las armas y las letras, Andrés Trapiello escribe a propósito de la novela: “Su éxito en la zona y en el exterior fue inmediato, apoteósico. Pero el propio Foxá debió de sospechar que la obra no era todo lo buena que dijeron, ya que contravenía la primera norma de un novelista moderno: no se puede leer si no es con entusiasmo y no se puede escribir si no es con escepticismo. Foxá la escribió con entusiasmo. Es lógico que hoy se lea con escepticismo”. Escepticismo, sí, en cuanto a la objetividad histórica, pero no en el aspecto formal, donde Foxá se revela como el alumno más aventajado de Valle-Inclán. Un talento innato para la comedia añade a la novela una chispa de fantasía que alivia la carga trágica de los hechos.

Foxá era un esteta con altas dosis de cinismo. “Mi corazón vuela siempre hacia la Venus de Botticelli”, solía repetir, desdeñado el arte de las vanguardias. Su sentido aristocrático de la vida acabó alejándole de la militancia falangista. El franquismo preservó sus privilegios de clase, pero era demasiado tosco para despertar su entusiasmo. Al final de su vida, sólo creía en los placeres sencillos: “Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro”. Pienso que muchos podríamos suscribir esa trilogía, que expresa alegría, humor y una saludable indolencia.