Cristina Rota. Foto: Marcos G Punto

Cristina Rota. Foto: Marcos G Punto

Teatro

Cristina Rota, maestra y referente de la interpretación: "Sin ideología y sin libido no existe el actor"

En su libro 'Una historia de teatro y resistencia', la actriz y productora disecciona la memoria de una Argentina desgarrada por la violencia, rememora la trágica desaparición de su marido y su exilio en España.

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“Mamá llegó a España con el corazón tan arañado que parecía imposible que pudiera remontar el vuelo”, escriben sus hijos, Juan Diego Botto, María Botto y Nur Levi, en el prólogo de Una historia de teatro y resistencia (Grijalbo).

Cincuenta años después de aquel exilio, Cristina Rota es hoy todo un referente escénico de nuestro país. Fundadora de la alternativa Sala Mirador, por su escuela de interpretación han pasado actores como Penélope Cruz, Ernesto y Malena Alterio, Antonio de la Torre, Nathalie Poza y Alberto San Juan. Además, claro, de sus propios hijos.

Comprometida y fiel valedora de la importancia del arte como transformador social, en estas memorias que nacen con vocación de historia colectiva, rememora su infancia en La Plata, en “un arrabal compuesto por gente indolente que no espera nada”, su pasión por el escenario, su activismo social y político, y la trágica desaparición de su compañero, Diego Fernando Botto.

Pregunta. Aludiendo al título, ¿diría que en su vida hay más teatro o más resistencia?

Respuesta. Las dos cosas. Todo aquel que inicia una carrera tan inmensa como el teatro tiene que saber resistir, porque es una de las artes que te lleva a reflexionar permanentemente. El actor es un significante para el receptor, el espectador, y no solamente tiene que presentar una obra, hay que representarla y hacerse cargo de los sentimientos de miles de seres humanos sin juzgar, y para eso hay que tener una formación humanista muy amplia.

P. Según cuenta, siempre le tocó pelear. ¿Cómo era la Argentina en la que se crio?

R. Complicada. Yo quería que se entendiera nuestra Historia, simple, pero clara. Desde el 55, cuando tenía diez años, nosotros estuvimos bajo la bota militar y siempre en una perenne dictadura. Pero eso nos hizo muy peleones, aprendimos a disfrutar más de la vida y nos hizo más sabios. Era muy importante entonces reconocer al otro, empatizar. Las redes no nos habían vencido todavía.

"Al llegar a España, lo primero era sobrevivir. El sentido del humor fue la forma de mantener la cordura"

P. Durante sus primeros años como actriz aprendió la importancia del teatro social gracias a su gira por la Patagonia. ¿Sigue creyendo que las tablas pueden realmente cambiar las cosas?

R. Si no lo creyera, no seguiría luchando a mi edad por generar pensamiento y curiosidad, ni seguiría intentando dejar un legado. Es muy costoso y doloroso, pero también muy gratificante transmitir la necesidad de que la lectura no muera, que no nos maten los libros, generar esa pasión por la dramaturgia, por nuestros poetas vivos y muertos, por el legado cultural. Nosotros hacíamos teatro en los pueblos y en las villas miseria. La gente salía como actores a representar los conflictos, carencias y sufrimientos a los que estaban condenados por las dictaduras. Sí, esto caló en la Patagonia, evidentemente, y para mí fue un cambio rotundo, porque además me encontré con gente ya activista y con los indicios de lo que pasaría en el 69, con el Cordobazo, que fue la gran revuelta que sucedió en el país.

P. Como testigo de aquellos años, ¿cómo valora la situación actual de Argentina?

R. La gente sigue luchando. Hay manifestaciones multitudinarias casi todas las semanas y no nos pueden matar a todos. A pesar de Milei, acaban de descubrir unas fosas comunes en La Perla, en Córdoba. Quiero decir que, arriesgando la vida, como siempre, pero se sigue luchando. Milei, que es un loco narcisista, caerá. Yo creo en el renacer del hombre y todas las sociedades, desde el principio del mundo, se han levantado sobre sus cenizas.

P. Quizás el pasaje más duro del libro sea el que le dedica a su marido, Diego Fernando Botto, desaparecido durante la represión de Videla. ¿Costó reabrir esa herida o, más bien, nunca se cerró del todo?

R. La desaparición, sabiendo además que un desaparecido antes de serlo es un torturado, es como un torbellino. Las palabras te van llevando por un remolino hasta que se estampa. Recordar, que viene de recordis, es una palabra tan delicada como volver a pasar por el corazón. Y claro que duele. Antiguamente, se consideraba que el corazón era el centro de la memoria y los sentimientos, de modo que el libro entero no pretende hablar sobre mí, sino sobre la memoria. Todos los sociólogos y los psicólogos de los que se nutría la dictadura crearon una palabra que es extraordinaria, desaparecido, que es una tercera identidad, ni vivo ni muerto. De manera que el dolor, el duelo, no se puede terminar nunca. Pero de lo que se olvidaron es de que al estar siempre presente, también lo están para bien y que lo que perdura es la memoria.

P. Después de vivir aquello, decidió venir a España. ¿Qué fue lo peor del exilio?

R. Es muy complejo. Yo nunca sentí que iba a dejar de luchar. Por lo tanto, lo primero que intenté es sobrevivir. Chaplin decía que mantener el sentido del humor era una forma de mantener la cordura. Pero para eso también hay que actuar. El hecho de tener que sonreír ante mis hijos me llevó a una conducta positiva de tratar de saber qué tengo para dar, no qué quiero recibir. Estar solo en un país donde no te conoce nadie te puede llevar a lugares muy oscuros y melancólicos, a una forma muy narcisista que no me gusta.

P. ¿Y cómo lo consiguió?

R. Yo me puse a estudiar Historia española para saber qué le pasaba a este país. Y lo tuve claro, sobre todo, con ejemplos tan maravillosos como Fabià Puigserver con la creación del Lliure, con Sinisterra y su Sala Beckett y con el maravilloso ser humano que era Juan Margallo, que hacían un teatro comprometido. Y comencé aquí a dar clases, monté espectáculos, hice monólogos con todos mis poetas amados y llevé a mis hijos por un camino de mucha alegría, en contacto permanente con el teatro.

P. En 1979 fundó la Escuela de Interpretación Cristina Rota. ¿Cómo ha cambiado el teatro en estos años?

R. Cambiar, cambiar... Evoluciona, lo que pasa es que lo hace dando pasos para adelante y alguno para atrás. Aquella era una época de mucha esperanza y entusiasmo, de mucha pasión y locura. Entonces lo leían todo, todo había que hacerlo y todo se probaba. Hacíamos teatro con los alumnos en cualquier parte. Yo invitaba a las clases a muchos representantes y directores de cine y de teatro, que estaban ávidos por conocer gente nueva, métodos y sistemas nuevos. Luego España fue cambiando y aquel entusiasmo dejó paso a una cierta calma.

P. ¿Y ahora? ¿Cómo ve el panorama actual?

R. Ahora quizás se intenta crear una neohabla, un habla menos rica, con menos adjetivos y adverbios. En las clases de teatro tengo que hacer listas de verbos y adverbios, para hacer renacer el lenguaje y la poesía, para que sigamos construyendo caminos de palabras. Que no nos maten el lenguaje, que no nos maten las ganas de conocer, el espíritu de contemplación de la vida y el estar en la vida con el otro. Sin ideología y sin libido no existe el actor, no existe nada.