Pablo Milanés durante un concierto en Motril (Granada) en 2021. Foto: EFE/Miguel Paquet

Pablo Milanés durante un concierto en Motril (Granada) en 2021. Foto: EFE/Miguel Paquet

Música Opinión

Pablo Milanés: ensimismamiento melódico como consigna

El cantautor cubano, que llenó en España teatros, auditorios y cosos taurinos, tenía un temperamento que no abundaba en don de gentes, aunque sí en intensidad a la hora de comunicar emociones acústicas

22 noviembre, 2022 18:07

Con Pablo Milanés desaparece una de las figuras capitales en la Nueva Trova, movimiento musical que actualizó el son cubano con estudios de guitarra clásica, tropicalismo y jazz en los pasados años setenta. Junto a él figuraban Amaury Pérez, Noel Nicola, Sara González y, sobre todo, Silvio Rodríguez, cantautor éste último con quien desembarcaría su música en España. Un logro al que contribuyó el disco de directo Entre amigos, con el que en 1983 Luis Eduardo Aute inauguraría la camaradería no competitiva entre cantautores y músicos de éxito.

Aquel disco reunió en un mismo escenario a su mentor, a Serrat, Teddy Bautista, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, a partir de lo cual el gran público español supo de su hit “Yolanda”, el himno “Yo pisaré las calles”, “Yo no te pido” como primer gran éxito, su indispensable “Para vivir” y alegatos mucho más allá del amor cortés como “El breve espacio en que no estás”.

Tuvo muy buena mano para el derroche melódico Pablo Milanés. Le puso pentagrama a la poesía del prócer José Martí. Cantó al hombre nuevo que predicaba la revolución de Castro y el Ché, tras sufrir trabajos forzados en un campo de concentración isleño. Rescató Milanés la tradición afrorrítmica de su isla, refinándola, al hilo del verso sonoro que proponía Nicolás Guillén y el filin que le habían precedido.

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La disidencia castrista en Miami preparaba un gran revival para el mambo y la salsa de la llamada “era dorada” de la música cubana, pero antes la economía de medios de la Nueva Trova tuvo mucho que decir ideológica y poéticamente. Y eso con todos los respetos a la vieja trova, que llegó a vivir cien años en la persona de Compay Segundo, inicialmente corista de Benny Moré.

La fórmula artística del dueto y el disco colectivo hizo fortuna en el mercado español, a partir del experimento firmado por Luis Eduardo Aute. Y, a continuación, se sucedieron sin tregua lanzamientos y tributos de factura similar, con ida y vuelta entre las dos orillas del Atlántico. Tanto es así que Víctor Manuel anunció el suyo mano a mano con Pablo Milanés, En blanco y negro titulado, sin que mediase de antemano un gran entendimiento artístico. Como resultado la entente grabó y actuó en España, pero se disolvió antes de hacer las Américas.

A estas alturas de carrera Pablo Milanés ya gozaba de prestigio en España, traducido en ventas discográficas, a la par que exigía al régimen oficial cubano buen trato a la disidencia. Milanés entonces termina afincándose en Madrid y grabando “Una canción para Magdalena” de Joaquín Sabina.

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Fotos-sonrisa de Milanés las hay de toda condición en los días de Gabriel García Márquez y el castrismo militante entre los intelectuales europeos. También hace migas Milanés con iconos de la canción española eurovisiva como Massiel. Desencuentros los tuvo incluso con Silvio Rodríguez, su compañero de promoción en España. En todo caso, no se entenderían sin su concurso e influencia los derroteros que toman la canción social y humanista en plena era del pop. Unos derroteros que al poco alumbraron la bachata de Juan Luis Guerra.

Venía Milanés de la sintonía reivindicativa con Víctor Jara, Violeta Parra, Daniel Viglietti, Chico Buarque, Mercedes Sosa y Gilberto Gil, cuando la teología de la liberación y el socialismo ponían mucho más que panfleto a los idealistas de la izquierda española, desorientados con la liquidación de la canción de autor, tras su contribución a la transición democrática.

Milanés llenó en España teatros, auditorios y hasta cosos taurinos, pese a su personalidad en ocasiones cincunspecta y retraída. Un temperamento el suyo que no abundaba en don de gentes, aunque sí en intensidad a la hora de comunicar emociones acústicas.

Cuando planeaba establecerse en Madrid, residió el cantautor en el Victoria, hotel castizo de toreros como Manolete. Y, al poco, comenzaron sus problemas de cadera y tuvo que sobreponerse a la obesidad que limitaba sus movimientos. Eso sí, aunque llegase delicado de salud al micro, transmitiendo fragilidad, en cuanto abría la boca para cantar su voz desdecía a quienes se temían lo peor. Nunca dejó de calar hondo en sus incondicionales.

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