Repunta en las librerías el interés por Roma, de la República al Imperio, un milenio y medio después de su decadencia y muerte. El Cultural aprovecha la publicación en España de Dinastía (Ático de los Libros), Los emperadores de Roma (Pasado & Presente) y Pax Romana (La Esfera) para conversar con sus autores: Tom Holland, David Potter y Adrian Goldsworthy, respectivamente. Los tres nos enseñan que aquellas historias de romanos, tan reales como a menudo inverosímiles, siguen siendo el mejor de los combustibles narrativos.

A la historia de Roma se recurre a menudo, con más o menos puntería, para iluminar, explicar o advertir sobre el presente. Como dice el historiador Tom Holland (Oxford, 1968), "Roma es el espejo político, aunque deformado, en el que se mira la civilización occidental".



En noviembre se publicó en España el penúltimo libro de Tom Holland. El británico, doctor en Historia por la Universidad de Oxford, se ocupaba en Rubicon (Ático de los Libros) de un momento decisivo de la historia de Roma: el paso de la República al Imperio. Ahora sale a la venta la continuación, Dinastía, que se centra en la que quizás sea la saga imperial más célebre de todas, la Julio-Claudia, con Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón como protagonistas de un drama repleto de sangre y traiciones.



Dice Holland que, aunque la tentación es grande, conviene no abusar de los paralelismos históricos. ¿Es comparable la República Romana con nuestras democracias occidentales? ¿Se pueden citar en la misma frase las tiranías de la antigüedad y las del siglo XX? ¿Se parecen en algo la "Pax Romana" y la "Pax Americana"? Y por último, ¿estamos ya a la espera de los nuevos bárbaros?



De la República a la tiranía

Como es sabido, Roma empezó siendo una monarquía a la que sucedió una República que se autodestruyó más tarde para ver nacer a un Imperio. En sus mejores momentos, los dominios romanos se extendían por tres continentes, con un territorio de 3,5 millones de kilómetros cuadrados y alrededor de 70 millones de habitantes. No hay legado más evidente que todas las lenguas basadas en el latín.



Durante la República, relata Holland a El Cultural, el poder se repartía entre los miembros de la oligarquía, asegurando así que ninguno gobernara como un rey. "Los plebeyos contaban al principio muy poco, e incluso cuando, a través de rebeliones y protestas, consiguieron que sus representantes, los tribunos, tuvieran grandes poderes, estos cargos fueron ocupados por patricios o caballeros". Holland cree que la historia de Roma ha marcado nuestra concepción de la democracia aún más que Grecia, pues aquel, dice, "fue el primer estado regido por un sistema de leyes complejo". Visto así, añade, les debemos nada menos que la "división de poderes y el estado de derecho".



¿Es cierto que la República murió de éxito? Sólo alguien tan astuto como Augusto, continúa el historiador, pudo proceder "al vaciado" de aquel tosco (o refinado, según la perspectiva) sistema democrático. "Augusto fue muy inteligente, pues fingió respetar las formas de la República (jamás se impuso al Senado, ni tampoco lo despreció, como sí hicieron algunos de los emperadores posteriores), pero fue siempre el que detentaba el poder real".



En Rubicon, Holland se preguntaba por qué el sistema republicano, nacido para contener las tentaciones tiránicas, pudo deteriorarse tanto como para que el poder terminara en manos de un solo hombre. Hoy está seguro, dice, de que "la República cayó porque su manera de fomentar la competencia entre los principales ciudadanos de Roma generó una nueva especie de superdepredadores como César, Pompeyo o Augusto, que al final no se contentaron con el poder temporal, sino que lo quisieron de forma vitalicia y absoluta".



"También Calígula y Nerón gobernaron al margen de las élites y apelando al pueblo en oposición a las élites aristocráticas de roma" Tom Holland

Adrian Goldsworthy (Cardiff, 1969), autor de Pax Romana (La Esfera de los Libros), añade que al final de la República "la élite senatorial al mando estaba más preocupada por sus rivalidades que por hacer algo útil por el pueblo, lo cual llevó a la aparición de figuras como la de Julio César". Y David Potter (Michigan, 1957), autor de Los emperadores de Roma (Pasado & Presente), asegura a El Cultural que esos "emprendedores militares" fueron una consecuencia de "la miopía del Gobierno republicano, que perdió el control de algunas de sus herramientas básicas, como la recaudación de impuestos y el ejército".



Los tres autores afirman que de la caída de la República se pueden extraer lecciones clave para el presente. Holland encuentra correspondencias con el actual descrédito del establishment, con gobernantes que aspiran a conseguir el poder a costa del desgaste de la clase política. "También Calígula y Nerón gobernaron prescindiendo de las élites -recuerda-, burlándose del Senado, menoscabando su autoridad y optando por conectar con la masa popular que se oponía a la élite aristocrática de Roma". Potter opina que la caída de la República ilumina mejor nuestro presente que la posterior caída del Imperio: "La caída de la República es la historia de cómo una democracia se autodestruye. A los políticos actuales esto les puede enseñar que no han de perder de vista que lo prinicipal ha de ser siempre la política doméstica", dice.



