Los miembros de The Strokes en 2002.

Los miembros de The Strokes en 2002. Roger Woolman (CC BY 3.0)

Música

Cuando la música 'indie' inundó todos los rincones: auge y caída de una etiqueta que dejó de tener sentido

El libro 'La música indie' cuenta cómo lo marginal se convirtió en fenómeno global a comienzos del siglo XXI.

Aparecen bandas como The Strokes, Radiohead, Bon Iver y Arcade Fire.

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Hace años circulaba una camiseta con una frase graciosísima: “Sad hipster. Just heard his favorite band on the radio” (“Hípster triste. Acaba de escuchar a su banda favorita en la radio”). El mensaje resume bien ese esnobismo algo infantil de los seguidores de la música indie que creían pertenecer a un club secreto de gente con gusto refinado y alejado de las masas.

En su libro La música indie. Una historia cultural (editado en España por Península), el periodista Chris DeVille, editor jefe del medio musical Stereogum, recorre la historia de esa subcultura de bandas underground que había en los noventa y que en los 2000 dio el salto al mainstream, convirtiéndose, paradójicamente, en un fenómeno masivo.

De este modo, la etiqueta “indie” (abreviatura de independiente) se transformó. Al principio se aplicaba, como es lógico, a la música hecha al margen de la industria musical y que se movía en determinados círculos. Pero con el tiempo dejó de ser una cuestión de sellos independientes para convertirse en una estética y un sonido que podía habitar incluso en el corazón de la industria.

En el libro aparecen decenas, si no cientos, de bandas. Desde Pavement hasta Charli XCX, pasando por Radiohead, The Strokes, Arcade Fire, Bon Iver, St. Vincent, LCD Soundsystem, MGMT, Arctic Monkeys, Grimes, The 1975…

Es un libro para leer mientras se escucha la playlist que el autor propone al principio de cada capítulo (en Spotify alguien se ha tomado la molestia de hacer una lista con todas las canciones). Si el lector se toma la molestia de ir reproduciendo cada una de las canciones mencionadas, la lectura de este libro le llevará decenas de horas.

Un concierto de Arcade Fire en 2007.

Un concierto de Arcade Fire en 2007. Tammy Lo (CC BY 2.0)

El recorrido de DeVille se ciñe al ámbito anglosajón y pone el foco especialmente en el indie rock, aunque también dedica capítulos a otros subgéneros como el freak folk (esa nueva ola de folk psicodélico con artistas como Devendra Banhart a la cabeza) o la ola de música electrónica con elementos rock que surgió con Daft Punk y continuó con Justice.

También narra el auge del dance punk y del revival de garage rock en la primera década del siglo XXI. “Muchos de los devotos del indie rock se aficionaron al género porque les removía el alma, pero el mundo en general lo hizo porque le movía el cuerpo”, afirma el autor al comienzo del segundo capítulo, dedicado a bandas como The Strokes, Franz Ferdinand, The Hives, White Stripes y The Rapture.

DeVille combina el género del ensayo con el de las memorias para contarnos en primera persona cómo él mismo se convirtió en un fanático de la música indie. Esa implicación del autor aporta entusiasmo y cercanía, aunque en ocasiones puede hacer que el relato se acerque más a la memoria cultural de una generación concreta (algo muy interesante si eres más o menos de la misma quinta) que a un ensayo histórico riguroso.

Para explicar la historia del indie, DeVille entiende que no basta con hablar de discos. Los blogs musicales, las descargas en MP3, el iPod, MySpace, las series de televisión, el cine, la moda y las nuevas formas de prescripción musical resultan tan importantes como las propias canciones.

Cubierta de 'La música indie', de Chris DeVille.

Cubierta de 'La música indie', de Chris DeVille. Península

Por ejemplo, The O. C., aquella serie de niños pijos en el condado de Orange, California, fue crucial a la hora de convertir determinados grupos y canciones (especialmente las de Death Cab For Cutie, cuya carrera catapultó) en parte del imaginario de una generación. Todo se debió al gusto de su creador, Josh Schwartz, por aquel tipo de música. Y, siguiendo su estela, comedias como Algo en común y series más mainstream como Anatomía de Grey empezaron a incluir canciones indies en sus bandas sonoras. De pronto, Hollywood se volvió indie.

Internet fue también imprescindible para que una escena que había dependido de tiendas de discos, fanzines y pequeños sellos encontrara un público potencialmente mundial. Y, cómo no, la web de reseñas Pitchfork, que se convirtió en la biblia de los melómanos: una buena reseña podía catapultar a la fama de un día para otro, mientras que una reseña negativa podía acabar con tu carrera (la reseña del disco Shine On de Jet, aún en línea 20 años después y con una nota de 0,0, era directamente un vídeo de un mono orinándose en su propia boca).

El libro también explica cómo el indie dejó de ser una cosa de chicos blancos heteros delgaduchos para incluir a las mujeres, a otras razas y otras identidades minoritarias. Además, surgió el término “poptimismo”, que significa que “toda música merece una oportunidad, independientemente del artista, el género o el proceso que haya detrás”, dejando a un lado los prejuicios sobre lo que supuestamente merece prestigio y lo que no. Bajo esta nueva óptica, “los álbumes de pop superventas” podían ser tratados por la crítica “como obras de arte serias y dignas del mismo análisis en profundidad y el mismo rigor crítico que un nuevo álbum de Radiohead”.

Una virtud de La música indie es que no cae en la tentación de presentar aquella época de auge del indie rock como una edad de oro perdida. Su propuesta es más interesante: entender por qué aquel mundo tuvo que existir, qué circunstancias tecnológicas y culturales lo hicieron posible y cómo sus códigos terminaron siendo absorbidos por la cultura popular. El indie aparece así como un organismo que sobrevive precisamente porque cambia de significado.