Letras

Rafael Chirbes

Crematorio era el esplendor y En la orilla es la caída”

1 marzo, 2013 01:00

Rafael Chirbes. Foto: Vicent Bosch

La cara oculta, el patio trasero y sórdido de Crematorio, que siempre estuvo ahí pero al que nadie miraba. Desde allí, desde las aguas podridas del pantano ha escrito Rafael Chirbes 'En la orilla', su nueva novela, que lanza el próximo día 5 la editorial Anagrama. Una historia llena de vidas derrotadas, de sueños rotos, de la mejor literatura. Hablamos con el escritor y publicamos en exclusiva los primeros tramos de su novela.

Que sólo escribe de lo que ven sus ojos ya lo sabíamos, pero es que ahora "ya ni anoto en mis cuadernillos", dice Rafael Chirbes para confirmar su estado de narrador anárquico. Lo que ven esos ojos sabios de lecturas y descreídos de tanto mirar es obsesivamente desolador y huele a fracaso. Sí, Chirbes ha vuelto a hacerlo: se ha pasado estos seis últimos años plantado en el marjal, mirando y mirando, y ha escrito En la orilla. Al pantano lo ha hecho protagonista y por sus aguas fangosas ha lanzado a un coro de hombres y mujeres para que vivan sus pobres vidas sórdidas y desoladas, al borde del desahucio. La novela es de una densidad literaria y una carga simbólica apabullantes. Retumban las voces desde el estercolero, y en ese patio trasero que teníamos olvidado todo son sueños rotos.

Chirbes sabe bien que un escritor se carga mirando y leyendo. "Digamos que entre novela y novela, lo que hago es... novela. Últimamente me cuesta cada vez más escribir, e incluso dar mi opinión sobre las cosas. Yo antes escribía en unos cuadernitos y apuntaba lo que leía, ahora ni siquiera. Porque todo me da la impresión de estar ya dicho, de que todo está trillado. Además, no tengo suficientes datos, no sabemos casi nada de las cosas... Desconocemos los intereses que hay detrás de casi todo... Libia, Mali...las maniobras de los servicios secretos... ¿Qué hay detrás? Nadie lo sabe. Así que ya sólo escribo de lo que veo y no a través de lo que me cuentan, claro que, según se mire, porque siempre escribo de lo que me cuentan los distintos modelos literarios. De esos no te puedes escapar nunca. Cuando escribía Mimoun (1988) tenía en la cabeza Otra vuelta de tuerca, de Henry James; cuando La buena letra (1992), pues siempre andaba por ahí el Lazarillo, con su peculiar ingenuidad y sabiduría. Con cada libro, una referencia. Con Crematorio (2007), tenía a Lucrecio y La Celestina

-¿Y En la orilla...?
-No lo sé. Es un libro que no tiene trama, porque cada vez me interesa menos la trama. La trama es una dictadura, lo decía Benet... En esta novela hay voces, luego un río central, que es el personaje, y yo quise desde el principio que fuera como un concertante, donde las distintas voces tuvieran el mismo tono y formaran un coro que contara lo único que me interesa contar, que es lo que está pasando. Es un libro discursivo, un libro que se me va constantemente hacia los lados, pero bueno, pensaba, si eso me sirve para abarcar más y consigo que se mantenga la tensión.... y me acordaba mientras escribía de la Historia de una barrica, de Swift, que es pura digresión. ¿Por qué no se puede contar yéndose uno por las ramas, y que éstas formen parte del tronco? Esa era la idea.

Seis años cociendo en la orilla

La novela sale el próximo día 5, y Chirbes se nota expectante y hasta temeroso. Inseguro. Es lo menos petulante que he visto en mi vida. Y vean qué sincero: "Ayer recibí el primer ejemplar, me abalancé sobre él, empecé a ponerme colorao colorao, y me llevé un berrinche tremendo. Yo antes terminaba las novelas en estado de éxtasis, y, en cambio, últimamente me siento abatido y digo ‘no es esto, no es esto'". Las espléndidas páginas de En la orilla las ve más tarde, ya retirada la ansiedad y sobrevenida la cordura.

