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Letras

Arcadi Espada: "La objetividad existe y debe ser la piedra angular del periodismo"

El columnista publica ‘La verdad’, una selección de artículos en los que critica la renuncia a la objetividad y la manipulación de los hechos en el periodismo, la fotografía, la política y la literatura

27 octubre, 2021 20:35

Con su último libro, una selección de artículos publicados en prensa en las últimas dos décadas, Arcadi Espada (Barcelona, 1957) entona un sonoro y satisfecho “os lo dije”. “Sí, sí, estoy dispuesto a asumir la vulgaridad del ajuste de cuentas”, reconoce orgulloso entornando los ojos y esbozando media sonrisa. El libro se titula La verdad (Península) y recopila los textos en los que advierte, desde hace dos décadas, mucho antes del auge del término posverdad, contra la depreciación de lo que antes se consideraba uno de los mayores valores éticos. “Hace veinte años este debate intelectual lo manteníamos cuatro. Decían que éramos unos ingenuos, que la verdad era una cosa anticuada y que solo existen los relatos”, recuerda. “Ha empezado a parecer importante cuando la izquierda, que es la que domina nuestro mainstream intelectual, se ha visto perjudicada políticamente”.

Espada critica en estos artículos la renuncia a la objetividad, el relativismo alentado por la posmodernidad y la manipulación de los hechos en el periodismo, la fotografía, la política y la literatura. Consumado polemista, no faltan tampoco sus célebres encontronazos con Javier Bauluz y Javier Cercas sobre la verdad en la fotografía, la literatura y la columna de opinión.

Pregunta. El concepto de verdad, en cuanto a aceptación y prestigio, no está pasando por su mejor momento. ¿Cuál cree que es la principal causa?

Respuesta. Los mentirosos de antaño, en la literatura, en el arte, tenían un respeto por la verdad, porque al fin y al cabo lo único que querían era burlarla, usurparla. Pero lo que ha sucedido en los últimos tiempos no es solo que la proliferación de mentirosos haya aumentado, sino que la verdad ha entrado en una fase de desprecio. La verdad no importa. El paradigma de todo esto es Trump, que ahora tiene una red social que se llama Truth Social (Verdad Social), que ya es el bucle definitivo, porque le da a la opinión el valor de la verdad.

Pregunta. El primer día de clase en la facultad de periodismo me dijo un profesor que la objetividad no existe, pero hay que aproximarse lo máximo posible a ella. ¿Qué opina de esta afirmación?

Respuesta. La objetividad existe y tiene que ser la piedra angular del oficio de periodista, pero no solo de periodista, sino del oficio de ciudadano. Sin objetividad no se puede vivir. Lo que pasa es que da trabajo. Cuando les decía esto a mis alumnos universitarios en la primera clase, siempre había uno que levantaba la mano y decía que en la clase anterior les habían dicho todo lo contrario. Yo les decía: “Elijan ustedes”. El problema de la objetividad es que hay que trabajarla, no viene dada. Yo les recomendaba que cuando fueran a una rueda de prensa, acudieran con sus prejuicios visibles y que fueran conscientes de ellos, porque los tienen. Reconocer que tenemos sesgos es importante, y mantenerlos a raya es muy difícil. Lo fácil es escribir editoriales pidiendo la paz en el mundo.

P. Entonces se trata de una cuestión de autoconocimiento, de reconocer los propios sesgos y dejarlos a un lado.

R. Hasta hace un siglo y medio el papel del inconsciente en la toma de decisiones era desconocido, un poquito antes de Freud, y ahora esto se está normalizando neurocientíficamente. Las élites intelectuales saben que tomamos nuestras decisiones en buena parte por mecanismos que son inconscientes: si una cara nos gusta o no, si es la hora de comer o no... Un estudio fascinante determinó que los jueces conceden la libertad provisional con mayor frecuencia cuando no tienen hambre. Los sesgos existen pero ¿acaso eso significa que no los tenemos que controlar? ¿Que la objetividad no existe pero como soy honrado todo me está permitido? ¡Qué estupidez!

