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El milagro del Camino Español

Fernando Martínez Laínez estudia en Pisando fuerte la hazaña logística que permitió el envío de tercios a Europa y el segundo intento por invadir Inglaterra

El Cultural
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La matanza de hugonotes en San Bartolomé, iniciada la noche del 23 al 24 de agosto de 1572 en París. Fresco de Giorgio vasari.

Tras el fracaso de la mal llamada "Armada invencible", la "Contra Armada" enviada por Inglaterra para asestar el golpe de gracia al imperio español se estrelló ante las defensas de La Coruña y Lisboa. Fue uno de los mayores fracasos militares de la historia inglesa, pero la propaganda británica lo silenció durante siglos. Poco después, en respuesta al ataque inglés, los tercios españoles desembarcaron en Inglaterra e Irlanda y, apoyados por los rebeldes irlandeses, estuvieron a punto de conseguir el gran objetivo: derrotar a Inglaterra.

El periodista y escritor Fernando Martínez Laínez explica con detalle las circunstancias que impidieron el triunfo de esta "Contra Armada", así como las concidiciones de vida y lucha de los tercios españoles, una infantería legendaria cuya misión principal era combatir en Flandes, Alemania y el Centro de Europa. Pero para eso debían llegar al campo de batalla a través del "camino español". Mantenerlo abierto fue la hazaña logística, asegura el autor, la hazaña logística más importante de la Edad Moderna. Estas y otras cuestiones son tratadas en Pisando fuerte, escrito con pulso periodístico y numerosos gráficos, tablas y desplegables que hacen del libro una obra de referencia para el estudio de los Tercios de España. A continuación reproducimos el capítulo en que el Martínez Laínez explica los pormenores del intento de invasión de Inglaterra tras el fracaso de la Armada Invencible.





5.1 Pisando Inglaterra



Contrariamente a lo que muchos piensan, la fallida invasión de la Gran Armada enviada por Felipe II contra Inglaterra en 1588 no fue el único intento que hizo España para invadir ese país, que se convirtió en un enconado enemigo de la política española durante el reinado de Isabel I, encarnizada perseguidora de católicos en su propia nación, y a quien los aduladores por alguna extraña razón llamaron la «Reina Virgen».

Aprovechando la debilidad de Francia, provocada por las guerras civiles de religión, los tercios españoles ocuparon parte de Bretaña, y desde ahí trataron de poner pie en Inglaterra y en Irlanda. Lo consiguieron, aunque al final la empresa no obtuviera los frutos esperados. Después de ellos ya no hubo más invasiones a suelo inglés, si exceptuamos la ocupación alemana de las pequeñas islas del Canal de la Mancha durante la II Guerra Mundial.

La gesta de aquel puñado de soldados, capitanes y marinos, quedó prácticamente olvidada o silenciada, aunque constituye un brillante capítulo en la historia de los tercios, que a punto estuvieron de consolidar una cabeza de playa en Inglaterra o expulsar de Irlanda a los británicos con ayuda de los católicos irlandeses, hostiles al gobierno de Londres.

Como sucedió en 1588, los temporales, las galernas y los vientos contrarios se aliaron con los ingleses y sus aliados. La mayor parte de las expediciones navales españolas sufrieron el choque de los elementos atmosféricos con resultados desastrosos, y muchos barcos, hombres, armas y dinero se hundieron en las frías aguas del Atlántico norte sin conseguir siquiera avistar el campo de batalla al que estaban destinados.

Una vez más, la desgracia se cebó en contra de las intenciones de una España deseosa de desquitarse del desastre, que no derrota, de la Gran Armada, desangrada por las borrascas y malos vientos antes de poder llegar a su destino. La historia, en última instancia, como muy bien dijo Tolstói en la novela Guerra y Paz, participa también del juego cósmico y está sometida a las leyes de la Naturaleza, entre el azar y la necesidad, en un perpetuo cambio cuyo sentido último se nos escapa; o quizá ese sentido sea el que cada uno queramos darle, de acuerdo con las leyes del honor y la conciencia de cada cual.