Han pasado seis años desde Crematorio y todo este tiempo ha tenido En la orilla cociendo en la caldera. "No todos somos Galdós, que en dos meses escribe un libro y ya quisiera el gato lamer el plato; otros escritores sólo podemos escribir cuando cocemos de tal manera las cosas que ya el plato parece que tiene otro sabor. ¿Que cómo lo preparo? Muy lentamente. De repente oigo voces, me llegan flashes, y escribo un diálogo, y lo dejo ahí, luego escribo un esbozo como de cuento, hasta que veo que esas cosas se van relacionando, y voy uniéndolas. Luego llega la etapa de las dudas, porque como todo lo hago a trozos, mezclando, como un rompecabezas..."

-Dice que hasta el final no conoce el final de la novela.
-Es cierto. Si lo tuviera en la cabeza, creo que no lo escribiría. Y si tuviera en la cabeza de lo que trata el libro... tampoco. Qué envidia me dan esos escritores que lo tienen todo tan claro. Yo nada. Sigo creyendo que me salen las cosas por puñetera casualidad y nunca sé si voy a volver a escribir otro. Soy un escritor amateur, sigo siéndolo.

Hace años Chirbes aseguraba que Crematorio le acabó resultando antipática, porque le ha tenido en un pozo oscuro. Pero En la orilla nace de las pavesas de Crematorio, del mal olor que deja la especulación y una crisis que trasciende lo económico.

-Digamos que Crematorio es la primera línea de playa, y ésta es el pantano. Crematorio es el esplendor, y ésta es la caída. Crematorio es el fuego que arde deprisa, y en ésta es el rescoldo, porque detrás de esta falsa modernidad que hemos vivido, hay un pozo y hay un pantano que siguen estando ahí, cada vez están más podridos. Porque todos somos ahora muy modernos pero aquí siguen funcionando los mismos esquemas, los viejos tópicos franquistas. No tengo la impresión de que haya cambiado tanto el nervio de la sociedad. Enseguida ves cómo, por debajo, los comportamientos tienen una continuidad con la España que conocí a los diez años. Esta novela tiene el afán de, además de que el pantano sirva como metáfora, ser una narración en la que estén imbricados el pasado y el presente, la guerra y la posguerra, porque los mecanismos por los que unos se enriquecieron siguen funcionando y todo es como una pasta espesa y pringosa.

Y entonces el escritor dice sentir miedo. Habla y habla, discursivamente, yéndose continuamente por las ramas, como las gentes de su novela, y ve que muchas de las cosas que ha escrito, que parecían exageraciones novelescas, luego han ido sucediendo y la gente las asume.

Un mundo de delatores

-Y eso me da miedo, porque aunque todo parece que cabalga desbocado, por otro lado veo a un país puritano, exigente, veo que nos vamos convirtiendo en un coro inquisitorial y eso me asusta. Un mundo de delatores, como si aquí nunca hubiéramos cobrado en dinero negro, como si nadie hubiera hecho trabajos sin factura... Y si a este espíritu inquisidor le acompañara una gente que se ha leído Las Tormentas del 48 de Galdós y entiende lo que es un movimiento, una revolución.... pues bueno. Pero no, aquí no tenemos formación política, y todo es improvisación y gamberreo. "Las redes sociales arden" oigo por ahí. Bueno, pues a mí las redes sociales me dan pánico. Para mí son como esas "tricoteuses" de la revolución francesa, esperando ver rodar cabezas, desde el anonimato, desde la cobardía más absoluta y esperando a ver qué cabeza cae para celebrarlo: ¡Ha caído la del rey!, ¡ha caído la de la princesa! ¡Uff! Todo eso me espanta. Y desconfío, sí, porque veo que todo se está volviendo muy judicial, y cuando se pone en marcha la justicia me echo a temblar. Yo veo que hay una lucha entre el modelo protestante y el católico, que no es sólo política y económica, también moral, entre el norte y el sur, ricos y pobres... y están las kikas esas que cortarían la cabeza a cualquier mujer que decide abortar, y está la sección femenina del PSOE que te fusilaría por mirarle las tetas a la que pasa. Me dan pánico unas y me dan terror las otras. Y me da terror Rubalcaba, y Cayo Lara persiguiendo con celo inquisitorial a sus camaradas extremeños que le fastidian sus pactos con Alfredo.

-Está claro que no le gusta la España de hoy.
-No me gusta nada y además, me da miedo, ya digo. Por eso estoy en mi casa, solo, dueño de mis palabras y de mis silencios. Y ... no sé por qué digo estas cosas.

