Image: La otra muerte de Lorca

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Letras

La otra muerte de Lorca

8 julio, 2016 02:00

Federico en la Huerta de San Vicente, la casa de su familia, en 1935. Fotografía de su amigo Eduardo Blanco-Amor

El balcón de la duda sigue abierto. Antes de morir, Luis Molina, propietario de la Academia Isidoriana y miembro de los Españoles Patriotas, le contó al padre de Juan Ramón Iborra lo ocurrido la noche en que asesinaron al poeta granadino. ¿Cuántos eran los asesinos? ¿A dónde se lo llevaron y dónde lo dejaron? Iborra ofrece nuevos datos a partir del diario inédito de su padre.

El próximo mes de agosto se cumplirá el 80 aniversario de la muerte de Federico García Lorca. Un asesinato a sus 38 años que conmovió al mundo, al comienzo de la nuestra guerra civil, en un lugar indeterminado de la carretera entre los pueblos de Víznar y Alfacar, en la sierra de la Alfaguara, a pocos kilómetros de Granada. Ese drama es historia conocida, al menos en sus aspectos más trillados y épicos, que ha hecho derramar ríos de tinta, versiones contradictorias y dudas. El balcón sigue abierto.

Ocurrió la noche sin luna del mismo día de su detención en Granada. Quienes la realizaron, se lo llevaron horas después a las cercanías de la acequia Aynadamar, la fuente de las lágrimas. El frente estaba cerca. A su mando el capitán Nestares, responsable también de La Colonia, a un kilómetro del cuartel general rebelde en Víznar, una casona para vacaciones infantiles que el nuevo gobernador civil de la provincia, comandante Valdés, había transformado en una improvisada sucursal del infierno.

Poco antes de la muerte de mi padre, supe que él no podría concluir las pesquisas que inició en Granada en los años 60, en el tiempo libre que le dejaba su trabajo de funcionario en la sucursal del Banco de España. Le ayudaba a establecer contactos su extroversión y su conocimiento del terreno, de los palacios escondidos a la última alcantarilla del quién era quién en su ciudad. Cuando murió encontré en sus archivos algo de un valor incalculable, que reafirmaba lo que en su juventud escuchó a sus padres, mis abuelos Secundino y Teresa, que emigraron a Granada en 1935 con Nino, mi padre, su hijo de once años, escapando de las riadas de Valencia, decididos a comenzar una nueva vida. Pero a los pocos meses de llegar, lo que comenzó fue la guerra. Granada cayó en los primeros días bajo el terror de los militares sublevados. Mientras yo refrescaba aquel pasado en sus papeles, leí cuanto se ha escrito sobre la muerte de FGL y sus daños colaterales. Después tomé ese gran rompecabezas, lo desparramé de nuevo y me propuse armarlo otra vez.

Próximo a enfermar, Nino volvió a encontrarse con el hispanista Ian Gibson en Granada. En la barra del antiguo restaurante Alameda, donde FGL y su hermano formaron la tertulia del Rinconcillo, mi padre insistió al biógrafo sobre sus tesis: la enorme suma con la que el padre del poeta trató de interrumpir su detención; quiénes, cuándo y cómo le mataron; dónde está su cuerpo. Comenzaba a hablarse de las primeras excavaciones en Viznar, "y eso es un disparate; allí arriba no encontrarán nada". La respuesta fue implacable: "Es posible que tengas razón, pero la historia ya está escrita". Mi padre llegó a su casa desarbolado y le contó a su mujer la charla con Gibson. A mí me confesó que dejaba el caso. Desde entonces no volvió a abrir sus cuatro carpetas rojas.

La hospitalidad de los Rosales es sincera y arriesgada

Nino fue hospitalizado en diciembre de 2009. Las excavaciones que estaban en marcha las dio por concluidas la Junta de Andalucía con un coste público de 50.000 euros. Ese día fui a verle con un diario cuya portada destacaba que en Viznar no se había encontrado nada. Los restos del poeta no estaban donde habían señalado, primero Agustín Penon, y luego Ian Gibson. Algo sedado, me sonrió sus últimas palabras: "Eso ya te lo había dicho yo". Murió en enero de 2010, a los 84 años, sin memoria.

