Image: Jon Juaristi: “Los nacionalismos no son reaccionarios, sino revolucionarios”

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Letras

Jon Juaristi: “Los nacionalismos no son reaccionarios, sino revolucionarios”

27 enero, 2017 01:00

Jon Juaristi. Foto: Taurus

Una huida en barco desde Marsella -la del "Paul Lemerle" en 1941, con dos centenares de refugiados del fascismo y el estalinismo- le sirve al ensayista Jon Juaristi (Los árboles portátiles, Taurus) para contar la historia de "los grandes mitos progresistas" de la segunda mitad del siglo XX. De paso, el escritor ajusta cuentas culturales con la izquierda, ahora que parte de sus postulados, dice, "han caído en el descrédito".

El "Capitaine Paul Lemerle" zarpó de una Marsella caótica en marzo de 1941, dirección Martinica, adonde llegaría apenas un mes después. Era un viejo barco que hasta entonces había servido para el comercio entre Francia y las colonias de ultramar. Nada, o muy poco, habría de extraordinario en su travesía -más allá del interés por el destino de los refugiados a bordo, pero barcos como ese hubo muchos-, si no fuera porque allí viajaban algunos de los intelectuales y escritores llamados a fundar -de acuerdo con el relato que sostiene Jon Juaristi (Bilbao, 1951) en Los árboles portátiles (Taurus)- "los grandes mitos del progresismo de la segunda mitad del siglo XX: la Nueva Izquierda y el marxismo disidente, el pensamiento poscolonial y su relación con las vanguardias, y el estructuralismo".

El "Paul Lemerle" fue el primer carguero que zarpó de Marsella tras la ocupación de Francia y el armisticio. Izquierdistas alemanes, rusos, polacos, disidentes del estalinismo, surrealistas franceses, judíos de todas partes de Europa y refugiados republicanos españoles coincidieron en él; esto es, todo lo que el régimen de Vichy consideraba racaille (indeseables). Lévi-Strauss llamó "salida de forzados" al exilio desesperado de aquellos dos centenares de personas. A Lévi-Strauss lo acompañaron, entre otros, Victor Serge, André Breton y Wifredo Lam.

Juaristi regresa aquí a su género predilecto, un híbrido entre la narración histórica y el ensayo, entre la exposición de unos hechos y su interpretación: "No soy un novelista ni un historiador convencional; ese terreno medio es el más cómodo para mí".

Pregunta.- ¿Qué queda de aquellos mitos del progresismo?
Respuesta.- Bueno, un sector de la cultura de izquierdas todavía sigue viviendo de esos mitos progresistas, pero yo creo que en general han caído en el descrédito. El arte de vanguardia entró en crisis con el postmodernismo, y el estructuralismo está en retroceso desde hace mucho tiempo. Del marxismo disidente hay algunos elementos todavía en el populismo de izquierdas, pero ya no tiene mucho que ver con lo que era originalmente. Lévi-Strauss se olió, por cierto, estos populismos actuales. Decía que el incremento exponencial de la población, más los desplazamientos migratorios añadidos a sociedades ya de por sí superpobladas, crearía nuevos problemas.

"Chusma y petróleo"

P.- Eso genera, más bien, un aumento de los nacionalismos, ¿no cree? ¿Cómo se manifiestan esos nacionalismos ahora?
R.- Los nacionalismos no son movimientos reaccionarios, sino revolucionarios, pues su intención es poner las sociedades patas arriba. Generalmente el nacionalismo es un tipo de movimiento político que viene a defender las identidades ancestrales de los pueblos, pero lo que hace es revolucionarlos, dejarlos irreconocibles. Su objetivo es transformar las sociedades por completo. Por eso el nacionalismo echa mano de muchos elementos de la izquierda. Y también la izquierda, claro, se ha apoyado en los nacionalismos.

P.- ¿A qué se refiere usted exactamente con populismo?
R.- A eso que le digo: a unos movimientos que toman temas clásicos de la izquierda y los funden con el nacionalismo.

