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Letras
Kerouac en el inframundo chilango
Comienzo de Tristessa, la única novela íntegramente mexicana de la Generación Beat.
Jack Kerouac
Tristessa es el canto de amor platónico de Kerouac a una prostituta adicta a la morfina y mediadora entre William Garver y Bill Burroughs y los bajos fondos del hampa y de la droga. Y es también una magnífica muestra de su estilo, al que llamó "prosa espontánea", que se hallaba perfectamente consolidado en el momento de escribirlo. Una voz propia cuya evolución se puede observar ahora gracias a Penguin, que acaba de publicar su primera novela, El mar es mi hermano, considerada por el propio Kerouac como "un tarro de mierda". A continuación ofrecemos el comienzo de Tristessa, editada recientemente por Escalera con unas magníficas ilustraciones de Daniel Orviz.Voy en un taxi con Tristessa, borracho, con un botellón de bourbon Juárez en la mochila para enseres ferroviarios que me acusaron de robar en un tren en 1952. Estoy aquí en Ciudad de México, tarde lluviosa de sábado, misterios, me asaltan viejos sueños de aceras sin nombre, el callejón que recorrí entre lóbregos indios vagabundos envueltos en sus rebozos trágicos hasta el llanto bajo los que creí adivinar destellos de navajas. Sueños lúgubres y trágicos como ése que tuve aquella Otra Noche Ferroviaria donde mi padre aparecía acuclillado en un vagón nocturno para fumadores, afuera un guardafrenos portaba luces blancas y rojas y alumbraba los vastos y tristes raíles de la vida. Sin embargo ahora despierto en esta meseta Vegetal, México, bajo la misma luna de Citlapol con la que tropecé hace tres noches en una azotea somnolienta camino de ese baño ancestral de piedra que no deja nunca de gotear. Tristessa está colocada, hermosa como nunca, contenta de volver a casa y de disfrutar de su morfina ya en la cama.
La noche anterior la pasé con ella en un silente y lluvioso ir y venir de barra en barra, cenando pan y sopas y bebiendo ponche Delaware a media noche; luego me alejé y en la cama tuve una visión en la que Tristessa yacía entre mis brazos, la rareza de sus adorables pómulos aztecas, esa muchacha india de pestañas misteriosas y ojos de Billy Holliday me hablaba con voz melancólica, como la de esas actrices vienesas tipo Luise Rainer, rostros tristes que hicieron llorar a Ucrania entera en 1910.
Su piel se tiende y se ondula gloriosa sobre mejillas de pera ósea, sus pestañas largas y tristes, resignación mariana, complexión de café amelocotonado y asombrosos ojos de misterio inexpresivo como las profundidades de la tierra, mitad desdén, mitad lamento dolorido. «Estoy enfeerma», nos dice siempre a Bull y a mí en el patio. Estoy en Ciudad de México, loco y desmelenado y montado en un taxi, dejando atrás el Cine México para internarnos en un atasco bajo la lluvia mientras chupo de la botella. Tristessa gesticula para explicarme que anoche, tras subirla a un taxi, el chófer lo intentó con ella y tuvo que darle un puñetazo, noticia que nuestro taxista recibe sin comentarios. Nos dirigimos a su casa para colocarnos. Tristessa me ha advertido que está hecha un desastre porque su hermana se pasa el día borracha y enferma, además El Indio estará allí también con su semblante majestuoso y una aguja de morfina clavada en el brazo, mirándote con ojos vidriosos a la espera de que el pico encienda la deseada mecha y luego decir «Umm-za... Bendita aguja azteca en mis carnes en llamas», mirándolo todo como un todo, igual que aquel tiparraco que me mostró el número 0 la vez anterior que me bajé a México en busca de otras visiones. El extraño tapón mexicano de mi botella de whisky amenaza con aflojarse y me preocupa que la mochila termine macerada en Bourbon 86 proof.
El taxi se abre paso por un bullicio callejero de sábado noche semejante al de Hong Kong, avanza despacio por las callejuelas del mercado hasta salir a la calle de las putas donde nos bajamos por detrás de los puestos de fruta y antojitos y tacos, todos con sus bancos fijos de madera. Estamos en la depauperada Colonia Roma.
Le pago al taxista, 3,33, le doy 10 pesos y le pido seis de vuelta, los guardo sin rechistar y me pregunto si Tristessa me tomará por uno de esos gringos beodos que vienen a México a despilfarrar. Pero no hay tiempo para conjeturas y nos apresuramos por las resbalosas aceras bañadas en destellos de neón y velas de minoristas de nueces expuestas sobre toallas extendidas. Embocamos rápido el callejón pestilente camino de su guarida en esa colmena de dos pisos. Pasamos junto a cubos bajo grifos y goteras y niños y ropa tendida hasta su puerta de hierro enquiciada en adobe y abierta así que pasamos a la cocina al tiempo que la lluvia se desliza aún por las hojas y tablones que techan la cocina, colándose y cayendo en un rincón enmohecido lleno de mierda de gallina, en el cual, milagrosamente, detecto también la presencia de un gatito rosado que hace pis sobre un manojo de quingombó y pienso para pollos. El dormitorio interior está atestado de basura y todo revuelto como por obra de un loco, periódicos descuartizados y pollos picoteando granos de arroz y restos de sándwiches por el suelo. En la cama yace enferma la hermana de Tristessa enfrascada en un cobertor rosa, resulta tan trágico como la noche en que dispararon a Eddy en la lluviosa Calle Rusia.