La base bretona

Para lanzar ataques contra Inglaterra se necesitaba una plataforma continental o insular próxima. España encontró la primera en Bretaña; y para conseguir la segunda desembarcó en Irlanda.

La hostilidad entre católicos y protestantes empujó a Francia a finales del siglo XVI a una despiadada guerra civil. Los hugonotes, como eran llamados los calvinistas en Francia -por la costumbre que tenían de reunirse al principio cerca de la puerta del Rey Hugo, en París- contaban con gente muy destacada en el gobierno, el ejército y la propia corte.

Por órdenes del rey Enrique III, el duque de Guisa, pretendiente al trono y cabeza del bando católico, fue asesinado el 23 de diciembre de 1588, y a eso siguió la persecución y encarcelamiento de los partidarios de la Liga Católica, en la que se agrupaban los principales nobles franceses. En respuesta se produjeron sublevaciones en muchas regiones de mayoría católica, como Lorena, Champaña, Normandía, sur de Borgoña, París y Bretaña.

Para combatir mejor a sus enemigos, Enrique III buscó la alianza con Inglaterra, que le envió soldados, y el apoyo de Enrique de Borbón, autoproclamado rey de Navarra y hugonote. Al final, la saña vengadora del monarca francés causaría su ruina, al morir acuchillado por un fraile dominico el 2 de agosto de 1589. Con él se extinguía la Casa de Valois. Como heredero de la corona quedaba el anciano cardenal Carlos de Borbón, tío de Enrique de Navarra, que murió ese mismo año en prisión.

Fue entonces cuando Felipe II vio la oportunidad de promover la candidatura al trono francés de su muy querida hija, Isabel Clara Eugenia. Motivos legales no le faltaban, ya que la madre de esta, Isabel de Valois, era hija de Enrique II de Francia y Catalina de Médicis.

El monarca español se puso en contacto con la Liga Católica y obtuvo su respaldo. Uno de los que más se distinguió en este sentido fue Felipe Manuel de Lorena, duque de Mercouer, a quien los españoles llamaban duque de Mercurio, hermano del duque de Guisa, gobernador de Bretaña y jefe de la facción católica bretona -que puso a disposición de Felipe II todos los recursos con que contaba, entre los cuales figuraba el puerto de Blavet (Port Louis), para iniciar la campaña. A su vez, Mercouer solicitó (y obtuvo) ayuda de Felipe II: unos 7.000 soldados españoles, 20.000 escudos, 200 quintales de pólvora y apoyo naval. En respuesta, los protestantes bretones y partidarios de Enrique IV pidieron apoyo a Inglaterra, que no tardó en enviarles 2.500 soldados y ayuda naval. Tanto Inglaterra como España, potencias rivales, tenían buenas razones, y no solo de carácter religioso, para intervenir en Bretaña, ya que esa península -que se adentra como una cuña poderosa en el Atlántico- dispone de excelentes puertos y bases navales desde las que se controla una buena parte del noreste oceánico atlántico.

El tercio en Bretaña

Con la misión de ocupar los puertos de Bretaña y apoyar a los católicos franceses partió de La Coruña el tercio viejo de Sicilia al mando de Juan del Águila, un viejo guerrero que llevaba en esa unidad desde hacía 20 años, y había sido nombrado maestre de campo por Alejandro Farnesio, gobernador de los Países Bajos, cuando ambos combatían en esa tierra. La escuadra, mandada por el general de mar Sancho Pardo Osorio, la integraban 37 naves. Su misión era proteger el desembarco y luego regresar, dejando solo algunos barcos menores al mando del capitán Perucho Morán, un napolitano que había combatido en Los Gelves y Túnez con Álvaro de Sande y Juan de Austria.

El tercio de Juan del Águila tuvo una pésima y azarosa travesía. Los vientos adversos retrasaron mucho el viaje, que duró desde agosto a octubre de 1590, y a esto se unió la imprevisión de los encargados de la logística, que solo habían suministrado víveres para 20 días. Además, como el puerto fortificado de Blavet estaba bien fortificado y en poder de los hugonotes, tuvieron que desembarcar en las cercanías de Saint-Nazaire y desde allí caminar y conquistar Blavet. Cuando llegaron, eran unos 3.000 españoles agotados tras el largo viaje por mar, de los cuales, señala un cronista, seiscientos estaban enfermos, «que a los pocos días aumentaron a un tercio, desnudos todos, armados con espadas sin vaina, acree - dores a seis pagas de atrasos, tan rotos, flacos y demacrados que excitaban la caridad de las damas bretonas...»