Los populismos actuales toman temas clásicos de la izquierda y los funden con los nacionalismos"

P.- ¿Y cuándo cree que empezó ese idilio entre la izquierda y los nacionalismos?
R.- Le respondo con una anécdota. Ramiro Ledesma Ramos, nacionalista español y cofundador de Falange con Primo de Rivera, se dirigió un día a Ramiro de Maeztu, que era un señor muy de derechas, y le dijo: "De Ramiro a Ramiro: usted que es, como yo, nacionalista...". Y le interrumpió Maeztu: "No señor, yo no soy nacionalista. El nacionalismo es chusma y petróleo". Eso es, exactamente. El nacionalismo es desorden y altercados en la calle. Con eso, lo que le quería decir Maeztu es que él no era nacionalista, sino un conservador en la antigua tradición española, la de Trento, Santa Teresa... No hay que olvidar que el nacionalismo es un movimiento moderno.

P.- ¿Se está viniendo abajo el orden europeo posterior a la Segunda Guerra Mundial?
R.- Hombre, no sé. La cosa no está como para tirar cohetes, pero la situación tampoco es desesperada. No veo demasiados parecidos entre la situación actual y la de los años treinta, la verdad. No me gusta comparar. Los problemas que hay ahora son problemas nuevos, problemas que vienen, como le digo, de una superpoblación propiciada por los movimientos migratorios. Es innegable que se están dando una serie de problemas insólitos. Europa ha sido tradicionalmente un continente que bombeaba población hacia fuera, así que no está acostumbrada a recibir gente.

Descrédito del liberalismo

P.- Los medios insisten en comparar los movimientos migratorios de los años 30 y 40 con los de ahora, al menos en cuanto al número de desplazados...
R.- Pero el éxodo de refugiados durante la Segunda Guerra Mundial hacia América no fue un éxodo migratorio. Eran refugiados, y muchos volvieron. La mayoría de los que iban en el "Paul Lemerle" regresaron, por ejemplo. No eran migraciones masivas. Ahora la llegada de refugiados a Europa, en cambio, se produce en el contexto de una gran migración, por decirlo con expresión de Enzensberger.

P.- ¿Hasta qué punto fueron importantes en la reconstrucción de la Europa de postguerra esos exiliados que regresaron?
R.- Fueron claves. Muchos comunistas alemanes que marcharon a América, no sólo a Estados Unidos, volvieron siendo furiosamente anticomunistas. Así que la reconstrucción de la socialdemocracia alemana tras la guerra se produce en buena parte gracias a estos luxemburguistas o trostskistas alemanes que se exilan en América.

Las vanguardias desacreditaron el liberalismo y están detrás de los totalitarismos de entreguerras"

P.- También habla del exilio español. Autores como Trapiello han intentado demostrar que no toda la cultura se fue al exilio, que una parte importante se quedó. ¿Está de acuerdo?
R.- Sí, claro. En España no pasó lo mismo que en Alemania. En Alemania hubo una destrucción absoluta de toda la cultura que no era nazi. En España pervivieron las corrientes de la época de entreguerras, también en el exilio. Del 27 se quedaron Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego. Y se fueron Rafael Alberti, Guillén, Salinas. Hubo una especie de reparto de las corrientes de los años veinte y treinta. Y hubo muchos que se fueron y que volvieron pronto, como Ortega y Gasset y Menéndez Pidal.

Alemanes en hollywood

P.- Parte de la cultura alemana que se marchó -como la del cine- se asimiló a los países de acogida. ¿Dejaron de considerarse creadores alemanes?
R.- Sí, aunque no todos eran alemanes; hay húngaros, como Michael Curtiz. Es verdad que esas figuras del cine alemán de entreguerras se convirtieron en americanos, pero hay algunos que prefirieron regresar. Como Bertold Brecht o Anna Seghers, que al volver se convirtieron en figuras importantes de la cultura oficial de la RDA. Pero es verdad que ese fermento alemán es fundamental en el nacimiento del otro gran mito del siglo XX: Hollywood. No solamente había alemanes judíos, sino también alemanes republicanos de Weimar que marcharon a Estados Unidos. Por cierto, una parte del equipo de Fritz Lang viajó también en el "Paul Lemerle".