Volvamos a Granada, al domingo 16 de agosto de 1936. Tras sufrir una semana antes la agresión de un grupo militar armado en la Huerta de San Vicente, FGL se refugia en casa de una familia de falangistas notables de Granada. Llama a uno de los hermanos, el poeta Luis Rosales, a quien conoce porque vive, como él, en Madrid. La hospitalidad de Luis y de sus padres es sincera y arriesgada. Pero dos de los hermanos más radicales están en contra de esa ayuda. Miguel, el mayor, y Antonio el Albino, cercano a algún miembro de las escuadras negras y tesorero de la Falange granadina, es decir, su número tres. Ambos tendrán indiscreciones (entrevistas de Agustín Penón a Miguel Rosales en Miedo, olvido y Fantasía. Comares, 2009) y airean su desacuerdo en proteger a "ese mariconcillo de mierda". La familia no comparte esa opinión: los padres, la tía, los hermanos José (Pepiniqui), Luis, Gerardo y Esperancita. José, carismático y fundador de la Falange en Granada, fue decisivo en la trama del golpe militar; por no aceptar serlo él, puso en el Gobierno Civil al comandante José Valdés, un comisario político que provocó una sangrienta represión en la ciudad. La actitud de Miguel y Antonio queda patente en el relato que publicó su sobrino, Gerardo Rosales (El silencio de los Rosales, Planeta, 2002).

La respuesta de Ian Gibson ante la "otra" muerte del poeta: "Puede que tengas razón pero la historia ya está escrita"

El comandante Valdés es hijo de general de la Guardia Civil; a ese Cuerpo pertenecen su ayudante, el teniente coronel Nicolás Velasco Simarro, y el jefe de milicias de la Falange, el capitán Manuel Rojas, condenado en 1933 por la matanza de Casas Viejas. FGL había tenido denuncias del Cuerpo por poemas de su Romancero Gitano. Es segura la inquina que la Benemérita siente hacia el poeta. Ramón Ruiz Alonso, tipógrafo del diario Ideal y ex diputado de la CEDA, al perder su escaño en las últimas elecciones le pide a José Rosales pasar a la Falange, cobrando mil pesetas mensuales. José informa a José Antonio Primo de Rivera cuando le visita en la cárcel Modelo. Este rechaza tal oferta y bautiza al tránsfuga como "el obrero amaestrado". Tras el levantamiento, Ruiz Alonso dirige una escuadra negra al servicio del gobernador Valdés. El padre de FGL no cumple con sus obligaciones de clase, pues no actúa como un cacique de la vega; al contrario, es hombre comprometido y amigo del ministro socialista y diputado por Granada Fernando de los Ríos, mentor de FGL y azote de lo más reaccionario de la ciudad. El escritor declarará a El Sol, antes de abandonar Madrid, que "en Granada se agita la peor burguesía de España". ¿Hay quien dé más? La revancha está servida.

Al amanecer de aquel domingo...

El revisionismo histórico actual se empeña en difuminar la muerte de FGL entre reyertas y resabios familiares. Si los había entre su padre y algún pariente recalcitrante, Granada estaba en el contexto de una guerra civil, la efervescencia del odio y la envidia como pecados nacionales, y el cumplimiento severo de represión, intelectual, política y sexual. Al amanecer de aquel domingo, el alcalde socialista de Granada, Manuel Fernández-Montesinos, en prisión desde el 20 de julio, casado con Concha García Lorca, hermana de Federico y madre de tres hijos, Tica, Manolo y Conchita, es fusilado en las tapias del cementerio. FGL conoce la noticia porque sus padres le llaman a casa de los Rosales. Su derrumbe y su miedo es total.

Días antes, un grupo armado ha vuelto a la Huerta de San Vicente en busca de FGL. Como no está, amenazan con llevarse al padre, pero Concha estalla y les dice el paradero, como quien da una bofetada: "En casa los Rosales, unos falangistas importantes". Aunque Cocha no lo sepa, ni lo sabrá nunca, no delató a su hermano, porque esos hombres fueron sólo a confirmar lo que ya sabían, por si acaso no era cierto el chivatazo y al ir a detenerlo y no encontrarlo se armaba entre falangistas y entrometidos rencorosos, dejando al comandante Valdés en entredicho. La trama la había organizado Ruiz Alonso en connivencia con el teniente coronel Nicolás Velasco.

Miguel Rosales lo entrega al secretario del comandante Valdés. Sufrirá una paliza de un tal Pablo Rodríguez
Conocida la suerte de su cuñado, FGL se encierra en su cuarto. En la comida de aquel domingo no estarán todos los Rosales. José y Luis partieron a los frentes de Güéjar Sierra y Motril. Luis ayudaba a pasar por ese frente a la zona republicana de Málaga a granadinos en apuros, lo que también había ofrecido a Federico. Miguel, que está casado, se mantiene en su enfado y no aparece, Antonio marcha pronto y Gerardo sale a los postres para tomar café en el estudio de un pintor amigo. El día había amanecido con tormenta de verano y la ciudad asfixiada en el bochorno. El padre de los Rosales sale a las 16:30 de casa. Es propietario de una tienda de telas en la céntrica plaza de Bib-Rambla, los Almacenes La Esperanza, y está citado con un representante del ramo en el hotel Victoria.