Para sorpresa de los lugareños bretones, aquel ejército se transformó pronto. Los desharrapados infantes empezaron a levantar baluartes y cavar trincheras, y a los pocos días formaban cuadros y escuadrones con rapidez y disciplina admirables. Al poco tiempo, partieron los soldados a la conquista del puerto de Blavet, considerado vital para el éxito de la campaña, que tomaron antes de terminar el año, tras levantar el cerco que sufría la guarnición católica de Dola y conquistar y fortificar las ciudades de Hennebont, Vannes y Crevique. En el curso de esta marcha habían capturado 20.000 escudos que se emplearon en pagar y alimentar a las tropas, y aliviar un tanto la escasez de abastos.

Juan del Águila no cesaba de pedir más hombres, armamento y pólvora, y con los primeros refuerzos que le fueron enviados le llegó un ingeniero, Cristóbal de Rojas, al que encargó levantar dos fuertes a la entrada del puerto, con fosos abiertos en la roca y defensas en la parte de tierra. Los barcos de Perucho Morán, casi todos galeazas, regresaron a España, por ser bajeles de poco servicio en la costa, y fueron remplazados por cuatro galeras mandadas por el almirante Diego Brochero. Un personaje de vida aventurera, típico en la España de aquellos tiempos.

Brochero

Natural de Salamanca, Brochero fue capturado por los turcos cuando navegaba en las galeras de Malta rondando la costa de Sicilia en 1570, y como galeote sufrió las durezas del cautiverio varios años, hasta ser rescatado. A partir de ahí se dedicó al corso en aguas del Golfo de Salónica, contando con un galeón y una tripulación corsaria de cien hombres. Para su mala suerte fue capturado por los venecianos en Cérigo y llevado a Venecia. Hubiera sido condenado a muerte de no ser por la intervención del maestre de la orden de San Juan, de la que era caballero, el Papa y el embajador de España, que intercedieron por él.

De regreso en Malta recibió el nombramiento de teniente general de galeras, y lo primero que hizo fue capturar una galera veneciana, que llevó a esa isla para canjearla por el galeón con su tripulación que los venecianos le habían quitado. Por mediación del Papa y el gobierno español, Brochero llegó a un acuerdo que estipulaba el intercambio de la galera por el galeón, pero los venecianos incumplieron el trato y el gobierno español, para evitar males mayores, ordenó trasladar a Brochero a las escuadras que protegían el litoral de Italia. Se hallaba auxiliando a la Liga Católica en la costa de Provenza, cuando fue convocado para combatir en Bretaña, con la misión de apoyar al contingente español desembarcado, lo que cumplió con notable acierto. Tras capturar algunas naves enemigas, Brochero desembarcó en Murlaix a 200 hombres y efectuó un reconocimiento del puerto de Brest antes de avistar sobre Conquet un convoy de 24 naves holandesas, al que atacó con sus galeras, capturando 7 navíos tras una dura lucha que le costó unas 200 bajas entre muertos y heridos.

Ese invierno, sin embargo, la situación de los españoles desembarcados empeoró radicalmente, con los soldados expuestos a morir de frío y miseria. «Sin vestidos, sin zapatos, atenidos a mermada ración de mazamorra, sin vino ni otra cosa, cual si estuvieran en prolongado viaje a Filipinas», dice el historiador Fernández- Duro.

La misa del Borbón

Después de tomar varios castillos en las cercanías de Nantes, Juan del Águila ocupó Saint-Malo, un importante puerto que no pudo mantener por carecer de tropas suficientes. Pero el tercio quedó en Bretaña, junto a sus aliados bretones, como símbolo de la defensa de la causa de la infanta española al trono francés, aunque la situación se iba deteriorando políticamente en contra de España, tras años de continuas luchas contra las tropas inglesas y francesas que intentaban expulsar a las españolas de sus reductos en Bretaña. En contra jugaba también la Ley Sálica, considerada un dogma de fe por muchos franceses, que apartaba de la sucesión al trono a las mujeres; y el hecho de que muchos católicos franceses vieran con recelo a una reina española, por proceder de un país tradicionalmente enemigo.