Pax romana, Pax Americana

Aunque sería inútil centrarse solo en lo negativo. El Imperio Romano, como explica Goldsworthy en el prólogo de su libro, fue "único". Así que tras siglos de dominio, "cuando se derrumbó, pocas personas de las provincias tenían una verdadera noción del mundo previo a la llegada de sus conquistadores". Y esto fue así porque el imperialismo romano se había convertido, gracias a la asimilación, en algo natural, lo que explica que no hubiese "movimientos de independencia como los que se dieron en Asia o África después de 1945". Solo el conquistador romano convertía en romanos a los pueblos conquistados. "Esa es la razón -termina Goldsworthy- de que durante siglos no hubiera rebeliones contra su incuestionable dominio".



Una de las comparaciones recurrentes es la de la Pax Romana y la Pax Americana. "Muchos líderes y naciones surgidos después de Carlomagno se han esforzado en invocar el espíritu de Roma y de los Césares como justificación de su propio poder", dice Goldsworthy. El historiador cree que hay una diferencia fundamental, y es que hoy la idea de "imperio" sufre un creciente desprestigio. "Desde la perspectiva de los que creen en una siniestra conspiración, la paz, ya sea la paz romana o la establecida por una potencia moderna, es un velo para encubrir la conquista y la dominación".



"En el mundo antiguo nadie se preguntaba si estaba bien la conquista. Si se podía, lo hacían. Cuestionar esto es un fenómeno moderno" Goldsworthy
¿Pero no ha sido así siempre? ¿Desde cuándo los imperios han resultado simpáticos? "Antes lo eran -afirma Goldsworthy-. Durante largos periodos de tiempo los españoles, los holandeses, los franceses o los británicos estuvieron muy orgullosos de su control sobre vastos imperios más allá de sus fronteras naturales. Los pueblos y estados vecinos envidiaban su poder y su tamaño, pero pocos los criticaban por razones morales. Ese es un fenómeno reciente que se ha puesto de moda hoy en los países occidentales que perdieron su categoría imperial. En el mundo antiguo nadie se preguntaba si era correcto dominar a los demás, mientras pudieras hacerlo. Polibio escribió su historia para explicar cómo los romanos habían conseguido dominar el Mediterráneo. Pero nunca se preguntó por qué fue así. Simplemente podían hacerlo, y lo hicieron".



Un interés que nunca se fue

Es difícil hablar de un "regreso" del interés por Roma, y por su historia, pues éste parece no haberse ido nunca. Si bien, sobre todo las ficciones, parecen inclinarse más por los aspectos morbosos, las luchas internas y las traiciones familiares.



De los tres autores, Holland es el menos pudoroso al servir al lector los detalles explícitos en sus historias. "Intento ofrecer un justo equilibrio entre lo académico y el entretenimiento y la divulgación", afirma. Y nos remite a las primeras películas de Cecil B. De Mille sobre la Antigüedad, a la adaptación del Yo, Claudio de Robert Graves, y a tantas otras obras sobre Cleopatra y su romance con Julio César. "Roma -dice Holland- tiene todos los ingredientes para deslumbrarnos una y otra vez, pues sus protagonistas exhiben las virtudes más elevadas y los vicios más depravados".



¿Así que no estamos exagerando? "La Antigua Roma fue una ciudad de excesos, de oligarcas con poderes desmedidos, de costumbres sexuales muy diferentes a las nuestras y de una violencia que hoy ha desaparecido, sobre todo a raíz de la expansión del cristianismo", comenta Holland.



Potter y Goldsworthy no tienen nada en contra de las ficciones sangrientas ambientadas en tiempos romanos, siempre y cuando no alteren la historia y "puedan despertar el interés -que por otro lado no decae- por lo que en verdad pasó".



"Nuestra permanente fascinación por Roma se debe a que todavía podemos ver los restos físicos del imperio -aventura Potter-, un experimento social que unió a Europa, a todo el norte de África y a Oriente Medio. Sus ideas (desde el imperio de la ley hasta las relacionadas con religión) siguen con nosotros hoy. A la gente le intrigan los juegos romanos, que la mayoría de las veces, por cierto, a pesar de lo que la gente tiende a pensar, no incluían la muerte de los gladiadores. Nos fascina su fuerza, pero también las representaciones de su vida emocional, como esa "habitación secreta" de Pompeya, en el Museo de Nápoles, llena de arte sexualmente explícito".



Para Godsworthy, los romanos están, en "términos humanos", muy cerca de nosotros; sorprendentemente cerca, pese a la distancia temporal. "No hay más que leer las cartas de Cicerón o de Plinio para ver a personas próximas, que sienten y padecen como nosotros". El peligro, según Potter, no estaría tanto en exagerar la locura de Calígula, las perversiones de Tiberio o la crueldad de Nerón, sino en "falsear la historia para hacerla corresponder con nuestras preocupaciones actuales, pues esto puede terminar siendo una excusa para justificar políticas que hubieran horrorizado a un emperador como Marco Aurelio".