P.- En el libro cita una entrevista a Hannah Arendt en la que ella dice que, aunque no se regrese del exilio, queda la lengua materna: ahí estaba su país. ¿Hubo muchos casos así?
R.- Es que Hannah Arendt, como judía, nunca se consideró alemana del todo. Se veía como una pensadora en lengua alemana, y no quiso volver, pero siguió pensando y escribiendo en alemán, aunque su expresión en inglés era estupenda.

P.- Establece usted una distinción entre judíos alemanes y franceses en cuanto a su importancia en la cultura nacional. ¿En qué sentido era distinta?
R.- La diferencia les vino dada. La única salida que tuvieron en Alemania los judíos desde el siglo XVIII fue la de convertirse en intelectuales, en judíos de saber, como se decía. En Francia, en cambio, participaron activamente en política. Por eso gentes como Mendelssohn o Heine destacaron en el mundo de la cultura, pero no hubo representación política semejante. Esto, desde finales del siglo XIX, conduce a bastantes judíos alemanes a la política revolucionaria, porque en la política liberal no tenían cabida.

P.- ¿Qué papel desempeñaron las vanguardias en el descrédito que sufrió en la primera mitad de siglo el liberalismo?
R.- Un papel determinante, a mi juicio. El liberalismo era el gran enemigo de los artistas de vanguardia, que trataron siempre de vincularse a las vanguardias revolucionarias y por lo tanto desarrollaron unas formas absolutamente antidemocráticas y totalitarias. Las vanguardias están detrás del totalitarismo de entreguerras.

En España pervivieron las corrientes de entreguerras, no como en Alemania, donde los nazis destruyeron la cultura"

P.- Hablar del mito de la Resistencia francesa ya se ha convertido en sí mismo, me parece, en un tópico. ¿Realmente hubo más colaboracionismo en Francia que en otros países satélites de la Alemania nazi?
R.- En Francia es cierto que se exageró la presencia de la Resistencia... la hubo más en unas regiones que en otras. En el sur de Francia, en la parte pirenaica, hubo una actividad guerrillera importante. También había una parte muy importante de esa resistencia formada, más que por franceses de cuna, por refugiados centroeuropeos y españoles. Pero después la resistencia tenía niveles diferentes. Había una resistencia controlada por el partido comunista, a partir de 1942 sobre todo; una resistencia democrática...

Juaristi cuenta en el libro una historia triste: la de los 150 republicanos españoles en edad militar ("en edad de fusilar", escribe) que en el último momento, antes de embarcar en el"Paul Lemerle", se quedaron en tierra. La orden fue transmitida por José Félix de Lequerica, siniestro embajador franquista en la Francia de Vichy, y ejecutada por los funcionarios de Pétain. "Y eso que los franquistas, y sobre todo aquel Lequerica, un chulo, no caían bien en la Francia vencida, ya que iban por ahí con la prepotencia de los vencedores", señala Juaristi.

Antisemitismo, judeofobia

Hay muchas páginas de Los árboles portátiles dedicadas al antisemitismo, punto de encuentro, en aquella Europa, de fascistas, comunistas y católicos ultramontanos. "Había una enorme variedad de judeofobias", explica el autor. "Había un antisemitismo a la alemana o a la francesa, que era muy distinto al antisemitismo que había en España, que era religioso".

P.- El de España era un antisemitismo sin judíos...
R.- Aquí había judíos, lo que no había era una masa crítica, una presencia judía suceptible de ser percibida. Es llamativo, algunos personajes importantes de la República estaban casados con judías. Había judías en el bando republicano como Margarita Nelken y Magda Donato, el propio Negrín estaba casado con una judía; Salvador Vila, que fue fusilado en Granada poco después del comienzo de la guerra, también estaba casado con una judía, como Jorge Guillén...

P.- Se convirtió al judaísmo hace más de treinta años. ¿Qué significa para usted ser judío? ¿Va a menudo a la sinagoga?
R.- No, no voy a la sinagoga. En cuanto al judaísmo, hay interpretaciones y adaptaciones individuales muy distintas, con independencia de la dimensión comunitaria o colectiva. Pero no sé qué decirle. No me gusta hablar del tema.

@albertogordom