Todo eso hizo ganar terreno a los partidarios de Enrique de Borbón, cuyo mayor obstáculo para acceder al trono de Francia era su condición de declarado hugonote. Algo que ni la Liga Católica ni Felipe II estaban dispuestos a tolerar. Pero la traba se eliminó el 23 de julio de 1593, al convertirse el Borbón falsamente al catolicismo y pronunciar la célebre y cínica frase de «París bien vale una misa», y ser coronado rey de Francia al año siguiente.

Entretanto, la relación entre Del Águila y el duque de Mercurio era de mutua hostilidad, pero aun así, el maestre del tercio español consiguió convencer al noble francés para que le ayudara en el socorro de Craon, una plaza sitiada por los hugonotes y los ingleses con unos 7.500 hombres, de los cuales mil de caballería, y 12 piezas de artillería. Por el bando católico luchaban unos 2.000 españoles, con 800 caballos y 500 soldados de infanteria bretones.

Pese a la desproporción numérica, Del Águila obtuvo una señalada victoria, causando al enemigo unos 1.500 muertos y capturando varios cientos de prisioneros, con poco más de veinte bajas de la parte hispana. «No fue mayor la mortandad -dice Fernández-Duro- por estar muy altos los centenos y ocultarse en ellos los fugitivos, buscados con ganas por nuestros soldados, principalmente los ingleses, a los que no daban cuartel en represalia de la inhumanidad que tuvieron con los náufragos de la Armada Invencible en Irlanda, y así lo decían al matarlos.»

Fuerte del Águila

Por entonces las tropas españolas, unos 5.000 hombres, continuaban en Bretaña, y el puerto de Blavet fue reforzado con el fuerte citado, obra de Cristóbal de Rojas, al que llamaron Fuerte del Águila, en honor al jefe de la fuerza expedicionaria. Pero la intención del maestre de campo español no era mantenerse a la defensiva en Blavet, sino tomar la ciudad de Brest, el puerto más importante de Bretaña, desde el que se podían lanzar ataques contra los barcos que cruzaban el canal de La Mancha y contra la misma Inglaterra.

La orden de conquistar Brest partió del rey Felipe II al conocer la victoria de Craon, pero para el tercio español tomar esa ciudad resultaba muy difícil, ya que antes debería derrotar a un ejército anglo-francés, mandado por el mariscal D'Aumont y John Norris, que se interponía en su camino y le doblaba en número. Como ayuda a la empresa, Felipe II envió con Pedro Zubiaur un refuerzo de 2.000 hombres, que los ingleses equilibraron mandando apresuradamente otros 3.000 soldados para la defensa terrestre y 12 naves. De esta forma, al empezar 1594, contando con los refuerzos de España, Juan del Águila disponía de unos 5.500 hombres, con los que acometió la conquista de Brest marchando por la costa.

Del Águila, cauteloso, avanzó con lentitud, realizando continuas marchas y contramarchas para confundir a los espías y desorientar al enemigo, hasta que el 20 de marzo sus tropas alcanzaron los alrededores de Brest, y tras fieros combates cuerpo a cuerpo ocuparon la península de Crozon, al este de la ciudad.

Fiel a su táctica de fortificar con rapidez el terreno conquistado, el jefe español ordenó a Cristóbal de Rojas levantar un fuerte en la parte más oriental de Crozon para taponar la entrada de Brest. En solo 27 días se terminó el fuerte, a pesar de la tortuosa conducta del duque de Mercurio, que negociaba en secreto con el príncipe de Bearne, jefe los hugonotes en Bretaña. Lo denominaron el Fuerte del León, y es conocido también como «La Pointe des Espagnols» (La punta de los españoles): dos medios baluartes de tierra, con puerta en medio, un foso y un puente levadizo. Todo el conjunto quedó reforzado con cuatro culebrinas. Pero D'Aumont respondió reuniendo de inmediato sus fuerzas y avisando a sus aliados ingleses y holandeses. Sus barcos debían bombardear el fuerte mientras él lanzaba un asalto frontal por la estrecha franja de terreno que lo unía al resto de la península.

