Junot Díaz
'Así es como la pierdes' (Mondadori) es una historia de desamor, de un hombre que tiene que afrontar las consecuencias de su ligereza de cascos. Junot Díaz retoma a Yunior, el personaje que narraba 'La maravillosa vida de Óscar Wao', que le valió el Pulitzer en 2008, y protagonista de 'Los boys', la colección de historias con la que debutó este escritor que lanza su tercer título en cinco años.A continuación se pueden leer las primeras páginas de 'Así es como la pierdes'.
Guía de amor para infieles
Año ceroTu novia descubre que le estás pegando cuernos. (De hecho, ella es tu prometida, pero en cuestión de segundos eso no va a importar para nada.) Se podía haber enterado de una, se podía haber enterado de dos, pero como eres un cuero loco que jamás vació la latica de basura del correo electrónico, ¡se enteró de cincuenta! Sí, claro, cincuenta en un período de seis años, pero vamos, hombre… ¡cincuenta fokin jevas! Por el amor de Dios. Quizá si hubieras estado comprometido con una blanquita de mente superabierta, podrías haber sobrevivido.
Pero tú no estás comprometido con una blanquita de mente superabierta. Tu novia es una cabrona salcedeña que no cree en nada; de hecho, la única advertencia que te hizo, lo que siempre te juró que jamás te perdonaría, fue serle infiel. Lo haces y te entro a machetazos, te prometió. Y, por supuesto, juraste que jamás lo harías. Lo juraste. Juraste que jamás. Y entonces lo hiciste.
Ella se quedará por unos meses más por la simple razón de que han estado juntos por mucho tiempo. Porque han pasado por tantas cosas juntos: la muerte de su papá, el rollo con lo de tu cátedra permanente en la universidad, su examen para la reválida de derecho (aprobado al tercer intento). Y porque no es tan fácil deshacerse del amor, del verdadero amor. Durante un atormentado período de seis meses, viajarás a Santo Domingo, a México (para el entierro de una amiga) y a Nueva Zelanda. Pasearán juntos por la playa donde filmaron El piano, algo que ella siempre quiso hacer, y ahora, arrepentido y desesperado, le regalas el viaje. Está sumamente triste y camina sola por la playa, atravesando la arena brillante, sus pies descalzos en el agua helada, y cuando tratas de abrazarla te dice: No. Mira fijamente las piedras que se proyectan en el agua mientras el viento le tira el pelo hacia atrás. De camino al hotel, cruzando las desoladas y empinadas cuestas, recogen a un par de transeúntes que pedían bola, una pareja absurdamente mestiza, y tan enamorados que por poco los sacas del carro. Ella no dice nada. Después, en el hotel, llora.
Tratas todo truco habido y por haber para que se quede contigo. Le escribes cartas. La llevas al trabajo. Le citas a Ne ruda. Escribes un correo electrónico en masa en el que repudias todas las sucias con las que estuviste. Bloqueas los correos electrónicos de todas ellas. Cambias tu número telefónico. Dejas de tomar. Dejas de fumar. Te declaras adicto al sexo y comienzas a ir a mítines.
Le echas la culpa a tu papá. Le echas la culpa a tu mamá. Le echas la culpa al patriarcado. Le echas la culpa a Santo Domingo. Te buscas un terapista. Cancelas tu Facebook. Le das las contraseñas de todas tus cuentas de correo electrónico. Comienzas a tomar clases de salsa como siempre habías prometido para que puedan bailar juntos. Alegas que estabas enfermo, le aseguras que fueron momentos de debilidad -¡Fue culpa del libro! ¡Fue la presión!-, y a cada hora, como un reloj, le dices lo arrepentido que estás. Haces de todo, pero un día ella simplemente se levanta de la cama y dice: Basta y: Ya, y entonces te tienes que mudar del apartamento en Harlem que han compartido. Contemplas negarte. Consideras declararte en huelga, una ocupación. De hecho, le dices que no te vas. Pero al final te vas.
Por un tiempo, rondas la ciudad como un mediocre pelotero de triple A que sueña con que lo llamen para las grandes ligas. La llamas por teléfono todos los días y dejas mensajes que ella jamás contesta. Le escribes largas cartas cariñosas, pero ella las devuelve sin abrir. Te apareces en su apartamento a horas inoportunas y en su trabajo en downtown, hasta que por fin su hermanita te llama, la que siempre estuvo de tu parte, y te habla directo: si tratas de contactar a su hermana una vez más, te va a poner una orden de restricción. A ciertos tígueres eso no les importaría.
Pero tú no eres como esos tígueres.
Paras. Regresas a Boston. Jamás la vuelves a ver.
Año uno
Al principio, pretendes que no te importa. Además, tú también habías estado acumulando un montón de quejas contra ella. ¡Claro que sí! Ella no te lo mamaba bien, no te gustaba el vello de sus cachetes, jamás se depilaba el toto, y nunca limpiaba el apartamento, etcétera. Por unas semanas, casi te lo crees. Por supuesto que vuelves a empezar a fumar, a tomar, dejas el terapista y los mítines de adictos sexuales, y te la pasas pachangueando con cueros como en los viejos tiempos, como si nada hubiera pasado. I'm back, les dices a tus panas.