Decadencia y caída del imperio

La caída del Imperio Romano en el siglo V es uno de los periodos más tratados por los académicos todavía hoy; tanto es así que aún están en disputa historiográfica las verdaderas causas. "Ya desde hace tiempo, los historiadores vienen expresando sus dudas sobre la importancia de las migraciones bárbaras", comenta Adrian Goldsworthy a modo de ejemplo.



"Valente dejó entrar a los bárbaros para utilizarlos en la guerra. Su llegada fue la consecuencia, no la causa, de errores políticos" David Potter

Holland asegura que las "invasiones bárbaras" fueron tan solo una causa más, a la que habría que añadir "la pérdida del control territorial y el debilitamiento económico del imperio fruto de la corrupción sistemática". Para David Potter, lo que más pesó en el fin de imperio "fueron las malas políticas gubernamentales".



El libro de este último recorre la historia de Roma desde Julio César hasta el último emperador, y da cuenta detallada de la debacle final. "La división del Imperio en dos grandes zonas administrativas rigurosamente separadas hizo que cada zona perdiese recursos para enfrentarse a los desafíos externos -resume el historiador-. El emperador Valente no habría dejado entrar a un largo contingente de Godos al imperio en el 375 d. C (el núcleo de los Visigodos que formarían luego España) si no los hubiera considerado una fuente de reclutas baratos para una guerra con Persia. Así que la llegada de los bárbaros a Europa occidental fue la consecuencia, no la causa, de errores políticos anteriores".



Potter alude a equivocaciones políticas clásicas, aplicables a cualquier época; entre ellas, el ansía de poder y una brecha insalvable entre gobernantes y gobernados. "El Imperio se desgarró en sucesivas guerras civiles a partir del siglo III d. C. -completa Goldsworthy-. Ninguna amenaza externa era tan fuerte como para derribarlo con rapidez así que unas guerras civiles conducían a otras. Y lo más determinante de todo: nunca se luchó por otro asunto que no fuera el poder".



"El gobierno del Imperio de Occidente del siglo V era un gobierno ensimismado, que no representaba los valores de una sociedad inclusiva y bien estructurada en la que el bien común fuera un valor central", remata Potter. El historiador recuerda que emperadores como Constantino o Marco Aurelio habían dejado escrito que era responsabilidad de ellos, de los emperadores, el bienestar de los súbditos de Roma. Es decir, "había un contrato social en virtud del cual el gobierno obtenía la lealtad de sus súbditos a cambio de proporcionarles seguridad".



Un imperio integrador

Potter cuestiona la importancia de las invasiones bárbaras desde un punto de vista puramente estadístico. Al Imperio Romano llegaron a finales del siglo IV y principios del V menos de un millón de inmigrantes; esto en una población de alrededor de 60 millones.



"Desde siglos antes, el Imperio Romano había admitido a un gran número de personas del norte, las había incorporado al imperio como soldados o con otro tipo de roles productivos en la sociedad", señala. La gran mayoría de los generales del ejército romano del siglo IV eran, de hecho, descendientes de inmigrantes del norte de Europa. "En general, el estado romano había crecido desde su primera época gracias a su mecanismo para incorporar a los recién llegados a la sociedad romana", continua Potter.



Aquí el autor no rehúye el paralelismo. "Es un caso parecido al de la Unión Europea: también el porcentaje de inmigrantes que llega hoy a Europa es insignificante comparado con su población, y también la UE tiene un largo historial integrador y ha logrado siempre encontrar la forma de incluir a los que llegan en su sistema productivo". Las advertencias, termina, están claras. "En los siglos IV y V la inmigración se convirtió en un asunto candente que provocó, como hoy, importantes cambios políticos".



@albertogordom

La locura de la dinastía Julio-Claudia

Tras el asesinato de Julio César en el 44 a. C., Octavio -sobrino nieto del dictador-, Marco Antonio y Lépido impusieron, en triunvirato, una dictadura que terminó desembocando en una guerra civil entre los dos primeros. Ganó Octavio, a quien el senado otorgó el título de Augusto, es decir, "persona venerable". Era el primer emperador de Roma. "Fue muy inteligente: asistió al ascenso y caída de Julio César, y aprendió que era más importante poseer el poder que exhibirlo", explica Holland. Su sucesor, el "sombrío y paranoico" Tiberio, se encontró con un sistema consolidado. "Augusto supo asentar el Imperio sobre unas bases tan firmes que ni siquiera la deficiente conducta de sus cuatro sucesores alcanzó a desbaratar su logro", señala Potter. Sobre la locura del siguiente, Calígula (que quiso nombrar senador a su caballo, que acostumbraba a violar a sus invitadas y terminó asesinado) aún se sigue debatiendo. Después llegó el inesperado Claudio, tío de Calígula, inmortalizado en la obra de Robert Graves. "Es una figura fascinante -cuenta Potter-. Es probable que exagerara sus limitaciones, sobre todo su pretendida simpleza de espíritu, para garantizar su supervivencia". El último de la dinastía fue Nerón, tataranieto de Augusto. Agripina, su madre, movió los hilos para llevarlo al poder y su hijo acabó matándola. Nerón también mató -a patadas- a su mujer embarazada y terminó casándose con un eunuco.