Con la experiencia de muchos años de combate, Juan del Águila consideró que no tenía tropa suficiente para enfrentar al ejército de D'Aumont, por lo que resolvió dejar una guarnición en el fuerte, con orden de resistir a toda costa, mientras él regresaba a Blavet a reunir más tropas. Con ellas pensaba volver para atacar por sorpresa al enemigo mientras sitiaba el fuerte, y destruirlo entre dos fuegos.

El capitán Tomás de Paredes fue el elegido para defender la fortaleza con su propia compañía y otras dos mandadas por los capitanes Diego de Aller y Pedro Ortiz. En total, los defensores eran poco más de 300 soldados, a cuya protección quedaron varios centenares de mujeres y niños del bando católico.

D'Aumont, al conocer la partida del grueso de las tropas españolas, decidió dividir las suyas. Situó a unos 5.000 soldados entre Blavet y la península de Crozon y con el resto de su ejército inició el asedio al fuerte. Eran 3.000 franceses al mando del barón de Molac y 3.000 ingleses comandados por John Norris, a los que se añadían 300 arcabuceros a caballo, 400 jinetes, las tropas de la milicia de Brest y la artillería. Todo este ejército comenzó a abrir trincheras en torno al reducto sitiado, mientras barcos ingleses y holandeses bombardeaban a los defensores, pero los españoles se defendieron bien, y haciendo fuego desde los baluartes causaron muchas bajas a los atacantes hugonotes, además de realizar frecuentes salidas para estorbar las obras.

Cuando los franceses terminaron de estrechar el cerco, castigaron con artillería gruesa los muros de piedra del fuerte. Con la tierra de las defensas al desmoronarse rellenaron el foso y el barón de Molac asaltó uno de los dos baluartes, en tanto que los ingleses de Morris atacaban el otro.

Entre los muertos

El asalto, con un tremendo intercambio de fuego artillero y de mosquete, duró tres horas, pero los atacantes sufrieron gran cantidad de bajas y pararon su avance cuando los tiros españoles reventaron el polvorín de una de sus baterías, que almacenaba doce barriles de pólvora. La explosión, además de causar muchos muertos, enfrió el ánimo de los atacantes, ya menguado por la fiera resistencia.

Se produjo una pausa que los españoles aprovecharon para retomar fuerzas y reparar los daños causados por los cañones enemigos. Su moral era alta, y cuando se produjo el siguiente asalto, no solo lo rechazaron sino que contratacaron y alcanzaron la trinchera enemiga, causando estragos y dejando inutilizados tres cañones. Cuando Molac consiguió reorganizar a los suyos y ordenó contratacar a su vez, ya era tarde.

Pero a pesar de la heroica resistencia, la situación del Fuerte del León se hacía cada vez más desesperada. La pólvora escaseaba y hubo que usar clavos, objetos metálicos e incluso monedas, como balas. Mientras, las tropas de Juan del Águila, rodeadas de enemigos, avanzaban muy lentamente con el socorro esperado y quedaron bloqueadas en Plomodiern. Sin caballería y escaso de víveres, obstaculizado por las maniobras arteras del duque de Mercurio, a quien los españoles ahora estorbaban en su intento de acercamiento a los hugonotes, Juan del Águila se vio obligado a dar un gran rodeo en su aproximación al sitiado fuerte, para evitar a la caballería hugonote del señor de Membarotte, que le cerraba el paso.

El 18 de noviembre, cuando el tercio de Del Águila se hallaba solo a 20 kilómetros de distancia de Brest, el fuerte sufrió un nuevo ataque que duró todo el día y en el que intervinieron los marinos ingleses. En la acción tomó parte su jefe, el almirante Frobisher, que murió días después malherido en Plymouth. También el gobernador español Tomás de Paredes pereció cumpliendo con su deber, defendiendo el fuerte. Le alcanzó en la cabeza una bala de mosquete y cayó cerca de donde yacía el comandante francés, señor de Romegon, muerto también en ese asalto.

