Image: La mujer que se fue a caballo

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Letras

La mujer que se fue a caballo

Por D. H. Lawrence

El Cultural
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D. H. Lawrence

Gallo Nero

La mujer que se fue a caballo fue escrito en 1925 cuando Lawrence acababa de volver de México, etapa de su biografía de la que se ha hablado poco pero que representó un momento clave en su poética y en su concepción de la vida. De esta experiencia nace la historia de este libro: una mujer de poco más de 30 años, infeliz, casada con un hombre mayor que ella y a menudo ausente, decide coger un caballo e ir en busca de las comunidades indias que viven más allá de las montañas. Es un acto de rebeldía, liberatorio e impulsivo que la lleva a recorrer un camino interior y espiritual hacia una nueva sensibilidad. Lectura fascinante y conmovedora que nos adentra en un universo erótico y primitivo, nostalgia de un mundo que la modernidad nos ha hecho olvidar. A continuación ofrecemos un framento de la obra.


Hasta el momento no habían visto a nadie. Pero entonces aparecieron dos hombres con la cabeza descubierta y largas cabelleras trenzadas que vestían una especie de blusón blanco remetido por el taparrabos. Acompañaron a los tres recién llegados por el jardín, en el que brotaban flores rojas y flores amarillas, hasta una casa baja y alargada a la que entraron sin llamar.

El interior estaba en penumbra y se escuchaba un murmullo bajo de voces masculinas. Había varios hombres presentes, se distinguían sus blusones blancos en la penumbra; los rostros morenos, en cambio, eran invisibles. Estaban sentados sobre un largo tronco de madera vieja que iba de una punta a otra de la pared del fondo y, salvo por aquel madero, la habitación parecía vacía. Aunque no, en la oscuridad de un rincón había un jergón, una especie de lecho sobre el que había alguien echado y tapado con pieles.

El indio anciano del sarape moteado que la había acompañado hasta allí se despojó entonces del sombrero, el manto y las sandalias. Dejándolos a un lado, se acercó al jergón y habló en voz baja. La respuesta tardó en llegar. Acto seguido, cual visión se incorporó un viejo con una melena nívea que le colgaba a ambos lados de la cara apenas visible; se quedó recostado sobre un codo y miró nebulosamente a los que le rodeaban, en un silencio tenso.

El indio de pelo gris volvió a hablar, y al cabo el joven cogió a la mujer de la mano y la hizo pasar. Vestida aún con su ropa de montar de lino, las botas y el sombrero negros y el guiñapo rojo que llevaba ya por lazo, permaneció allí inmóvil ante el lecho de pieles del viejo viejísimo, que seguía incorporado sobre un codo e inclinado hacia ella para observarla, lejano como un espectro, con el pelo blanco en caóticos afluentes y el rostro casi negro, pero con una determinación distante que no era de este mundo.

Tenía la cara tan vieja que parecía cristal oscuro, y de los labios y la barbilla le brotaban unos escasos caracoles blancos bastante insólitos. Los largos tirabuzones blancos le caían sueltos y desordenados a ambos lados del vidrioso rostro moreno. Y bajo una desvaída línea de cejas blancas los ojos negros del viejo jefe la miraban como desde la muerte lejana, lejanísima, viendo algo que nunca habría de ser visto. Por fin articuló unas palabras cavernosas y profundas, como si le hablase al aire oscuro.

-Pregunta si trajo usted su corazón al dios de los chilchui -tradujo el indio joven.

-Dile que sí -respondió como una autómata.

Se produjo una pausa. El viejo volvió a hablar, como al aire. Uno de los hombres que estaban presentes salió. Había un silencio como de eternidad en aquella habitación tenebrosa apenas iluminada por la puerta entreabierta.

La mujer miró a su alrededor. En el tronco pegado a la pared frente a la puerta había sentados cuatro ancianos de pelo gris. Otros dos hombres estaban plantados, poderosos e impasibles, al lado de la puerta. Todos ellos llevaban largo el pelo y vestían blusones blancos remetidos por el calzón. Las piernas, vigorosas y morenas, estaban al aire. Había un silencio igual que eternidad.

Por fin regresó el hombre, con unas ropas blancas y oscuras echadas por encima del brazo. El joven indio las cogió, se las tendió a la mujer y le dijo:

-Tiene que quitarse su ropa y ponerse esta.

-Cuando salgan todos los hombres -respondió ella.

-Nadie le hará daño -le dijo muy sereno.

-No mientras sigan ustedes aquí.

El indio miró a los dos hombres que había en la puerta y que al instante se adelantaron para agarrarla por los brazos, sin hacerle daño pero con mucha fuerza. Se le acercaron luego dos de los ancianos y con insólita destreza le cortaron las botas de arriba abajo con unos cuchillos muy afilados, se las quitaron y le rasgaron la ropa, que se le desprendió. En cuestión de segundos quedó expuesta en toda su blancura. El anciano del lecho habló y la giraron en redondo para que la pudiese contemplar bien. Volvió a decir algo y el indio joven quitó con maña las horquillas y la peineta del pelo claro de la mujer, que le cayó sobre los hombros en un moño desmadejado.

El anciano habló una vez más y el indio la llevó ante el lecho. El viejo encanecido de moreno vidrioso se humedeció la punta de los dedos y con gran delicadeza le tocó los pechos, el torso y la espalda; y a cada vez la mujer sintió un extraño estremecimiento cuando las yemas le recorrían la piel, como si la Muerte en persona la estuviese tocando.