Lobo-Antunes

Lobo-Antunes

Letras

Buenas tardes a las cosas de aquí abajo

1 abril, 2004 02:00

António Lobo Antunes

Traducción Mario Merlino. Mondadori. Barcelona, 2004. 602 páginas. 24,50 euros

Hay dos elementos textuales en el entorno de esta extensa novela de António Lobo Antunes, recientemente aparecida en Portugal, que sirven de aviso a sus posibles lectores y les adelantan cuán esforzada deberá ser la actitud que habrán de adoptar en esa obligada transacción que representa todo acto de lectura.

El primero de esos paratextos es el propio título, un tanto críptico hasta que nos lo aclara el lema tomado de Enrique Vila-Matas que el escritor ha escogido junto a otro de Virgilio. Resulta que Valèry Larbaud, amigo de Joyce y prologuista de la edición inglesa de la primera novela en monólogo interior, Les lauriers sont coupés, cuando se sumió en una confusión total del lenguaje, fruto de su deterioro cognitivo y mental, sorprendió un día a sus amigos con la frase Bonsoir les choses d’ici bas. Y esta referencia, que nos habla de las rupturas posibles del código expresivo común, se complementa con el otro elemento paratextual al que nos referíamos, en este caso una advertencia a los lectores, impresa en la contraportada, en la que se les pide caminen por el texto “como por un sueño porque en sus claridades y en sus sombras se irán encontrando los significados de la novela”.

Significados que, si hemos de hacer caso a las declaraciones del autor, no tienen por qué ser perseguidos como si fuesen el meollo de la obra. Lobo Antunes pone en duda que la clave de la lectura sea comprender, y cuestiona qué sería lo comprensible, renunciando aparentemente a que tal cosa fuese la intención narrativa del propio autor. Contradice así aquella máxima atribuida a Henry James según la cual la única obligación que se le puede exigir a una novela es que cuente algo interesante, práctica que la narrativa posmoderna ha convertido en su regla de oro. En definitiva, los términos del pacto que Lobo Antunes propone a los lectores son libérrimos para él y muy exigentes para su público, que en Buenas tardes a las cosas de aquí abajo encontrará una sorprendente inflexión en la trayectoria de su autor. Pero de antemano el reto está sentenciado a favor del escritor, porque para él el verdadero artista tiene siempre razón, y es su lector insatisfecho el que no comprende.

En una página leemos, por caso, “No llueva, padre” [sic], que nos recuerda, por su incongruencia, aquella otra del Vardaman faulkneriano en As I Lay Dying: “My mother is a fish”. Lobo Antunes tiene, en efecto, la valentía de echar su vista atrás, en estos tiempos de tantas facilidades narrativas, y encontrarse con los grandes renovadores del modernismo, con cuya atmósfera de esquematismos y de vacíos conecta tanto como con el concentrado universo de un Juan Rulfo. Se trata aquí de la Angola postcolonial a la que son enviados, en misión secreta relacionada con el tráfico de diamantes, ciertos agentes del Servicio de inteligencia portugués: Seabra, Miguéis, Moráis... Entre ellos y otros personajes, también femeninos, entre los que destaca Marina-Anabela, se tiende una sutil red de inextricable descifrado. Identidades confusas y nombres posiblemente intercambiables sumergen al lector en una atmósfera obsesiva en la que como en Faulkner y Rulfo determinados animales -los tucanes, los licaones...- reaparecen una y otra vez a modo de emblemas telúricos. Ruptura del tiempo, del espacio y de la coherencia en cuanto a la enunciación narrativa son otros tantos signos constitutivos de esta novela en consonancia con una escritura y una disposición de la página poco comunes, que remedan a veces las de los poemas, y que para estimular más si cabe la cooperación del lector dejan palabras truncas, las preposiciones, los posesivos y los artículos sin sus correspondientes sustantivos, utilizan el pronombre en función nominal y recurren al blanco tipográfico para sellar abruptamente frases sin final. No carece Buenas tardes a las cosas de aquí abajo de una cierta dimensión metanarrativa, por la que el autor reflexiona sobre el propio discurso que esté generando, y todas sus expresiones en esta línea hablan de esa dificultad que nos abruma como si estuviésemos ante “el espejo empañado donde lograrías escribir con el dedo frases desprovistas de relación unas con otras” (pág. 499).