Tristessa está sentada al borde de la cama ajustándose sus medias de nylon, tirando de manera absurda de ellas hacia arriba con los zapatos puestos mientras su rostro ausente observa los esfuerzos con labios fruncidos. Contemplo cómo entorna compulsiva los pies hacia dentro cada vez que se mira los zapatos.
Es una chica preciosa, me pregunto qué dirían mis amigos en Nueva York y San Francisco y qué ocurriría si la vieran con gafas oscuras avanzando con su lento caminar bajo el sol de Canal Street, tratando de abrocharse el quimono al chubasquero sin importarle que el quimono haya de abrocharse al abrigo, halando sin parar, torpe, diciendo en plena calle «ahí viene un taaxi» -ahí ho ahí ho -te traeré la lana de vuelta. Lana sollozante. Lana que me recuerda a mi vieja tía francocanadiense de Lawrence, «No quiero tu lana sino tu amour», amor es amour, es la ley, el amor es la ley -Lo mismo que Tristessa, siempre tan colocada, enferma, chutándose diez gramos de morfina al mes -Tambaleando su belleza por las calles mientras la gente se vuelve para mirarla -Sus ojos brillan radiantes sobre mejillas bañadas en rocío y su pelo indio es negro y fresco y aceitoso y le cuelga de la espalda en 2 trenzas que dejan atrás el resto recogido en rulos (su pelo es una auténtica catedral india) -A cada momento baja la vista hasta sus zapatos nuevos, en absoluto escuálidos a diferencia de sus pantorrillas por las cuales se escurren todo el rato unas medias de nylon que no para de ajustarse compulsivamente una y otra vez mientras tuerce los pies -Uno podría imaginarse a esa preciosidad en Nueva York, con una falda amplia a la moda, suéter cachemir de Dior rosa ajustado y sus ojos y sus labios seguirían ahí igualmente poniendo el resto. Aquí en cambio vive reducida por la pobreza y obligada a vestirse con tristes harapos de dama india, como todas ésas que pueblan la lobreguez de los portales como agujeros en la pared y nunca como mujeres -sus ropas- hasta que miras de nuevo y descubres la nobleza y el coraje de esas Señoras, madres, mujeres, Vírgenes María de México -Tristessa tiene una imagen enorme de la Virgen María en un rincón de su cuarto.
Preside la estancia, hacia la pared de la desolada cocina, desde la esquina derecha se proyecta hacia ésta, por cuyo techo de ramas y tablones podridos se filtran inefables goteras (refugio devastado por las bombas) -El icono representa a la Santa Madre asomándose bajo su manto azul, con su túnica y sus arreglos de Gran Dama, a la que El Indio dirige sus plegarias cada vez que sale a pillar algo de mierda. El Indio, supuestamente, es vendedor de baratijas -Pero yo nunca lo he visto por San Juan Letrán vendiendo crucifijos, en realidad jamás lo he visto en la calle ni en Redonda ni en ninguna parte -La Virgen María tiene encendida una vela, de esas baratas en vaso de vidrio que tardan semanas en consumirse, como las incansables ruedas de oración tibetanas que nos acercan al Buda Amida -Sonrío al ver tan adorable imagen.
Junto a ella fotografías de los muertos -Cuando Tristessa alude a los «muertos» entrelaza ambas manos en actitud sacra, manifestando así su creencia azteca en la Santa Muerte, así como en la santidad de la esencia -Por eso tiene una foto de mi difunto y viejo amigo Dave, que murió a los 55 de una subida de tensión -Su rostro indogreco nos mira desde la borrosa palidez de la fotografía. No consigo verlo en medio de la nieve. Seguro que está en el cielo, con las manos en V, en el éxtasis eterno del Nirvana. Es por eso que Tristessa junta las manos y reza y dice: «Quiero a David», y cierto que amó a su antiguo maestro, a ese hombre mayor enamorado de una jovencita. Adicta desde los 16. Él, que también era un drogota callejero, la sacó de la calle y redobló sus esfuerzos hasta que dio por fin con otros yonkis más acomodados y le enseñó cómo vivir -Solían caminar cada año hasta Chalmas donde subían parte del cerro de rodillas hasta el santuario repleto de muletas abandonadas por los peregrinos que sanaban de sus males y pilas de paja en la niebla en las que dormían al abrigo de mantas y chubasqueros -para volver luego, devotos, hambrientos, sanos, a la luz de las velas de la Virgen y hacerse de nuevo a las calles en busca de morfina -Sólo Dios sabe de dónde la sacarían.
Me siento a admirar a la majestuosa madre de los que aman.
No hay forma de describir la horrible sordidez de esos agujeros en la techumbre, el halo marrón de la noche citadina en esas alturas verde vegetal sobre los tornos blakenianos de los tejados de adobe -El estruendo de la lluvia en el Valle norte del Actopan -Chicas hermosas surcan a la carrera los charcos de las alcantarillas -Perros que ladran a los coches -La vacua llovizna inquieta, la pétrea frialdad de la cocina y el portón de hierro reluce mojado -El perro aúlla de dolor en la cama. El perro es una madrecita chihuahua larga de doce pulgadas, de patitas delgadas y negras pezuñas, una criatura tan «fina» y delicada que apenas la tocas chilla de dolor como si la mataran -«S-í-i-p»- Lo más que puedes hacer es acercarle la mano y dejar que te olisquee las uñas y el pulgar con su naricita húmeda (negra como la de un toro). Una dulce perrita -Tristessa dice que está en celo y por eso llora -El gallo chilla bajo la cama.