Harold Bloom fue, según las últimas necrológicas, uno de los críticos más influyentes, temidos, importantes y controvertidos del siglo XX. Casi todo el debate público y periodístico orbita en torno a su monolito teórico: El canon occidental, que parece fascinar y repeler a partes proporcionales. Pero, ¿qué otros libros podemos encontrar en los alrededores? El que sigue es un mapa parcial (sujeto a las propias lecturas) de su extensa obra, trazado con el ánimo de despertar la curiosidad del lector.

La angustia de la influencia (Monte Ávila): Libro emblemático del Bloom más teórico. Desarrolla dos ideas centrales que iluminan áreas decisivas de la creación literaria: que todo escritor para ser leído (y no quedar engullido por la intrascendencia) debe crearse un espacio original desde dónde irradiar su obra, y que esta ‘originalidad’ no surge de la nada, sino que se obtiene desviando la obra de un precursor importante: una misreading (dislectura o malalectura) con la que se sacude la angustia de ser un mero epígono de su maestro. El mejor discípulo, el que sobrevive a los demás, es aquel que consigue la traición artística más lograda.

Entusiasta, vital, agudo, Bloom forcejea con una inusitada alegría por leer y estar vivo

Poesía y represión (Adriana Hidalgo): Bloom expone aquí los resultados prácticos de las teorías expuestas en La angustia de la influencia. Una cadena de dislecturas gracias a las cuales los jóvenes poetas se libran de la opresiva sensación de que todo está ya dicho, traicionando lo que reciben de la tradición al tiempo que la reafirman: de Blake a Wordsworth, de Wordsworth a Shelley y Keats, de los poetas románticos a Tennyson y Browning, y de Browning a Yeats, el libro cubre más de un siglo de poesía inglesa para desembocar (por el puente de la angustia que a Whitman le provoca la lectura de Wordsworth) en la poesía estadounidense y en Wallace Stevens, el “maestro exquisito de la metáfora”, a quien Bloom dedica un tempranísimo ensayo, utilísimo para orientarnos en su elusivo universo.

La compañía visionaria (Adriana Hidalgo): Aunque hoy pueda sorprendernos a principios de los setenta el prestigio de los poetas románticos parecía algo alicaído, en parte por la intensa labor crítica de T. S. Eliot. Bloom los agrupó bajo unos versos de Hart Crane (“Así fue como entre en el mundo roto / para rastrear la compañía visionaria del amor”) y se decidió a reanimar su prestigio en una batalla en tres volúmenes que demuestran hasta qué punto el canon es un espacio abierto, de combate, en permanente alteración. El lector encontrará un volumen dedicado al escrutinio de las mitologías de Blake, y otros dos donde se ofrecen rutas de lectura e interpretación crítica de los cinco grandes poetas románticos ingleses. El ensimismamiento de Wordsworth, el voluntarismo de Coleridge, el vitalismo demoníaco de Byron, el talento visionario de Shelley y la agresiva melancolía de Keats… llenan cientos de páginas inspiradísimas.

El canon occidental (Anagrama): Leemos contra la muerte, disponemos de un tiempo limitado, y no queremos perderlo con malos libros, por eso escuchamos consejos, atendemos a las listas, y no despreciamos los juicios de nuestros antepasados mejor informados. Bloom acepta el reto editorial de abordar a los grandes escritores de Occidente desde un criterio insólito (y acorde con sus tesis juveniles): la influencia que siguen ejerciendo. Si Shakespeare ocupa el centro es sencillamente porque los escritores de los siglos posteriores no logran apartarlo de su imaginación, la manera de retirarlo de su posición sería tan sencilla como dejar de pensar en él. Caja infinita de equívocos, el canon de Bloom es cualquier cosa menos un libro conservador: los nombres pueden ser previsibles, pero las lecturas son torcidas, heréticas, gnósticas… Escritas desde una convicción que recorre la obra entera de Bloom: solo en los mundos caídos e imperfectos, sometidos al cambio y a la corrupción, se escribe literatura.

En 'Anatomía de la influencia', Bloom entabla una conversación con las sombras de los poetas estadounidenses cuya carrera acompañó durante décadas

Shakespeare (Anagrama): Allí donde su maestro Samuel Johnson había editado y anotado la obra completa de Shakespeare, Harold Bloom escribió un ensayo para cada título, con la vista puesta en un ingrediente fundamental de la literatura: el personaje (arrinconado en esos momentos por una teoría literaria acomplejada ante su propia incapacidad para explicar cómo logran emanar personalidades definidas de un bloque de texto). Falstaff, Hamlet, Rosalinda, Cleopatra, Yago,Lady Macbeth o la impar Olivia… comparecen en estas páginas no tanto como “seres vivos” sino como figuras más intensas que los vivos: condensaciones de personalidad, ángulos del temperamento. Entusiasta, vital, agudo, Bloom forcejea con cada obra con una inusitada alegría por leer y estar vivo, creo que nunca antes y después volvió a escribir con tanto entusiasmo, y se exige del lector que esté medio muerto para no contagiarse.

La escuela de Wallace Stevens (Vaso Roto): Pese a su prestigio como custodio de la tradición (aunque resulte ser un curator perverso que se complace en cambiar las obras de sitio, cuando no a poner los marcos boca abajo) Bloom ha sobresalido en señalar y acompañar lo más valioso entre lo nuevo, auténtica piedra de toque de cualquier vocación crítica: un trabajo que no puede delegarse a los grandes nombres del pasado, para el que no hay orientaciones prestigiosas, donde todo es incertidumbre y riesgo. Esta antología expone los resultados de muchos años de lectura crítica y ofrece un “perfil” (toda una invitación para quienes sean alérgicos a los cánones) de la poesía estadounidense que surge de la influencia o del diálogo con Wallace Stevens. El poeta a quien dedicó sus primeros esfuerzos interpretativos, presentado como el último de una larga tradición, se propone ahora como precursor de una serie de poetas notabilísimos, de la talla de Bishop, Anne Carson o Ammons.

Anatomía de la influencia (Taurus): El último gran libro de Bloom. En las dos primeras partes repite viejas exposiciones y argumentos sobre la función del crítico y la centralidad de Shakespare. Superada su mitad el ensayo (o lo que sea) se adentra en una dimensión inesperada, casi fantasmagórica: Bloom entabla una conversación con las sombras de los poetas estadounidenses cuya carrera acompañó críticamente durante décadas: Ammons, Merril, Ashbery, Strand, Merwin, Charles Wright… Ecos y recuentos de una memoria prodigiosa, que casi obligan a citar la frase con la que Saul Bellow cerró su carrera: “cuesta mucho entregar a un hombre así a la muerte”.

¿Cómo leer y por qué?

¿Cómo leer y por qué? (Anagrama): Pese a su disuasorio título recomiendo al lector que quiera enterarse cuanto antes de lo que Bloom es capaz que se vaya directo al apartado quinto; allí se enfrenta a varias novelas contemporáneas de las que apenas existía tradición crítica. Resulta todo un espectáculo ver al gran crítico buscándole sentido a La subasta del lote 49 (Pynchon), recular ante la violencia de Meridiano de sangre (McCarthy) o dialogar con dos de las grandes novelas escritas por afroamericanos: El hombre invisible (Ralph Ellison) y La canción de Salomón (Toni Morrison). El lector no debería dejar de regalarse una parada en los capítulos que Bloom dedica a Mann, Stendhal o Emily Brontë.

@gonzalotorne