Su fe en la capacidad de transformación de las cosas es cada vez menor, pero Chirbes admira a los que se esfuerzan en cambiarlas. Él no lo hace. No quiere dar falsas esperanzas, no quiere mentir, así que En la orilla resulta agobiantemente triste. Dice uno de sus protagonistas: "Con la edad, aumentan los conocimientos sobre lo desagradable de la vida".
-¿Y no es así? ¿A ti no te pasa?

O "Encerrados en casa, cocían su tristeza en silencio".
-Ese sería yo, sí.
O "Espero del ser humano solo lo peor".
-Bueno, eso no tanto. ¿Sabes que pasa? Hay dos cosas terribles en la vida que no hay manera de despegarse de ellas: el sexo y el dinero. Y En la orilla es un libro sobre estas dos cosas. En realidad, casi todos los libros lo son. ¿Qué es La Celestina?
O "Los impagados apagan el amor". Los impagados, es decir, las dificultades, ¿sacan lo peor del ser humano?
-En la vida privada es así, sale lo peor del hombre, "el depredador originario", que dice el libro. En la vida pública, se esfuma la retórica que lo envuelve todo y disimula la cruel mecánica de la lucha de clases. La miseria devuelve la lucha de clases al primer plano. Queda a la vista que alguien se lleva la presa y nos deja con la barriga vacía.

El entorno, la degradación del paisaje que envuelve a los personajes y su denuncia son elementos sustanciales de la novela. Pero cree Chirbes que tenemos una idea romántica del paisaje que nos viene "de esa mentira de que los paisajes son eternos, y no lo son, muchas veces duran menos que nuestras propias vidas". También denuncia el escritor a esos ecologistas que priman la naturaleza sobre el mismo hombre.

-Sí, ellos buscan el bien, caiga quien caiga. Cada día hay más leyes que supuestamente nos protegen y en cambio nos dejan más desamparados. Fíjate que, en tiempos de Franco, creo que había unos quince mil presos. Ahora me parece que he leído que hay más de cien mil, y no sé cuántos más en libertad provisional o a las puertas de cumplir condena. Crece el control, el lenguaje benevolente y políticamente correcto como una espada de Damocles. Se tipifican nuevos delitos, al mismo ritmo que se apodera de todo una violencia ambiental y se instala un sutil clima de sospecha. Todos nos sentimos culpables, todos parece que tenemos algo que esconderles a los nuevos inquisidores que se envuelven en el progresismo. Florecen los ejércitos de salvación. Líbrenos Dios de quienes quieren protegernos.

"Que los libros hablen por mi"

El que mejor definió a Rafael Chirbes fue Vázquez Montalbán, con el que tenía tantas afinidades. "Chirbes, una isla que se esfuerza por serlo", escribió. Ciertamente Chirbes es un solitario, ajeno a modas y generaciones: "El escritor lo que tiene que hacer es escribir y si tienes que hablar mucho de tus libros es que tus libros no hablan por ti. Mala cosa". Lee a sus colegas contempóraneos, pero tiene poco que ver con ellos. "Los escritores que reniegan de la función de la literatura -capturar verdades, moldear sensibilidades- fingiendo hacerla un homenaje, y la convierten en una casa de muñecas, no me interesan", dice sin ánimo de molestar. También dice que se siente próximo a Aramburu, que le ha gustado la última novela de Trapiello... Pero sobre todo lee a los alemanes, a los rusos, a los franceses... "¿Te das cuenta, dice, de lo mal que envejecen los libros literarios y qué bien se sostienen los libros que tienen voracidad por el exterior? La literatura sale cuando no la pretendes, si la pretendes, en lugar de un adorno sale una grieta. Pero si capturas eso que no existe, que es la verdad, resiste".

-¿Por qué la narrativa española, con excepciones, rehúye hablar de la realidad con una crudeza similar a la suya y prefiere modelos americanos, tal vez más inofensivos?
-Quizá sigue existiendo cierto temor al realismo, herencia de los años en que se lo despreció: parece poco literario contar lo que pasa, como si la literatura fuera algo ajeno, un juguete aparte. Se olvida que la novela es una parcelita de eso que pasa, testigo de su tiempo. Los libros de historia la bajan al suelo y acaban poniéndola en su sitio.

