Alcalá Zamora pronuncia  el discurso de apertura  de las Cortes constituyentes el 14 de julio de 1931. Foto: Alfonso / Centro Documental de la Memoria Histórica

Alcalá Zamora pronuncia el discurso de apertura de las Cortes constituyentes el 14 de julio de 1931. Foto: Alfonso / Centro Documental de la Memoria Histórica

Historia

'Triste y agria': intrahistoria de una Segunda República al borde del precipicio

Demetrio Castro estudia en un libro las fuerzas internas que malograron el sistema político surgido en 1931.

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Ortega admitió, en el mismo año 1931, que “nos han hecho una república triste y agria”. Este dictamen sombrío da título a este ensayo de Demetrio Castro (1941) en torno a lo que el autor aclara en el subtítulo como “intrahistoria” de la República, un intento de comprender, desde la perspectiva de la cultura política, “las fuerzas internas” que la malograron.

Triste y agria. Intrahistoria de la Segunda República

Portada de 'Triste y agria. Intrahistoria de la Segunda República'

Portada de 'Triste y agria. Intrahistoria de la Segunda República'

Demetrio Castro

Encuentro, 2026
486 páginas. 24 €

Castro entiende que la República fracasó como régimen político por su dinámica interna desde el momento de su proclamación. Aclara que ello no quiere decir que estemos ante una especie de Estado fallido que nace inevitablemente quebrado, puesto que la España republicana alcanza pronto reconocimiento internacional, cuenta con una constitución, un sistema parlamentario y comicios regulares en los que participan múltiples partidos.

Además, mantuvo una estructura legal coherente, fue capaz de restaurar el orden cuando se puso en peligro, al menos hasta 1936, albergó una prensa libre y diversa y permitió una de las etapas cultural y educativamente más brillantes de la historia reciente.

A pesar de ello, la República sufrió frecuentes sublevaciones y golpes, vivió un clima de enfrentamiento muy intenso y pasó de la violencia verbal a la física con inquietante frecuencia. En definitiva, la impresión de que el régimen siempre está al borde del precipicio se extendió en su época y se ha mantenido hasta hoy, quizá porque hay abundantes elementos de esa cultura política republicana que se han valorado retrospectivamente, a la luz de lo acaecido en julio de 1936.

Castro estudia estos elementos distorsionadores de la estabilidad del régimen. Así, aborda el tortuoso camino hacia la Constitución, el uso partidario de las instituciones, las irregularidades electorales, la instrumentación de las leyes, las arbitrariedades de los gobiernos, el anticlericalismo y otras formas de intolerancia, la acumulación de armas por partidos, organizaciones juveniles y sindicatos, mientras el término “guerra civil” resonaba cada vez más en la conversación pública.

Demetrio Castro, autor de 'Triste y agria. Intrahistoria de la Segunda República'.

Demetrio Castro, autor de 'Triste y agria. Intrahistoria de la Segunda República'.

Es evidente que la República nunca se desembarazó de lo que hoy denominamos polarización o dialéctica de bloques, que el lenguaje político enraizó en la amenaza y en la negación del adversario, que muchos consideraban la violencia un legítimo instrumento para imponerse, que la cadena acción y reacción en realidad consistió en una sucesión de venganzas, y que seguramente ninguno de los partidos y asociaciones que fueron surgiendo creía de verdad en el sistema constitucional ni respetaba la competencia leal entre adversarios.

Ahora bien, estos mismos rasgos los encontramos, con mayor o menor intensidad, en los otros estados europeos contemporáneos. En teoría había muchos regímenes constitucionales, pero en la práctica estaban sometidos a similares tensiones de funcionamiento y presionados por fuerzas, desde uno y otro extremo del espectro ideológico, que aspiraban a imponer su versión del totalitarismo, fuera revolucionario marxista o fascista nacionalista, y aplastar la democracia formal.

Eso ocurrió también en España, donde el abanico político abarcaba todos los radicalismos, con milicias de partido dispuestas a la violencia y al atentado de matriz ideológica, con una juventud radicalizada que convertía en héroes tanto a los mártires como a sus asesinos.

Los rasgos estudiados por Castro, que zarandearon el régimen republicano y que en pocos años acabaron con él, no son privativos de España ni conducían necesariamente a un golpe militar, una guerra fratricida y una larga dictadura. Constituyeron un panorama triste y agrio, es cierto, pero no más que el de la Europa de su tiempo.