Existen testimonios de que la calle Angulo, sus tejados y alrededores, están vigilados desde mediodía por un dispositivo de guardias armados, en precaución ante un arresto del que al parecer todo el mundo sabe. A las cinco de la tarde, Ruiz Alonso llega a la casa en el automóvil que conduce su inseparable compadre Juan Luis Trescastro. La escuadra negra se encuentra a las mujeres: la criada que abre, doña Esperanza, su hermana, su hija Esperancita. Federico escucha desde su cuarto del segundo piso. La madre cruza agrias palabras con Ruiz Alonso, embutido en un mono azul con el emblema bordado de la Falange, a la que no pertenece, y no muestra orden alguna de detención. La brava mujer impide que se lo lleven, hasta que da con su hijo Miguel telefoneándole al cuartel de la Falange. Al llegar, dispone que él acompañará a Federico y a esos señores hasta el Gobierno Civil. Miguel lo entrega al secretario del comandante Valdés, porque este no ha regresado aún de la Alpujarra, y marcha de nuevo a su cuartel. Encierran a FGL en una habitación del primer piso, donde sufrirá un ataque de nervios y la paliza de un tal Pablo Rodríguez, Italobarbo.

Federico Sale custodiado por Ruiz Alonso

A las nueve de la noche, comienza su guardia nocturna en el patio del Gobierno Civil un conductor del parque móvil. Luis Molina lleva el brazalete blanco de los Españoles Patriotas, su automóvil ha sido confiscado y es el mejor amigo de mi abuelo Secundino desde que llegó a Granada. Es propietario de la Academia Isidoriana y se hace tutor de mi padre. Todo está tan cerca que durante aquel verano en la academia descansan los escoltas del comandante Valdés cuando salen de sus turnos en el Gobierno Civil (Los últimos días de García Lorca, Eduardo Molina Fajardo, Plaza y Janés,1983). Luis y Secundino suelen desayunar juntos. Mis abuelos arrendaron el bar Villarosa; porque se ha ido al traste su proyectada tienda de libros extranjeros para estudiantes de Medicina, con el cierre de la universidad antes de comenzar la guerra.

Su amigo Julián F. A., inspector de policía, le entregó un paquete medio vacío de cigarrillos Camel

Esa mañana del lunes 18 de agosto, al salir del Gobierno Civil, Luis busca a mi abuelo y le cuenta lo que ha visto. Sabe que él conocía a FGL desde 1934, cuando llegó a Valencia con La Barraca y vio en el Cine Coliseum la representación de El caballero de Olmedo. Allí mi abuelo era zapatero, fundó el Partido Socialista Radical, que se fusionó con el de Pablo Iglesias, y colaboraba en El Mercantil Valenciano escribiendo sobre su mayor afición: el teatro. Volvió a ver a FGL en 1935 cuando estrenó Yerma, y le contó que se marchaba a vivir a Granada antes de fin de año. El sábado 18 de julio de 1936, mi abuelo fue con su hijo Nino a la oficina de Correos y luego se encontró con FGL saliendo de La Bernina, una pastelería de la calle Reyes Católicos. Nino quedó prendado de una flor que el poeta llevaba bordada en la camisa cuyo tallo le cruzaba el pecho. FGL tenía prisa porque esa tarde se celebraba el santo de su padre y el suyo, "y con esta calor se me van a derretir los pasteles", le dijo a mi padre. Los invitó al festejo. "Hay que alegrar a mis padres, que hoy andamos todos un poco mustios en la Huerta", dijo. La víspera, tropas rebeldes se habían alzado en Marruecos contra la República. Según Luis Molina, aquel domingo Federico salió del Gobierno Civil custodiado por Ramón Ruiz Alonso al frente de su grupo, y la intención de entregarlo en La Colonia para ser fusilado esa madrugada. Pero ni Ruiz Alonso ni el secretario de Valdés podían asegurar que eso llegase a ocurrir. Algunos catedráticos de la universidad que Valdés envió allá, al llegar fueron protegidos por el capitán Nestares y los desahuciados pasaron a integrar el pelotón de enterradores.

