Un momento de 'Taverna Miresia'. Foto Mario Bella Anastasia

Un momento de 'Taverna Miresia'. Foto Mario Bella Anastasia

Teatro

Mario Banushi, nuevo fenómeno del teatro europeo: el dolor perpetuo de la migración

El director acredita a su paso por la Bienal de Venecia de Teatro, donde ha sido galardonado con el León de Plata, su poderosa imaginería con 'Trilogía de la muerte'.

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Venecia
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Mario Banushi cultiva un realismo crudo sin concesiones. Las atmósferas que recrea en sus escenografías rezuman la cotidianidad humilde y precaria en la que vive la mayoría de la gente. En Taverna Miresia, una de las dos obras de su Trilogía de la muerte que pudimos ver en la última Bienal de Venecia de Teatro, mete todo el ‘relato’ dentro de un baño con sus manchas de humedad, su lavabo minúsculo y su plato de ducha con cortina de ducha de plástico barata. Sobre este último, aparece el propio Mario Banushi, con el agua corriendo sobre su cuerpo desnudo. De fondo, suena la salmodia monocorde de una radio.

De esa sencillez parte el montaje de uno de los nombres de la escena europea que más ha crecido en los 3 o 4 últimos años. Hoy es una de las figuras más demandadas en los grandes cónclaves teatrales del continente. En la última Bienal de Venecia, además, ha sido reconocido con el León de Plata (el de oro fue a manos de Emma Dante). En su Trilogía de la muerte (Ragada; Goodbye, Lindita; y Taverna Miresia) destila un pasado difícil, el de un joven que con solo seis años emigró de Albania a Grecia, donde había nacido y hubo de retornar. Un chico que arrastra la pobreza de su familia y la confusión de vivir a caballo entre dos culturas, entre dos lenguas.

Quizá de esa sensación de sentirse perdido entre lo extraño y lo propio deriva la mudez de sus montajes. No hay apenas palabras. En Taverna Miresia no concurren para enterrar al padre de Banushi, que es el trauma que impulsó este trabajo. Así -Taverna Miresia- se llamaba precisamente el bar que regentaba el progenitor. Nos lo presenta con un luminoso a la vieja usanza que cruza el escenario en diversas ocasiones. La obra es un ritual de luto, dolor y purificación por la pérdida.

La ‘instalación’ costumbrista deviene un espacio donde acontecen chispazos surreales: del suelo crecen hierbas, irrumpe música tecno, danzan plañideras desnudas… El baño muta en bar en el que conectan dolor y trance, liturgia y redención. Hay una fuerza expresiva críptica pero a la vez clarividente. Lo que muestra desconcierta pero trasluce sus motivaciones: aquí el sentimiento de nostalgia por el padre que ya no está.

En Ragada, la primera obra de Banushi, que no llega a la treintena, pone en cambio el foco sobre la madre. El carácter doméstico de los montajes del director grecoalbanés se refuerza al montar la pieza en una casa, no en un teatro. Esta obra fue la que detonó su fama, tras formarse en la Escuela de Arte Dramático de Atenas. Estrenada en una casa de la capital griega, el boca a boca la convirtió en un reclamo que generaba colas larguísimas para verla.

'Ragada'. Foto: Biennale di Venezia

'Ragada'. Foto: Biennale di Venezia

Es un retrato de las penalidades femeninas en el matrimonio canónico de las clases depauperadas: del lacerante parto al encierro depresivo en la cocina (Banushi se recrea con lo sensorial para reflejar este cautiverio: fríe un huevo, hace masa de pan…). Una vida de abnegación y renuncia, entregada al cuidado de los demás, sin el más mínimo resquicio para esquivar una rutina aplastante.

Salvo un momento, en el que la madre, vestida con su traje de bodas, escapa por la ventana. ¿O salta por ella? ¿Un suicidio? Un vuelo, en fin, lúcido y triste. La imagen es de un poder hipnótico, más si la ventana se abre a un canal veneciano, como fue el caso. Otro cénit estético es cuando envuelve la cabeza de la madre con la masa que ha elaborado, a la inquietante manera de Magritte. Son momentos que acreditan el poder de este regista para inyectar en la conciencia imágenes perdurables. Tiene mérito en estos tiempos de la bulimia visual en los que el exceso hace todo indistinguible y plano.

Estas dos aproximaciones a la madre y al padre remiten al díptico de Liddell dedicado a sus progenitores (Una costilla sobre la mesa: Padre/Madre). Hay más conexiones con ella: el sentido litúrgico del teatro, la desnudez constante, la hondura de los significados, la crudeza con la que se muestra el dolor y la muerte, la audaz imaginería… Aunque la presencia escénica de Banushi es mucho más discreta, silente casi. La suya es una poética que no se impone. Que no se asesta. Que acoge al tiempo que repele y remueve. Y, por instantes, conmueve.