De izquierda a derecha, Olivia Molina, Sira Hernández y Olga Pericet. Foto: Ana Verastegui
Las '18 ciervas' de Sira Hernández corren libres por el Teatro de la Zarzuela uniendo música, danza y poesía
La compositora traslada a los escenarios el poemario homónimo de Rosana Acquaroni. Un espectáculo de fusión que contará con la bailaora Olga Pericet y la voz de la actriz Olivia Molina.
Más información: ¿Catarsis nacional, 'españolada'... o algo más?': 'El gato montés' de Penella llega al Teatro de la Zarzuela
Se anuncia para este martes 16 en el Teatro de la Zarzuela un programa singular, que une música, poesía y danza. Nos muestra las íntimas relaciones entre el amor y el desamor a partir del poemario de Rosana Acquaroni 18 ciervas, del que el espectáculo recibe el nombre y cuyo hilo temático resume la poeta en estas líricas palabras: "Nunca habrá un corte limpio entre lo que soñamos y lo que ya vivimos. Esta es la historia de una mujer madura que renace y se salva a sí misma al permitirse un nuevo amor. Pero antes tendrá que decirse la verdad. Escuchar una voz llena de resonancias –representada simbólicamente por la cierva– y caminar las heridas de una relación anterior. Un viaje poético que nos arrastra hacia el origen, a la raíz ancestral de la emoción y, desde esa caverna, a reflexionar sobre la violencia, la dependencia afectiva, la culpa o el perdón".
Muy bellas evocaciones que ha interiorizado la pianista y compositora Sira Hernández, una de las voces más íntimas, concentradas y sigilosas de la creación de nuestros días, que tiene ya sobre sí varios premios a una labor caracterizada por la finura de pensamiento, la delicadeza del trazo y la profundidad del concepto. Es artista circunspecta, estudiosa y meditativa que, como intérprete, se mueve en un amplio abanico estético e histórico de compositores.
Sira Hernández se sintió atraída por la refinada poesía de Acquaroni. "Fue –explica la compositora– un verdadero flechazo escuchar la lectura de unos versos tan poderosos por parte de la propia autora. Al oír de sus labios poemas tan profundos, donde el amor y el desamor se muestran con absoluta desnudez y hondura, decidí que debía ponerles música. A partir de esas imágenes, tan rotundas como las dieciocho ciervas que Rosana vio pintadas en la Cueva de Covalanas, sentí también, como suele pasar con la buena poesía, que había música latiendo dentro de esas palabras".
Se decidió que debía haber danza en el espectáculo: "Una danza que nos abriera al sentir de la muerte, del amor y de la vida. Esas ciervas cazadas o heridas, dibujadas en la piedra, salvajes, éramos todas las mujeres en una danza casi ritual y catártica, luchando por ser nosotras mismas, por vivir... inmediatamente".
De ahí que se pensara que el recital debía acompañarse con danza flamenca interpretada por una bailaora que supiera expresarse más allá de la pura ortodoxia, abierta a la improvisación, un cometido asignado a Olga Pericet. Era necesaria también una voz recitadora. Se encontró la de la expresiva Olivia Molina.
La compositora no ha querido marcar unos metrónomos, solamente ha indicado el tempo en términos generales de expresión y movimiento, pues aboga por que la libertad del intérprete sea en general respetada. "Porque el músico sincero y verdadero sabe buscar en las partituras, yendo en profundidad, más allá del signo escrito, que siempre es insuficiente".