En Alemania, donde Chirbes es leído y muy respetado (el gran crítico Reich-Ranicki le dedicó dos veces buen espacio en su programa de televisión, algo insólito) la novela mantiene su puesto y participa en debates sobre la construcción del país. ¿Por qué es impensable que eso ocurra aquí?
- No sé. Quizá porque Kant y Bach no nacieron en Tavernes de la Valldigna o en Castellón de la Plana.

- Pero Galdós nació aquí...
-Sí, sin Galdós no sabríamos casi nada del XIX ¿Es que se puede aprender de alguien mejor que de Galdós? Es que es maravilloso. ¡Qué pandilla de imbéciles supuestamente modernizadores hemos tenido aquí que han despreciado a Galdós! Lo de Las Tormentas del 48, que he leído mucho con esto de los indignados, es inmejorable. Ese Sebo intrigando, esos confidentes de la policía, ese pueblo pagándolo siempre como víctima entre militares y políticos, esa lucidez política... Esa capacidad para tocar a los personajes. ¿Te has fijado que a todos los personajes de Galdós los puedes pellizcar? Si eso no es escribir bien... Le ha pasado igual a Blasco Ibañez, que ha corrido todavía peor suerte, pero léete El intruso, sobre el País Vasco.

-¿Qué me dice, por cierto, de los indignados?
-Que desconfío mucho porque en realidad no sabemos quién es el sujeto histórico de nuestro tiempo, y eso produce mucha confusión. Uno se ha lanzado a la calle porque está cabreado, el otro porque le resulta un entretenimiento; otros porque son confidentes de la policía, o infiltrados de partidos políticos; los otros se han lanzado porque han ganado los del PP... En fin, un tótum revolútum. Yo no firmo ya manifiestos ni acudo a manifestaciones. ¿Cómo me voy a creer a estas alturas a Cándido Méndez? ¿Y al otro, a su pareja ¿A qué vienen esos aspavientos con la financiación de los partidos si ya lo dijo Alfonso Guerra: ‘Señores, el dinero de Europa se ha acabado. Ahora los ayuntamientos tienen que financiarse'? Y, por supuesto, no me creo al PP, que está en las antípodas de lo que pienso.

»Esta situación - continúa Chirbes- me recuerda a la descomposición de la época de la primera Restauración, cuando se daban esas alianzas tan contra natura entre carlistas y republicanos, y eso que entonces había un movimiento obrero sólido. No, lo de ahora es un régimen podrido, porque nació de los oportunistas de un bando y de otro. Aquí socialdemócratas no había ni uno. Aquí había comunistas y anarquistas por un lado, y fascistas por otro. ¿Cómo se formaron los partidos? Se trataba de poder comer de la tarta europea y si para ello había que renunciar a la camisa azul y a la bandera roja pues se renunciaba. Todos los que entraron lo hicieron para comer de la tarta. Y vino el pelotazo, y toda esa gente del sindicalismo que acaba convirtiéndose en clase media y burguesía del nuevo régimen, y que es, por ejemplo, la que ha controlado todos estos años Andalucía. En los años ochenta empezó todo. Lo dijo Solchaga: "España es el país en el que se puede ganar más dinero en menos tiempo".

-¿Y ahora?
-Con estos mimbres no creo que se puede hacer gran cosa. Yo veo ahora mucha desenvoltura para dictar las obligaciones ajenas, para denunciar a la mínima y la gente se encuentra poco dispuesta a asumir sus culpas. Además, vivimos la cultura de la lástima. Todo el mundo quiere mostrar sus llagas. Hemos convertido en héroes a los pobres desgraciados. Esa moda que empezó con Callejeros de exhibir los despojos para entretener al personal me parece repugnante.

Otra vez En la orilla. Pese a la cordialidad de la conversación, a Rafael Chirbes no le gusta hablar de sus libros. Ya lo ha dicho. "Cuando me pregunten de qué trata el libro voy a decir: ‘Pues mire usted, empieza con una cita de Diderot y acaba poniendo Beniarbeig. De eso trata mi libro'. Porque, dime, ¿trata sobre la corrupcion? No. ¿Sobre el crimen? No. ¿Sobre el suicidio? No. ¿De sexo? Tampoco. Al final, insistirán: ‘pero, estaban enamorados, o no'? Pues yo qué sé, contestaré. Si lo supiera, lo hubiera dicho. La literatura trata de la complejidad de la vida".