P. ¿Cree que el periodismo, en líneas generales, ha renunciado a la objetividad?

R. El problema que el periodismo tiene con la objetividad no es de ahora, es de siempre. Porque la objetividad es cara.

P. El periodismo es un oficio cada vez más precario y dominado por la prisa, pero la objetividad requiere tiempo y esfuerzo.

"No se puede permitir en una democracia que un señor como Trump diga que ha ganado las elecciones"

R. Sí, pero sin hacer muchos dramas. Porque yo siempre digo que con cinco minutos de más cualquier periodista es un genio, pero no los tiene. Es verdad que la prisa parece que nos haya acortado el tiempo porque ahora hay mucha pasión por retransmitir las cosas en directo. El periodismo siempre ha sido un oficio retrospectivo, cuenta cosas que han sucedido un poquito antes. En el periodismo clásico, ibas a una rueda de prensa y escribías cuando regresabas a la redacción. Esos 20 minutos en los que ibas ordenando las ideas eran fundamentales para darle una cierta inteligibilidad. Es verdad que eso se está perdiendo, pero también es verdad que hay otras muchas ventajas. La tecnología hace muy fácil comprobar, por ejemplo, las grafías, el nombre del primer ministro de Kazajistán... Los periódicos salen con muchísimos menos errores de los que tenían antes.

P. Cuando a la verdad se le añaden adjetivos (moral, poética…), ¿pierde parte de verdad?

R. Es como la democracia, no le pongas un adjetivo a la democracia. Una de las tragedias de este país tiene que ver con la ‘verdad judicial’. ¿Un hombre va a ir a la cárcel veinte años y usted dice que puede que haya otra verdad que no suponga que vaya veinte años a la cárcel? El sistema más preciso del que se ha dotado la civilización para determinar si un hecho ha sucedido o no es la instancia jurídica. Esa verdad tiene un prestigio y una autoridad exactamente igual a la de la ciencia. La verdad es una, pero eso no quiere decir que no esté en permanente proceso de modificación o de corrección.

P. Usted defiende la creación de un Ministerio de la Verdad.

R. La verdad es un bien público, y como tal debe ser protegida. Me parece que eso es una evidencia. No nos engañemos, ni la democracia ni la vida en general progresan adecuadamente sin la verdad.

P. ¿Y por qué esa idea suena entonces a cosa de regímenes totalitarios?

R. La verdad, al ser algo tan sensible, al haber asistido el mundo al hecho de que, por ejemplo, el diario oficial del partido comunista se llamara Pravda (Verdad), eso ha depositado sobre el control gubernamental de la verdad una sospecha naturalísima, porque lo primero que hace el poder en cualquier instancia es tratar de controlar el elemento fundamental del progreso humano, que es la verdad de las cosas. Suena totalitario porque eso es lo que hace el poder. Justamente lo que yo planteo es que haya un mecanismo de control de la verdad (no por parte del poder político, uso el término “ministerio” de manera provocadora). Usted no puede permitir en una democracia que un señor como Trump diga que ha ganado las elecciones, y que eso cale en la conciencia de una parte importantísima de los votantes. Usted tiene que hacer algo, tiene un problema político de una enorme magnitud. Dentro de un tiempo sabremos muchas cosas de lo que ha pasado en la pandemia, que está trufada de mentiras. Por ejemplo, una trufa importante es hasta qué punto los confinamientos evitaron muertes, tema tabú en estos momentos, y ahora lo vemos con la estupidez de la mascarilla en el exterior. La verdad es fundamental para el poder y para la sociedad. Naturalmente el poder está al acecho, pero eso de que nosotros creamos que el poder siempre es el que jode las cosas es una visión muy decimonónica de la realidad. ¿Alguien me podría contestar qué es más perjudicial para la verdad, si la información que emana de los gobiernos o las redes sociales, sobre las cuales el poder el poder no tiene aparentemente ninguna responsabilidad? A mí me gustaría que las personas hicieran esta reflexión.