Pasó el tiempo. Se jubiló mi padre, que distraía su ocio con servicios para Radio Granada en las veladas de los Festivales de Música y Danza de la Alhambra. Mantuvo su relación con Luis Molina, a quien también yo conocí como director del colegio San Isidoro donde estudié el bachillerato. Recuerdo su expresión lánguida y la mirada intensa y triste. Luis Molina solía asistir a los conciertos del festival, pero la noche del sábado 20 de junio de 1987, Nino ponía el micrófono a celebridades locales que iban llegando, y Luis llegó tarde. El profesor y mi padre fueron al ambigú a esperar el intermedio. Al llegar a su casa esa noche, mi padre anotó que la Royal Liverpool Philarmonic Orchestra había interpretado el concierto para violín, opus 77, de Brahms y que "mi gran amigo L.M.G. me contó bajo su ruego y con mi palabra de honor de no contar nada hasta después de su muerte…"

"Nadie le llevó mantas ni comida"

"Mi amigo y maestro (…) tenía asignado un servicio de 9 de la noche a 9 de la mañana (…) Desde los primeros días de la revolución estuvo movilizado junto con su propio automóvil en el gobierno civil, donde se pasó toda la guerra felizmente ‘camuflado' (…). A eso de las 11 y antes de que cerrara el Bar Villarosa, propiedad de mi padre, iba a tomarse un café. Dormía casi toda su jornada en un catre junto con los guardias de Asalto allí de servicio (…) a eso de las 7 de la madrugada iba de nuevo a tomar café, siempre con algún compañero y era atendido por mi madre (…). En las noches de verano no necesitaba acompañante ya que su contertulio era mi padre".

"F.G.L. no estuvo más de tres horas en el Gobierno Civil, donde nunca hubo calabozos propiamente dichos. Cuando llegaban al viejo caserón de la calle Duquesa, eran retenidos en una habitación del piso primero (…) para tomarles declaración o darles una paliza. Después pasaban a la comisaría, a la cárcel, a la Colonia o directamente a las tapias del cementerio o incluso en alguna cuneta o ribazo (…). Nadie le llevó mantas, ni comida (…) La única persona que pasó a la habitación fue su amigo Julián F. A. [Fernández Amigo, inspector de policía] que me dio su palabra muchos años después (…) en presencia de mi padre de que le entregó un paquete medio vacío de cigarrillos Camel".

Lorca iba solo en el automóvil, sin ningún otro detenido, y con los mismos hombres que le prendieron
"La noche del mismo día de su arresto (…) F.G.L fue muerto de un tiro en la nuca en la carretera de Víznar a Alfacar. El automóvil que salió calle Duquesa abajo sobre las 10 de la noche, no se detuvo en ningún momento en el pueblo de Víznar y pasó de largo por la Colonia. F.G.L. iba solo, sin ningún otro detenido, y con los mismos hombres que le prendieron, uno que conducía y otros dos más (…). Al llegar poco más allá de la curva del barranco, el coche se detuvo, fingiendo el conductor una ‘panné', como se decía entonces de las averías del motor (…). El chofer quedó al volante mientras los otros dos pidieron a F.G.L. que echara pie a tierra para empujar el auto y poder arrancarlo en racha. En la primera ocasión uno de los prendedores de F. dejó de empujar, se quedó un par de pasos rezagado y sacando su pistola disparó sobre la nuca del escritor, que cayó boca abajo (…). Empujaron el cuerpo aún caliente del escritor hacia la izquierda del automóvil, dejándolo caer de cualquier modo sobre la pendiente que allí existe".

"Tuvimos que matarlo, pues intentó huir"

Entonces [lo cubrieron] con cañas y hierbajos junto a la acequia de Aynadamar. Después se detuvieron un instante para decirle al centinela de la Colonia que habían dejado el cadáver de un rojo junto a la acequia, más allá de la curva. "Tuvimos que matarlo pues intentó huir mientras cambiaban una rueda que se había pinchado. Cuando vaya alguien por allí, si lleváis ‘faena' le echáis unas palas de tierra al ‘chalao ese…' Esa madrugada un cojo y dos jóvenes eran ajusticiados con el ‘fugitivo' a la vera de la acequia".

Años después, tras el funeral de su tutor Luis Molina Gómez, mi padre tomó en su despacho una de sus carpetas rojas, sacó esas dos cuartillas y puso el nombre de su amigo donde sólo estaban sus iniciales. Mi padre cumplió su promesa. Al revelar nuevos datos sobre el asesinato de Federico García Lorca en este artículo, comienzo a cumplir las mías.