Elvis se ríe. Es casi como si jamás te hubieras ido.
Estás bien como por una semana. Entonces tu estado de ánimo se vuelve errático. Un minuto tienes que contenerte para no coger el carro e irte a verla, y el próximo estás llamando a una sucia cualquiera y diciéndole: Tú eres la que siempre quise. Pierdes la paciencia con tus panas, con tus estudiantes, con tus colegas. Y cada vez que oyes a Monchy y Alexandra, sus favoritos, lloras. Y ahora, Boston, donde jamás quisiste vivir, donde te sientes como un exiliado, se ha convertido en un problema serio. No acabas de ajustarte a vivir allí a tiempo completo; no te acostumbras a que los trenes dejen de andar a la medianoche, a la melancolía de sus habitantes, a la ausencia total de la comida sichuan. Casi inmediatamente empiezan a pasar una pila de vainas racistas.
Quizá siempre fue así, o quizá lo ves más claro después de todo el tiempo que estuviste en Nueva York. Gente blanca frena al llegar al semáforo y te grita con una furia horrorosa, como si le hubieras atropellado a la madre. Te da tremendo fokin miedo. Y antes que te des cuenta de lo que está pasando, te sacan el dedo y salen corriendo. Ocurre una y otra vez. En las tiendas te vigilan los guardias de seguridad y cada vez que pones pie en Harvard alguien te pide que muestres identificación. En tres ocasiones, unos blancos borrachos tratan de fajarse a trompadas contigo en tres diferentes barrios de la ciudad.
Lo tomas todo muy a pecho. Espero que alguien deje caer una fokin bomba sobre esta ciudad, vociferas. Esta es la razón por la cual nadie de color quiere vivir aquí. La razón por la cual todos mis estudiantes negros y latinos se van en cuanto pueden.
Elvis no dice nada. Nació y se crió en Jamaica Plain, y sabe que tratar de defender a Boston es como tratar de bloquear una bala con una rebanada de pan. ¿Estás bien?, te pregunta finalmente. Chévere, dices. Mejor que nunca. Pero no es así. Perdiste todos los amigos mutuos que tenían en Nueva York (te abandonaron por ella), tu mamá no te habla después de lo que pasó (tu novia le cae mejor que tú), y te sientes terriblemente culpable y terriblemente solo. Le sigues escribiendo cartas, con la esperanza de que algún día se las puedas entregar. Y sigues singando todo lo que te cruza el frente. Te pasas el día de Acción de Gracias solo porque no puedes darle la cara a tu mamá y te encabrona la idea de que otra gente sienta lástima de ti. La ex -así es como te refieres a ella ahora- siempre cocinaba: un pavo, un pollo, un pernil. Te guardaba las alas. Esa noche te emborrachas a tal extremo que necesitas dos días para recuperarte.
Crees que por fin has tocado fondo. Pero te equivocas. Durante la semana de exámenes finales te arrolla una depresión tan profunda que estás convencido de que debe tener su propio nombre. Te sientes como si te estuvieran deshaciendo con tenazas, átomo por átomo.
Dejas de ir al gimnasio y de salir a tomar tragos; dejas de afeitarte y de lavar la ropa; de hecho, dejas de hacer casi todo. Tus panas comienzan a preocuparse por ti, y ellos no son el tipo de gente que se preocupa. Estoy bien, les dices, pero con cada semana que pasa, tu depresión empeora. Tratas de describirla. Es como si alguien hubiera estrellado un avión en tu alma. Es como si alguien hubiera estrellado dos aviones en tu alma. Elvis viene y hace el shivá contigo en el apartamento; te da una palmadita en el hombro y te dice que lo cojas suave. Hace cuatro años, en una carretera a las afueras de Bagdad, a Elvis le explotaron un Humvee. La carrocería en llamas le cayó encima, atrapándolo por lo que le pareció había sido una semana, así que él sabe algo sobre el dolor. Tiene tantas cicatrices por la espalda y las nalgas y el brazo derecho, que ni siquiera tú, el duro, lo puedes mirar.
Respira, te dice. Y tú respiras sin parar, como si fueras un corredor de maratones, pero nada te ayu da. Las cartas que escribes se van volviendo más y más patéticas. Porfa, escribes. Por favor, regresa. Sueñas que ella te habla como en los viejos tiempos, con ese español dulce del Cibao, sin ningún rasgo de rabia o desilusión. Entonces te despiertas.
No puedes dormir y hay noches, cuando estás borracho y solo, que te da un impulso loco y quieres abrir la ventana de tu apartamento en el quinto piso y dar un salto. Si no fuera por un par de cosas ya lo hubieras hecho. Pero: a) no eres el tipo de persona que se suicida; b) tu pana Elvis te tiene vigilado; está de visita todo el tiempo y se para al lado de la ventana como si supiera lo que estás pensando, y c) tienes esta absurda esperanza de que algún día ella te perdonará.
Pero jamás lo hace.