P. El actual ecosistema de internet y las redes sociales ha hecho que sea más difícil que prevalezca la verdad?

R. Es difícil responder a eso porque las redes sociales han dado muchos mecanismos de defensa. En la vida es interesante ver las contradicciones, la cara A y B de las cosas. Evidentemente, como se ha demostrado incluso neurológicamente, la mentira es mucho más atractiva para el hombre que la anodina verdad. Está demostrado que las mentiras llegan al receptor con una gran facilidad y potencia. Internet ha multiplicado la creación de mentiras y por lo tanto su capacidad de seducción, pero la tecnología también nos brinda una gran capacidad para descubrir dónde está la verdad de las cosas.

P. Por un lado dice que hay que proteger la verdad pero al mismo tiempo defiende la libertada para mentir.

R. Todos mentimos sistemáticamente en nuestra vida, unos más que otros. Pero las mentiras, como los narcóticos, a la larga tienen efectos secundarios muy jodidos. Yo he pensado mucho sobre el asunto de la verdad pública y la verdad privada, y cuando uno observa el efecto de sus mentiras privadas, se da cuenta de que tampoco funcionan muy bien en ese ámbito. El filósofo Sam Harris tiene un librito sobre la verdad en el que da unos argumentos bastante convincentes para decir la verdad en todos los ámbitos de la vida.

"La ficción no le debe nada a la verdad. Lo que no es legítimo son las bromitas tipo Orson Welles o Cercas"

P. Una de sus polémicas en torno al asunto de la verdad la tuvo con Javier Cercas, concretamente sobre la legitimidad de incluir elementos de ficción en el relato literario de hechos reales. ¿Qué le debe la ficción a la verdad de los hechos en estos casos?

R. La ficción no le debe nada a la verdad, vamos a aclarar esto porque es fuente constante de malentendidos. La ficción no opera en el paradigma verdad-mentira. Todo el mundo sabe que cuando lee una novela realista, hay una cosa muy importante: la verosimilitud, que supone decir que algo podría haber ocurrido, pero lo cierto es que no ha sucedido. No tengo nada que decir al respecto, yo he sido un gran lector de ficciones. Para mí lo que no es legítimo son las bromitas tipo Orson Welles o Cercas. Cuando dices que vas a construir un relato real, constrúyelo. No se puede dejar que la ficción cape a sus anchas cuando nos topamos con hechos difíciles de investigar. El señor Carrère, un hombre de fama y al que sigo, y cuyo primer libro en España presenté, ha escrito una novela de la que sabemos que es una novela gracias a su exmujer, que lo ha denunciado, porque la parte más apreciable de Yoga es completamente inventada. A mí eso no me parece bien. Para cualquier lector es importantísimo saber si las cosas sucedieron o no.

P. Otra sonada polémica la tuvo con el fotógrafo Javier Bauluz, autor de una famosa fotografía en la que se ve a una pareja en una playa gaditana bajo una sombrilla, y al fondo el cadáver de un inmigrante ahogado. El uso del teleobjetivo acercaba el cadáver a la pareja en la composición, que se interpretó como un símbolo de la indiferencia de occidente ante el drama migratorio. Usted lo acusó de tramposo por usar esa técnica. ¿Es una cuestión de a cuántos metros se encontraba realmente el cuerpo, si eran 10 o 50?

R. Sin duda, absolutamente. ¡Esa distancia social es más importante que la pandémica! En esa foto había dos cuestiones manipuladas arteramente por Bauluz: la distancia y la intimidad. En esa foto parece haber solo dos protagonistas: el cadáver y la pareja. Cuando se abre el foco, aparecen guardias civiles, personal de asistencia, etcétera. Es una mentira espeluznante porque tú no puedes hacer pósteres con personajes reales. Existe la posibilidad de que ni siquiera vieran el cadáver.