Los sitiados aun hubieron de sufrir un cuarto embate, precedido de una voladura de mina, y esa misma noche cayó el Fuerte del León, más por la traición que por la fuerza. Los ingleses pidieron parlamentar y precedidos de una bandera blanca se acercaron a los muros y se infiltraron en la fortificación al amparo de la oscuridad. El único oficial vivo que quedaba, un alférez, no advirtió a tiempo el ardid y los ingleses consiguieron entrar por una de las brechas y pasaron a cuchillo a cuantos hallaron dentro, tanto mujeres y niños como soldados. Avergonzado por esta acción de los británicos, el mariscal francés ordenó que se respetara la vida de nueve soldados que habían conseguido ocultarse entre los muertos o descolgarse por el muro. El jefe francés actuó en esta ocasión con nobleza. No solo protegió a los soldados, sino que los envió a Juan del Águila con una carta en la que daba explicación de lo ocurrido y encomiaba el valor demostrado por los defensores españoles.

Antes de leer la carta, Juan del Águila se encontraba a solo 10 kilómetros del fuerte, y cuando vio llegar a los nueve supervivientes se dejó llevar por la cólera.

-¿De dónde venís, miserables?- les gritó.
-De entre los muertos- contestó uno de ellos.
-Pues con ellos debisteis quedar, como teníais ordenado- les recriminó el jefe español.

Los sitiadores pagaron cara su victoria. La enfermedad, los asaltos y el frío les causaron más de 5.000 bajas, y en los combates, además del señor de Romegon, perdieron también la vida el almirante Frobisher y el mariscal de campo Liscoet. D'Aumont, en homenaje al valor de los defensores, ordenó que el cuerpo de Paredes fuera enterrado con honores militares en la iglesia principal de Brest, junto a Romegon.

Tras la caída del Fuerte del León decayó el interés español por la guerra en Bretaña, aunque aun continuaba la actividad de las naves de Brochero y Pedro de Zubiaur desde el puerto de Blavent.

Aunque en Brest ya no quedaron españoles, gracias a las victorias de los tercios en el norte de Francia parte del ejército francés que luchaba en Bretaña tuvo que dirigirse rápidamente a la frontera flamenca, y eso alivió la situación del tercio de Juan de Águila quien, aprovechando ese respiro, vio la ocasión de organizar una expedición de castigo contra Inglaterra por su ayuda a Enrique IV de Francia.

Como señala A.L. Rowse en su libro Tudor Cornwall, en enero de 1595 las tropas inglesas en Bretaña se retiraron tras haber contribuido a que los españoles no tomaran Brest, pero eso dejó a las galeras que estaban en Blavet el campo libre para incursionar en la costa inglesa. Mientras, Drake y Hawkins estaban preparando en Plymouth lo que sería su último viaje a las Indias Occidentales, en el cual ambos morirían.

Conocer estos preparativos era muy importante para España, y en mayo una embarcación ligera, con 16 tripulantes y 24 soldados españoles, salió de Blavet y se presentó en la bahía de Falmouth, a poca distancia de Plymouth, donde capturó un barco de pescadores que fueron llevados a Bretaña y allí interrogados. Por fortuna para los británicos, los pescadores no pudieron informar gran cosa sobre la expedición que se preparaba, excepto que incluía unos cien barcos y estaba a las órdenes de Drake.

Finalmente, el 2 de mayo de 1598 se firmó la paz de Vervins, por la que España devolvía a Francia todas las plazas conquistadas en Bretaña, a cambio de que Francia desocupara otras que había tomado en el Charolais y en Flandes. El rey de Francia pidió la entrega del puerto de Blavet, pero los españoles insistieron en demolerlo antes de retirar a la guarnición. Cuando se firmó la paz, el puerto fue evacuado, y soldados, pertrechos y artillería fueron embarcados en las naves de Pedro de Zubiaur. Solo quedaron en tierra 60 hombres muy enfermos.

Juan del Águila y su tercio regresaron a España y fueron destinados a Cádiz, desde donde realizaron frecuentes salidas al mar para escoltar a los galeones que venían de América y protegerlos de los ataques corsarios.

El desembarco en Cornualles

Durante el tiempo que estuvo en Blavet, contando con la relativa seguridad que le proporcionaba la menor presión del ejército francés en Bretaña, Juan del Águila decidió atacar los puertos ingleses, de acuerdo con el consejo del almirante Diego Brochero, jefe de la flota en la que debía embarcar a sus tropas. Brochero era un ferviente partidario de la acción conjunta de unidades navales y fuerzas terrestres, y había conseguido reunir una flotilla de 4 galeras, 6 filibotes y 4 zabras, que propuso utilizar para efectuar un desembarco en la costa inglesa de Cornualles.

Con intención de llevar al plan a cabo, el almirante español aprestó las cuatro galeras disponibles. Nos han quedado sus nombres: Capitana, Patrona, Bazona y Peregrina. En ellas se embarcaron tres compañías de infantería a las órdenes del capitán Carlos de Amézquita o Amézola, que de ambas maneras figura en las crónicas. Era una fuerza de alrededor de 400 soldados entre piqueros y arcabuceros. Tropa mal abastecida pero muy dura, veterana del tercio de Sicilia, que llevaba tiempo guerreando en Bretaña contra franceses, ingleses y holandeses, viviendo con frecuencia de lo que podía capturar al enemigo.

Con esa escasa tropa, Del Águila tomó el puerto bretón de Pennmarch, en manos de los hugonotes, para aprovisionarse. La captura, además de vituallas, le proporcionó casi 6.000 ducados para la expedición, y con las primeras luces del día 23 de julio de 1592, las cuatro galeras españolas se presentaron frente a la costa británica de Cornualles en Mousehole, un buen puerto pesquero situado entre los cabos de Land's End y Lizard, en la bahía de Mount Bay.

Los españoles desembarcaron cerca de Mousehole y la población huyó ante el inesperado ataque. El pueblo fue destruido con la sola excepción del «pub» del lugar, que -al parecer- pertenecía a un tal Jenkin Keigwin, el cual pereció con honor defendiendo su taberna.

No resulta difícil imaginar la sorpresa y el pánico de aquellos lugareños de la apartada región de Cornualles al ver aparecer de repente ante ellos a las aguerridas tropas españolas. Aterrados, huyeron a las poblaciones vecinas de Newlyn y Penzance, donde por casualidad se encontraba uno de los dos gobernadores en funciones del condado de Penwith y las islas Scilly, situadas en la punta más occidental de Inglaterra. Por entonces, ese remoto territorio dependía de dos gobernadores, Richard Carew y su pariente Francis Godolphin, afamado jugador de ajedrez.

Pensando que el ataque a Mousehole era la vanguardia de una gran invasión, Godolphin envió un mensaje urgente a Plymouth, donde se hallaba fodeada una escuadra al mando de Francis Drake y John Hawkins, y mientras aguardaba la ayuda reunió a la milicia local para hacer frente a la amenaza. Por entonces, los españoles habían destruido también la pequeña parroquia de Paul y cuando iban a pegarle fuego a la iglesia anglicana del lugar, el sacerdote que acompañaba la expedición les informó de que aquel templo era muy antiguo y había sido erigido por el venerado san Paul de León, de donde le venía el nombre al sitio. Eso hizo que los soldados respetaran la iglesia, que aun sigue en pie.

Una vez regresados a las galeras, los combatientes del tercio español decidieron pasar la noche en el mar y luego poner rumbo al este para continuar su razzia. A la mañana siguiente desembarcaron cerca de Penzance, y el capitán Amézquita ordenó situar una escuadra de soldados en una colina próxima para otear el acercamiento de tropas enemigas. Los españoles supieron así que la milicia local (a las órdenes de Godolphin) se estaba reagrupando, y sin pérdida de tiempo atacaron la ciudad.

Un intento de Godolphin por resistir en la plaza del mercado de Penzance resultó infructuoso. Los mil quinientos milicianos de su fuerza no eran enemigos para aquellos veteranos españoles, y a los primeros cañonazos disparados desde las galeras se desbandaron.